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Cuentos apócrifos 6 vol. 2

Iniciado por sufiazafrán, Agosto 15, 2018, 00:22:14

sufiazafrán

Agosto 15, 2018, 00:22:14 Ultima modificación: Agosto 21, 2018, 01:53:26 por sufiazafrán
Buenas gente,

He estado una temporada descolgado, adaptándome al curro nuevo y todo el rollo. Ahora que ya estoy a gustito otra vez me estoy sacando una historia rara que tení­a en la cabeza sobre una extraña secta enana, que me la estoy sacando de la manga a poquet a poquet: los futuristas. Aquí­ os dejo el borrador de la primera parte. Ale, a disfrutar.

El enano y la luna


"¡Ja! Los enanos. Te Voy a decir una cosa de los enanos. Todo el mundo está acojonado con esos cañones que tienen en el paso del dragón, pero nadie sospecha lo realmente terribles que son, pues allí­, encerrados en sus talleres, hay algunos que miran más allá de las estrellas...”


"¿Y qué sabes tú de los enanos, no eras pirata?” exclamó el joven de poderosos brazos tatuados, interrumpiendo al anciano. Su compañero le lanzó otra mirada que advertí­a precaución, pero el joven bravucón volvió a ignorarlo. El anciano cambió de posición para extender su pierna izquierda, que parecí­a molestarle de cuando en cuando, y miró a las estrellas como distraí­do.

Era una cálida noche de la estación del fuego en un pequeño patio por el que se habí­an distribuido unas cuantas alfombras y mesillas bajas. Amplios montones de cojines acogí­an los traseros cansados de comerciantes y aventureros que compartí­an desventuras y chanzas con tono jovial mientras un par de mancebas  repartí­a bebidas por doquier y grandes escudillas rebosantes de guisos de pescado. El joven bravucón seguí­a riendo y  lanzando pullas injustas al anciano, mientras que este pedí­a otra ronda y el joven silencioso miraba preocupado a la muchacha que se acercaba a servirles.

Habí­a escuchado que los hombres de la posada la llamaban Kibaba, era la quinta vez que se acercaba a servirnos y sabí­a que mi compañero no iba a comportarse, porque "eso es para mujeres y lloricas mojigatos”. Y así­ fue, cuando la muchacha se acercó para rellenar nuestras jarras, Jadikira aprovechó un descuido de la joven al escanciar vino de un ánfora bastante pesada y se abalanzó sobre sus pechos como un lince sobre una liebre distraí­da. La muchacha intentó zafarse y dejar ahí­ el asunto, pero Jadikira estaba borracho y la sabidurí­a no era su favorita entre las virtudes, así­ que la agarró fuerte y la zarandeó con malas intenciones. Ya era malo que tuviéramos que pagar el ánfora que Kibaba dejó caer al suelo, pero fue la mirada del anciano lo que realmente me hizo actuar. Aquella mirada era un depredador midiendo a su presa, pero no habí­a avidez ni necesidad. Aquella mirada era hastí­o de escuchar a otro cachorro pavoneándose de cuatro pinchazos mal dados, era escarnio de la vida. Aquella mirada era bronce afilado templado con décadas de experiencia, aquella mirada era peligro. Si Jadikira no podí­a verlo yo tení­a que avisarle, o acabarí­amos muertos.

Me levanté pues agarrando mi lanza corta y apoyé la punta sobre el cuello de Jadikira. La muchacha se quedó paralizada y dejó de gritar, pero Jadikira todaví­a querí­a juguetear un rato más con su presa. "Suéltala.” Hinqué la lanza, buscando un reguero de sangre que no tardó en fluir por la punta. Jadikira soltó finalmente a Kibaba, que corrió hacia la cocina, desde donde nos miraba el cocinero con cara de pocos amigos. "¿Qué pasa, Itaya, no te gustan las mujeres?” Respondió Jadikira poniendo las manos en alto, "¿o no te gusta ver el éxito que tengo con ellas?” Yo tan solo aparté la lanza de su cuello y me senté, no tení­a sentido responder, mejor refugiarse de esa ventisca.

Llené los cuernos de mis compañeros y brindé para dar por concluido el encontronazo. El anciano me estaba mirando fijamente con cara de espada vieja, cansada de matar, parecí­a sentir pena por mí­. Creí­ ver un aviso en su rostro, luego se encogió de hombros y se movió de nuevo para acomodar su extraña pierna metálica, que sustituí­a a la parte cercenada.

Los músicos de una mesa cercana volvieron a su juerga y el ambiente desenfadado retornó a la posada. Gracias a Ernalda la madre, estos hombres parecí­an acostumbrados a los aventureros que no sabí­an su lugar y mi rápida reacción pareció satisfacerles. La falta de Jadikira a la hospitalidad de nuestros anfitriones exigí­a una acción justa, y yo la procuré de forma rápida tajante. Suspiré aliviado cuando todos dejaron de mirarnos, pero fue una victoria corta, pues Jadikira volvió a la carga contra el anciano. Molesto por mi ataque a su hombrí­a, quiso mostrar bravura clavando pullas aún más afiladas, pero éstas se estampaban contra el silencio afilado del viejo pirata. Finalmente, este se cansó de la ruidosa falta de sabidurí­a de Jadikira, que estaba retándole a que contara una historia "digna de contarse” mientras le agitaba el cuerno frente a la cara, rociándole cara y barba de vino barato.

"¿Quieres escuchar una historia sobre los enanos?” La voz ronca del anciano parecí­a sonar más oscura tras un silencio tan prolongado,  el vino que moteaba su barba plateada parecí­a de repente sangre a la luz anaranjada del aceite quemado, y la sonrisa torcida con la que pronunció sus palabras se tornó cicatriz sórdida cuando la iluminaron las estrellas: "Podrí­a contarte la historia de esta pierna, me la fabricó un enano.” Acompañó sus palabras con un movimiento pausado de la extraña pierna tullida, mostrándonos la parte cubierta de metal, desde el tobillo justo hasta la rodilla. Es posible que el anciano dijera la verdad, pues se trataba de una pieza de artesaní­a perfecta, práctica y bella al mismo tiempo, que cubrí­a gemelo y pantorrilla como una segunda piel, alcanzando la rodilla con una placa semiflexible. En la pieza se apreciaba un lince encaramado a una espada que bufaba, listo para atacar una espinillera abarrotada de grabados. í‰stos parecí­an ordenados en extraños diagramas que rodeaban a un motivo central, estaba claro que eran sí­mbolos de poder. Pero toda la maravilla de la artesaní­a enana no pudo apartarme la vista de las zonas en las que metal y carne se uní­an. Allí­ se libraba una batalla que formaba una costra reseca cuarteada en negro y rojo. Aquella extraña cicatriz, una quemadura que carbonizaba la piel pero mantení­a la carne fresca, no me dejaba acallar la voz de Eurmal, que zumbaba molesta en mi cabeza repitiendo una pregunta. Para mi desgracia Jadikira se dejó embaucar, como seguramente era la intención del viejo lince de mar, y le dio voz a mi pregunta con una burla atolondrada e hiriente: "¡Por la furia de Orlanth! ¿Qué es eso? ¿Te forjaron armadura sobre la pierna? ¿No han oí­do hablar de la forja?” Jadikira intentó reí­r su chiste, pero la intuición primitiva de lo que aquel trozo de metal contení­a nos pareció tan horrible a ambos que su risa incendiaria se apagó en un trago de vino. El anciano bebió con Jadikira y continuó su historia. Juro que vi su pierna metálica palpitar al son de sus palabras cuando volvió a hablar.

"Me gané esta pierna por querer hacerme el héroe durante una de mis correrí­as con Harrek el berserk. Lo creas o no, esto...” Dijo a la vez que golpeó el metal con los nudillos, clack clack, "es lo único que me mantiene con vida.” "¿Pero cómo lo hizo, que te pasó?” La sorna de Jadikira se habí­a cubierto con una fina capa de temor respetuoso, pues Harrek el pirata, como lo conocí­an otros, era un nombre que imponí­a respeto. "Mi pierna es un demonio que quiere devorarme y robar mi cuerpo. Esto... ” De nuevo dos golpes, clack clack, "es el sello que lo mantiene dormido”.

Las palabras del anciano acallaron las vocecilla molesta del embaucador, pero me dejaron a solas con la certeza de que aquel hombre estaba marcado por el caos. Se trataba sin duda de una marca tan profunda que habí­a devorado su pierna hasta el tuétano. Este hecho, que el anciano enunció en esas pocas palabras humildes, ocultaba sin duda un encuentro con un monstruo del caos terrorí­fico, y este hombre estaba sentado delante de nosotros, mordisqueando un trozo de pan con queso y bebiendo vino mientras esperaba nuestra reacción. Jadikira guardaba ahora silencio con una pose ligeramente encorvada, las manos siempre cerca de alguna de sus armas. Yo me sorprendí­ actuando de la misma forma, como si nos aguardaran enemigos ocultos tras cada palabra del anciano, que continuó como si nada:

"Pero esa es una historia para otro momento, además estuve inconsciente casi todo el tiempo, así­ que no vi muchos enanos, la verdad. Prefiero hablaros de mi amigo Norax, ¡ése sí­ que tení­a buenas historias sobre enanos!” Golpeó la mesa con un puño tatuado y rió con carcajadas algo forzadas, como dando a entender al resto de la posada que el ambiente en nuestra mesa se habí­a relajado. Sin embargo, ambos llevamos las manos a nuestras armas por un extraño instinto que nos golpeaba ya por segunda vez. Estaba menos seguro de querer escuchar la historia con cada nueva palabra, pero Jadikira mantení­a la mirada fija en el anciano. Conocí­a esa mirada y sabí­a que ya no podí­a hacer nada: Jadikira escucharí­a la historia hasta el final o morirí­a en el intento. El anciano comenzó su historia.

sufiazafrán


"Norax era uno de los estudiosos de Lhankor mhy, uno que se autoproclamaba sabio y guardián de grandes secretos. Se crecí­a con la tormenta bien el muy zorro y más de una vez le vendió cuatro bagatelas a novatos al doble de su precio. Comencé a visitarle mientras viví­a en Kush, cuando ya me cansé de Harrek y sus aventuras. No me malinterpretéis, Harrek era un gran héroe, pero parecí­a que solo la tripulación de su barco pagábamos el precio mientras que él solo recogí­a el botí­n”. Un "clack clack” inconsciente se oyó bajo la mesa mientras el anciano hablaba. "En fin, el asunto es que era un tipo raro que nunca salí­a de su casa, pero decí­a que no necesitaba salir para tener un ‘vasto conocimiento del mundo y sus habitantes’. La primera vez que nos encontramos parecieron interesarle mis historias y al final de la velada me propuso pagarme un buen precio por ellas. Me pareció un trato razonable, por lo que volví­ a visitarle varias veces. Norax pagaba bien y me invitaba a comer y beber lo que quisiera si la historia le gustaba. Siempre permanecí­a callado hasta que terminaba mis relatos y luego me acribillaba a preguntas durante horas. Tan solo una vez me interrumpió antes de que comenzara mi historia. Fue la última vez que nos encontramos y la única en la que yo escuché y él habló.”

Era una noche calurosa en Kush y yo volví­a de una larga expedición en Pamaltela occidental. Cinco años de viaje hasta Umathela y más allá. Se oyen historias extrañas por aquellas tierras, pues a pesar de ser orlanthi, sus gentes piensan de forma diferente e incluso adoptan costumbres de los aprendices de dioses. Escuché algunas de esas historias mientras compartí­a tragos junto al fuego y una de ellas me llamó la atención. El enano que ató a la luna se llamaba, y la única vez que vi emoción alguna en los ojos de Norax fue cuando le dije que la habí­a escuchado.

En fin, el asunto es que fui a visitar a Norax después de haber disfrutado unos dí­as de mis ganancias. Recuerdo que tení­a una resaca como cien tormentas y que llegué a casa de Norax bastante perjudicado. Era gracioso ver una casa larga orlanthi en Kush, me traí­a buenos recuerdos, aunque el viejo Norax habí­a cambiado las caballerizas que suele haber a la entrada por grandes jaulas en las que guardaba todo tipo de escritos en papiros, pergaminos, tablillas, hojas de palma y no sé cuántas cosas más. Era raro entrar en un hogar que no olí­a a cuadra y a comida. Al menos, la luz tenue de las pequeñas velas con las que Norax solí­a moverse por la casa no me atacaba la resaca.

Saludé a Norax, que estaba echado en una hamaca junto al fuego. En su casa siempre habí­a dos hamacas, una para él y una para los invitados. Parecí­a que colgaban de la chamiza, pero nunca vi dónde las ataba. Era uno de los grandes secretos de "Norax el sabio”. El viejo estaba tomando su mejunje, una extraña bebida de color oscuro que él llamaba qahvé y la razón principal de que fuera a visitarlo. Aquella bebida tení­a un efecto milagroso para la resaca, sobre todo cuando se acompañaba de una de las abundantes cenas de Norax.

Nada más verme se puso a preparar más qahvé. Siempre me recibí­a con alegrí­a y unos buenos versos, pero que me sieguen si no tení­a una forma extraña de mostrar alegrí­a. Era como... como si intentara ser cercano con las palabras, pero con frases cortas y concisas difí­ciles de adivinar. Nunca te tocaba ni sonreí­a, además hablaba poco, así­ que habí­a que saber destilar muy bien sus palabras para llegar al aprecio. En fin, el asunto fue que mientras él estaba afanado en el fuego, yo me serví­ unas rebanadas de pan con algo de mantequilla y sukkar. Me preguntó por mis viajes, como era de esperar pues habí­an pasado cinco años desde mi última visita, y yo le dije dónde habí­a estado y que allí­ habí­a escuchado una historia totalmente diferente, que no se parecí­a a nada que hubiera escuchado antes:

"¿qué historia?” Me preguntó con la habitual curiosidad mientras yo mordisqueaba mi rebanada de pan dulce. "El enano que ató a la luna. Es la historia de un enano que se enfada con la luna roja, que allí­ se conoce como el sol rojo, ¿Qué raro ver...?” Tení­a toda la rebanada en la boca y la mirada desencajada de Norax clavándome puñales antes de terminar la pregunta. Tapándome el hocico con una fuerza que le desconocí­a, me contestó sin que su voz calculada y frí­a se perturbara en absoluto. "Conozco el cuento. Cierra la boca o nos matarás a los dos. Si quieres, te contaré una historia, pero tengo que preparar un qahvé especial.” Yo solo pude asentir a la vez que masticaba para evitar la asfixia por pan dulce. Cuando por fin apartó la mano tragué y respiré aliviado.
Al poco rato estábamos los dos sentados en nuestras hamacas a la luz de un par de velas, lo justo para vernos la cara, con un qahvé aromático que Norax sirvió en pequeñas tazas de cerámica. "Es una receta especial, muy concentrada, que se bebe de un solo trago. Vientos y tormentas”. El brindis tradicional me llevó la taza a los labios sin darme cuenta. "Vientos y tormentas”. Contesté después de beber. "es como que pica por dentro”. Añadí­ al notar un ligero escozor que me recorrí­a las entrañas.

Comencé a sudar mucho y Norax me acercó un trapo a la vez que se secaba la frente. "Vamos a sudar copiosamente y veremos cosas que pueden parecerte extrañas. Es necesario, si no lo hacemos no me creerás. Toma este frasco. Pase lo que pase no lo sueltes, es un ancla. Si no puedes aguantar más, ábrelo y huele su contenido”. La voz de Norax comenzaba a transformarse, adoptando matices de la juventud, y a mí­ me daba la impresión de ser transportado por el aire sin que ninguna parte de mi cuerpo tocara nada. Norax comenzó a contarme su historia sobre enanos..., y yo escuché cada palabra. El hijo de perra me hizo la de Eurmal... y comenzó su historia. 

"Por aquel entonces Yo era un jovenzuelo imberbe ávido de experiencias. Proclamaba a quien quisiera escucharme mi valor y mi audacia, que ganaron la victoria en justo duelo contra dos terribles broos. Iba hacia donde soplaba el viento y sobreviví­a con mis historias y alguna aventura afortunada que me dejó buenas ganancias. Para mi desgracia, el azar y la fortuna son compañeros veleidosos, y todos podemos ser ví­ctimas de los embustes del embaucador, así­ que un dí­a me dejé escuchar por la gente equivocada. Sus ofertas y mi estupidez juvenil resultaron ser una mezcla desastrosa que no aportó nada bueno a nadie,  excepto quizá a los que murieron por el camino.”

Por alguna razón que no recuerdo, me encontraba yo en Puerto soldado, una antigua ciudad lunar que aún serví­a de última frontera antes de adentrarse en las Tierras salvajes, disfrutando de la compañí­a de una muchacha. Le contaba mis grandes aventuras, que como ya habrás imaginado, eran una sarta de embustes y medias verdades. Estaba jugando a los dados con Eurmal sin saberlo, perdí­ la partida, y el grupo de aventureros que ya mencioné se aproximó y me propusieron un trabajo arriesgado y bien pagado. Eran aventureros experimentados, pero no muy astutos, pues de verdad creí­an que necesitaban un guerrero con mis habilidades. Mi orgullo me impidió echarme atrás, y la bolsa repleta de lunares que dejaron sobre la mesa selló mi perdición.
¿Te he dicho ya que era joven y estúpido? He aquí­ la prueba. Pasé la noche invitando a rondas, contando a todo el mundo mis futuras aventuras como si ya fueran victorias, y a los pocos dí­as me presenté en el lugar de encuentro acordado con el resto de la compañí­a, mal pertrechado y algo resacoso. Qué poco sospechaba, inconsciente en mi juventud, que aquella serí­a mi última aventura.

La compañí­a del lince negro, como se hací­an llamar, Era un grupo numeroso y bien provisto. Contaban unos doce individuos, si no recuerdo mal, todos guerreros veteranos o conocedores de algún arte arcano. Además los acompañaban varios porteadores con dos carros tirados por mulas y otra compañí­a de guí­as votanki, formada casi toda por mujeres. Quien quiera que pagara aquella expedición necesitaba de verdad lo que fuera que í­bamos a buscar, como más tarde se me hizo saber. En efecto, un rico mercader necesitaba una planta de los bosques élficos al este de las Tierras salvajes, lo que significaba que tení­amos que recorrer todas las tierras salvajes mientras nos acosaban bestias y trolls hambrientos, para luego adentrarnos en un bosque donde elfos, drí­ades y quien sabe qué más harí­an todo lo posible para expulsarnos de su territorio o matarnos, preferentemente lo segundo. Vomité tan fuerte al oir aquello que se me pasó la resaca de golpe, supongo que por suerte para mí­, nadie me vio. Terminamos de pertrecharnos y salimos de puerto soldado antes de que Yelm coronara el cielo.

De las cerca de 30 personas que componí­an el grupo llegamos a los bosques menos de 20. Perdimos a varios por culpa de los guí­as votanki, que resultaron ser unos vivillos que se habí­an refugiado en puerto soldado para evitar la furia de varias tribus a las que habí­an ultrajado, las bestias se llevaron a alguno durante la noche, y los trolls disfrutaron ávidamente del resto. ¿Alguna vez has oí­do un hueso vivo crujir al ser masticado? ¿Y los gritos de la desdichada a la que están devorando mientras mira? Yo sí­, y si hubiera podido esquivar ese golpe, créeme que lo habrí­a hecho, Hipólita no se merecí­a aquello.
Una vez allí­, los elfos no tardaron en hacer gala de su punterí­a, y nos usaron como dianas móviles durante unos cuantos dí­as. Perdimos a cinco más antes siquiera de conseguir ver a un elfo y, en este momento, cuando ya estábamos pensando más de uno en desertar y volver a tierras menos hostiles, nuestra fortuna cambió de nuevo, para peor. Ocurrió el tercer dí­a de viaje, la única guí­a que nos quedaba entonces fue quien dio el aviso. Encontró un hombre desnudo atrapado en lo hondo de un pequeño despeñadero. Estaba de pie e inmóvil, no parecí­a herido a parte de algunos rasguños, pero no respondió a ninguna de sus llamadas.  Lo más fácil era dejarlo allí­, pues podí­a tratarse de una trampa de los elfos o de un juego, pues se sabe que las criaturas del bosque no dudan en usar cualquier treta para deshacerse de los intrusos, pero el hecho de que siguiera vivo, estando desnudo en medio de un bosque élfico, suponí­a un enigma que no podí­amos pasar por alto. Quizá fue la desesperación, pero al final, por culpa de mi voto, decidimos rescatarlo.

Era un hombre alto y esmirriado, de manos inusitadamente grandes. No habí­a pelo en su cuerpo y las únicas marcas reconocibles eran arañazos y raspones de haber caminado por el bosque. Sus ojos estaban vací­os, pero esto no parecí­a afectar su orientación. Sin embargo su entendimiento estaba claramente afectado, pues era incapaz de hablar, y luego estaba la cicatriz. Se trataba de una herida horrenda que le cruzaba la base del cuello de lado a lado en la que la piel habí­a sido forzosamente estirada sobre un objeto ajeno y cerrada de nuevo con extrañas tiras metálicas. El cacharro sobresalí­a de forma grotesca como una segunda nuez deforme y se deslizaba con un sonido metálico cada vez que tragaba.

El aspecto inquietante del extraño provocó gran alteración. La guí­a Votanki insistí­a que era un hombre maldito y habí­a que matarlo, los porteadores que quedaban estaban aterrorizados y el lí­der de los linces negros permanecí­a callado, observando. Fueron las mulas las que finalmente decantaron la balanza en favor del desdichado, pues este aprovechó nuestra discusión para acercarse tranquilamente a las mismas y darles algo de comer. Los animales no se inquietaban ante la presencia del hombre y recibí­an sus caricias con gesto amigable. Cuando se cansaron de él, lo espantaron con unos rebuznos, el hombre volvió a su lugar original y no hizo nada más.

"Se viene con nosotros” Sentenció el lí­der de los linces negros con su voz tormentosa. "Un dí­a. Si hace algo que nos perjudique lo matamos, si no, se queda.” Nadie más tuvo nada que decir, y continuamos nuestro viaje. Creí­mos estar de suerte al acatar la orden del lí­der, ya que al dí­a siguiente no sufrimos ningún ataque, ni los dos dí­as posteriores.  Los elfos parecí­an dejar en paz a este hombre por alguna razón que no nos importaba y las bestias que lo veí­an se calmaban y se marchaban sin importunarnos. Fuera lo que fuera, tres dí­as de buen sueño consecutivos aplacaron las sospechas de los más suspicaces, y continuamos nuestro viaje aceptando, o tolerando, la presencia del extraño individuo.

Como es obvio, las buenas rachas no pueden durar en una partida perdida y, como ya he dicho, Eurmal me habí­a ganado hací­a ya tiempo, cuando acepté aquella maldita propuesta en Puerto soldado. El quinto dí­a tras encontrar al hombre lampiño, me tocó hacer guardia en una noche especialmente oscura. Permanecí­a junto al fuego luchando contra el sueño y tratando de ver algo más allá de mi lanza, cuando me giré y vi al hombre lampiño frente al fuego, mirándome con sus ojos vací­os de blanco. Le apunté con mi lanza instintivamente, pero por alguna razón que no recuerdo, no di la alarma. Simplemente me quedé allí­, respondiendo a su mirada. í‰l rodeó el fuego y se sentó junto a mí­ apartando mi lanza con serenidad. Recuerdo vagamente la impresión de encontrarme frente a un amigo, estaba a salvo. Así­ pues, cuando comenzó a hablar sin abrir la boca no me alteré; cuando un lenguaje completamente desconocido para mi comenzó a reproducir el mismo mensaje una y otra vez, no me preocupé; cuando vi la cicatriz de su cuello vibrar con cada sonido, lo acepté sin problema; eran cosas de mi amigo que yo conocí­a de sobra, completamente normales.

A la noche del sexto dí­a, mi amigo comenzó a emitir un nuevo mensaje, esta vez mientras cenábamos. El efecto de su voz pareció reproducirse en mis compañeros de viaje, por lo que al poco rato todos éramos amigos e intentábamos comprender a nuestro colega, que parecí­a haber sufrido algún tipo de percance, quizá una maldición, que le impedí­a hablar en una lengua que entendiéramos. Yo, con una fuerza de voluntad que aún me enorgullece como orlanthi, conseguí­ ver a través del embrujo, pero no fui capaz de resistirme durante mucho tiempo aquella noche. Por lo menos fui capaz de reconocer la palabra "Moushtal” entre la verborrea del hombre lampiño, así­ como de recordar el encuentro, que todos mis compañeros habí­an olvidado a la mañana siguiente.

La noche del séptimo dí­a, le dije a mis compañeros que se taparan los ojos antes de cenar. Todos me tuvieron por loco, y además ya nadie me tomaba en serio, pues se habí­a descubierto hací­a tiempo que yo era un charlatán. De nuevo fue la intuición del lí­der de los linces negros la que decidió el resultado del encuentro. Todos tení­amos tapados los ojos a la hora de cenar, y cuando el hombre lampiño comenzó a emitir su mensaje el grupo se alteró bastante, pues desconocí­an que el extraño pudiera emitir sonido alguno. Conseguí­ calmarlos y a partir de entonces nos turnamos para escucharle durante las guardias. De todos modos nunca dormí­a y nada parecí­a interesado ya en atacarnos, así­ que era una forma de mantenernos despiertos y entretenidos en un viaje que ya se alargaba más de lo que debí­a; no encontrábamos las dichosas plantas y ya habí­amos puesto a Orlanth por testigo que nos habí­an proporcionado unos mapas completamente inútiles. Puede que el hombre lampiño nos evitara morir a manos de los elfos, pero no nos ayudaba a desvelar sus tretas.

Finalmente, la décima noche, si no recuerdo mal, el hombre comenzó a comunicarse en comercial, lengua que casi todos entendí­amos. El extraño ser, del que ya no estábamos seguros que fuera humano, nos narró una historia terrible de tortura y una extraña secta enana perseguida por un consejo que él mismo llamó "la decagoní­a”.  El hombre se declaró siervo de un ser al que llamaba "tsukunf mens”. Parece ser que éste intenta extender la historia del enano que ató a la luna por alguna razón que nunca he comprendido. Entonces nos narró la historia, que ahora te cuento con las mismas palabras que él grabó en mi mente.

sufiazafrán

Agosto 27, 2018, 11:13:04 #2 Ultima modificación: Agosto 27, 2018, 11:14:28 por sufiazafrán
"El enano estaba triste, porque la luna se habí­a ido. Cantábale así­, con llanto compungido. ‘Estabas viva y te has ido, sin pensar lo que te he querido. Azul eras y pací­fica, ahora roja eres, y sanguinaria. Te has llevado mi corazón contigo, sin pensar lo que te he querido.’ Así­ el enano se quejaba y la botella a los labios le llegaba y le llegaba.”

"Así­ embriagado forjó una herramienta, roja y sangrienta. Y preparó tres regalos, maravillosos y adecuados. Habí­a muchos que se oponí­an al encuentro, y se lo hicieron saber, más el enano estaba ciego, incapaz de entender. Concluyó su labor y emprendió el camino, en su cabeza el calor del amor y en su vientre fuego y hipo. Los otros le buscaron, le querí­an convencer, más sus tretas no resultaron, y el enano amenazaba con desaparecer.”

"Alcanzó la cima de un monte ya perdido, e invocó el poder de eras pasadas. Desató un azote desmedido, ¡querí­a impresionar a su amada! Le llegó la luz roja del sol, que el atrapó con sus manos, la ató con fuerza, y dispuso varios cabos. La hiló con una rueca vieja, regalo de una diosa olvidada, trenzó una cuerda recia, para que su poder aguantara.”

"Cuando los otros le alcanzaron, con armas y magia al enano amenazaron. Este bebió por toda respuesta y saltó cuando le atacaron. Giró por los cielos y viajó por el tiempo, siguiendo a la que lo ha ultrajado, viendo verdad y mentira, en un todo estructurado. Giró y giró la cuerda, enrollándose en espiral, desde abajo hasta el centro, giró, gira y girará.”

"Cayó el enano al fin, y estaba en mal estado, se habí­a arrugado la nariz, y seguí­a algo embriagado. Se vio en una ciudad de maravilla, rodeado por seres de pesadilla. Terribles monstruos y héroes sanguinarios, serví­an a la diosa, que habí­a retornado. El enano tropezó y cayó al suelo, allí­ echó un trago, por darse consuelo. Hizo uso de su herramienta, la apoyó en la tierra, para reponerse. Todo tembló y los monstruos recularon, adivinando su suerte, a la diosa consultaron. ‘Guí­anos, o diosa, ¿qué debemos hacer con este intruso, que amenaza tu honra con sus malos usos?’ ‘En su rostro hay muerte, dejadlo pasar. Parece decente y dispuesto a negociar’ Y siguió el enano, esta vez caminando, con su roja herramienta, un rastro marcando. Otros monstruos lo intentaron detener, con héroes y dioses formaron terrible hueste, que el enano espantaba con gesto agreste: ‘Venid por mí­, criaturas, abominaciones, yo solo ahondo el surco, y sigo sin distracciones.’ Cada vez los siervos consultaban a su diosa, y ésta siempre respondí­a con prudencia, que el enano debí­a ser recibido, con cortesí­a y decencia.”

"Así­ pues, otra espiral dejó el enano, desde el centro a lo más alto. Llegó a ver a la diosa, y le mostró un rostro amargo.” ‘Por fin te alcanzo amada, en verdad te haces de rogar. Pareces acostumbrada, a la sangre del amado derramar.’

‘¿Te crees con derecho a dirigirte a mí­, sin presentación ni cortesí­a, así­ como así­? Penetras en mis dominios, y desordenas mi faz con oscuros artificios.’
‘Traigo cortesí­as y regalos por doquier, un reloj y una corona, para recordarte tu deber. También una gargantilla, para tu cuello embellecer. El reloj es tu tiempo, antes de unirte a lo impí­o. La corona es otro principio, que estará decidido, cuando te unas a tu consorte, en la inmensidad del vací­o.’

"La diosa observaba al enano, toda ella perpleja, nunca antes la habí­an agasajado, con tan poca delicadeza. ‘No entiendo tu regalo, ni así­ tu cortesí­a. Parece que me alabas, y con mano oculta atacas.’

‘No te confundas, yo te amo con celo, y cuando sea el momento, te colgaré de los cielos. Serás todas las lunas, los planetas y los soles, todos alabarán tu belleza, con música y cantos, y también a voces.’

‘Has venido aquí­ a burlarte, y has mostrado tu poder. Ahora todos son testigos, que mi muerte está en tu haber. Si quisieras me hubieras matado, dime entonces, ¿qué buscas aquí­, enano?’”

"El enano hizo reverencia, y agarró con fuerza su herramienta. La arrojó a lo alto de los cielos, y allí­ la dejó tranquila, flotando. ‘Solo espero que sepas apreciar mis regalos, por eso dejaré mi arma allí­ colgando. Esperarás pues a que la espiral se agote, y obtendrás tu lugar, que es a la vez tu dote.’ La diosa quedó callada, su faz hierática, enhiesta. Rió el enano y bebió, adivinando la respuesta. Dejó a la diosa unos tragos y marchó de un largo salto, cayó sobre el cielo estrellado y lo partió con sus zapatos. Se lo tragó el vací­o, ya no está, y todos lo han olvidado.”

Aquí­ terminó su historia.

Cuando su voz mecánica se apagó, nos atacaron de ninguna parte. Tan solo pude ver fogonazos de luz blanca y a mis compañeros caer al suelo despedazados con gritos de estupor, como si no creyeran lo que los estaba matando. Corrí­ hacia ninguna parte poniendo mi destino, una vez más, en manos del embaucador, y de nuevo perdí­. Nunca supe qué nos atacó, pero siempre he sospechado que los elfos no tuvieron nada que ver. Habí­a una extraña magia, parecida al rayo de Orlanth pero de forma distinta, habí­a algo que se moví­a sin que pudiéramos verlo y nos mataba sin emoción, sin amenaza, como un segador recogiendo trigo.

Tras lo que ocurrió aquella noche, tan solo el hombre lampiño y yo salimos vivos. Seguí­ sus pasos abandonado al miedo y él se ocupó de mantenerme vivo por una razón que entendí­ demasiado tarde. Cuando salimos de los bosques élficos, me llevó a un lugar sagrado de las Tierras salvajes que desconocí­a, como tantos otros. "El motor está cerca”. Dijo su voz mecánica cuando nos adentramos en el lugar. Al final, llegamos al centro de un campo lleno de extraños monolitos que parecí­an dispuestos siguiendo algún orden celeste que no pude comprender. El hombre trepó uno de los monolitos y, en lo alto, se puso de puntillas a la vez que estiraba el brazo derecho tanto como podí­a, me pareció que sus dedos tocaron algo, como un hilo traslúcido que colgaba de las nubes. Entonces observé hipnotizado cómo abrí­a la herida en su cuello con la mano que le quedaba libre. Arrancando con precisión salvaje piel y carne, acabó por extraer una extraña caja metálica, que lanzó al suelo. Entonces habló de nuevo, su voz me llegaba desde los pies del monolito. "Ahora sabes el secreto del futuro”. "Toma estos regalos y vive el tiempo suficiente para contar la historia a otro mensajero, la responsabilidad del futuro pesa sobre todos nosotros”. Y sin más palabra ni gesto, tiró con sus dedos del hilillo invisible y salió disparado hacia arriba, como llevado por los vientos, regando con la sangre de su cuerpo inerte el monolito y sus alrededores, para finalmente desaparecer entre las estrellas.

Cuando aparté la vista del cielo, vi que allí­ donde su sangre habí­a tocado el suelo habí­a grandes regalos. Se trataba de joyas y otros objetos de valor fáciles de transportar, comida y agua en abundancia, caballos y un carro para transportarlo todo. Además de todo esto, pude ver que habí­a llegado a mis manos, aún manchada de sangre, la extraña caja metálica que el hombre habí­a extraí­do de su cuello. Recogí­ mi recompensa y partí­ hacia tierras lejanas. Aquí­ acaba mi historia.

sufiazafrán

"Desperté con la llegada de Yelm, estaba tumbado en una de las hamacas, completamente solo y con una resaca más gorda que la noche anterior. El cabrón de Norax me habí­a drogado con su "qahvé especial” y habí­a desaparecido junto con buena parte de sus escritos, dejando sobre mi pecho... esta caja. Aquí­ acaba mi historia.” El viejo pirata depositó entonces sobre la mesa un pequeño objeto metálico, parecido a una caja pero llena de agujeros y sin ningún lugar por el que abrirla. En cada uno de los extremos tení­a una pata y, en una de sus caras, un extraño grabado que parecí­a poder presionarse. í‰ste quedó mirando hacia arriba, lanzando un desafí­o que Jadikira no supo ignorar, pero la cosa le pareció lo suficientemente peligrosa como para rugir antes de atacar y acribilló al anciano con preguntas directas como flechas antes de decidirse a activarla.

"¿Cómo? Pero eso no es una historia de enanos ¿Dónde están las grandes ciudades, los tesoros, las mazmorras repletas de trampas, los pasadizos secretos? ¡Por la furia de Orlanth, ni siquiera habí­a enanos! ¡Se encontraron a un loco que alguien habrí­a maldecido y creyeron sus desvarí­os y a ti te drogaron y te dejaron... te dejaron...!” "La caja.” Interrumpió el anciano. "Norax era un bocazas estúpido que intentó sacarle dinero a la caja investigándola. Al final la activó y descubrió de primera mano quién les atacó aquella noche en los bosques élficos. Por eso no salí­a de su casa el muy vende vientos, pensaba que alguien le estaba persiguiendo.” Jadikira se abalanzó sobre la mesa, convencido de haber encontrado un eslabón débil en la historia del viejo "¡Pero podrí­a haberse deshecho de la caja cuando quisiera! ¿Por qué no arrojarla al mar y adiós a la tormenta?” El anciano sonrió sin burla y bebió un trago. "Podrí­amos haberlo hecho los dos, es verdad. Me pregunto qué tiene el cachivache”. Recogió la caja y la observó con gesto pensativo, luego la dejó caer en la mesa. El grabado que invitaba a pulsarse volvió a quedar al descubierto.

Jadikira permaneció en silencio con los dientes apretados, mirando el grabado. Yo observaba al anciano que miraba a mi compañero y sonreí­a. "¿La has activado alguna vez?” Pregunté sin nieblas. "Dos veces. Una por estúpida curiosidad. Otra en una partida con Eurmal.” "Una partida muy arriesgada.” Añadí­ yo después de echar un trago. Me daba cuenta ahora de que tení­a la boca seca como vid. "Aún estamos jugando, ¿verdad?” Fue todo lo que contestó el anciano.

Yo estaba convencido de que debí­amos levantarnos de la mesa y marcharnos. Aquel artefacto parecí­a provenir de los dioses, y era muy posible que así­ fuera, si habí­a algo de verdad en la historia del enano que ató la luna, o en cualquier otra de las cosas que el viejo pirata habí­a contado. Para desgracia de todos los que nos encontrábamos en la posada en aquel momento, Jadikira no compartí­a mi opinión y accionó el grabado enano con movimiento felino de sus manos sin que yo le viera. Fue la carcajada burlona del viejo la que dirigió mi atención de nuevo hacia el maldito cacharro, que comenzaba a emitir un sonido que nunca antes habí­a oí­do, como de cellisca eléctrica. ‘Buscad refugio, se acerca una tormenta’. El viejo pronunció la fórmula orlanthi para avisar de una batalla que no se puede ganar, ya era demasiado tarde. El sonido eléctrico se apagó y pudimos oí­r claramente, el artefacto comenzó su relato.

Repicó contra la piedra el sonido de cadenas, cadenas pesadas que apenas se podí­an arrastrar. Luego escuchamos los quejidos de un reo, al que obligaban a ponerse de rodillas. Pensaba que escucharí­a una voz de ultratumba o algo parecido, pero el artefacto estaba repitiendo todos los sonidos a la perfección, ¿cómo era posible que escucháramos la escena como si estuviéramos allí­, estaba creando un momento con sonido, reproduciendo un momento pasado o...? Mientras me perdí­a en mis nieblas la máquina continuó. Se oyó una voz metálica que hací­a daño a los oí­dos:

"¿Cuál es tu nombre?”

"Jenarg del maestro Dworven.”

"¿Quién es tu maestro?”

"Dworven Filoro...” salté sobre mi trasero como un lince asustado cuando la máquina emitió un sonido eléctrico como un trueno, acompañado de terribles gritos de agoní­a. Se trataba de un interrogatorio. El viejo pirata rió de nuevo por mi reacción. El artefacto continuaba su relato sin interrupción:

"¿Quién es tu maestro?”

"Der Zukunft Mensch.”

¿Quién es el fundador de la herejí­a?”

"Der Zukunft Mensch.”

"¿Quién es el fundador de la herejí­a?”

"¡Der Zukunft Mensch!” De nuevo, un trueno y gritos de dolor. Pude ver cómo Jadikira comenzaba a sudar demasiado. Seguramente la idea de un hombre encadenado y torturado, incapaz de luchar, le daba escalofrí­os. A mí­ lo que me producí­a horror era el sonido de aquel trueno, ¿Estaban acaso al aire libre? Si de verdad se trataba de enanos, era difí­cil de imaginar. La máquina continuaba su relato:

"¿Quién es Der Zukunft Mensch?”

"El maestro que ve el futuro y le da formas.”

"¿Cuál es su plan contra la máquina?”

"La forma del futuro es la ilusión del presente.”

"¿Cuál es su plan contra la máquina?”

"La forma del futuro es la ilusión del presente.” Un nuevo chisporroteo. Más gritos. Volví­ a sorprenderme lanza en mano. El viejo pirata rió como Eurmal. La máquina continuaba su relato:

"¿Cómo tiene planeado dañarnos?” Un estallido de risas atacó desde la máquina con otra cellisca eléctrica que nos obligó a taparnos los oí­dos, un trueno, silencio.

"¿Cómo tiene planeado dañarnos?”

"¡Vuestros planes no le importan, solo importa el futuro!” Otro trueno. Después hubo una larga pausa en la que no quise oí­r el sonido de huesos crujiendo y carne estrujada, como si estuvieran despedazando al desdichado. Creí­mos que el relato habí­a terminado, y tanto Jadikira como yo suspiramos aliviados y nos miramos, orgullosos de no haber dado muestras de miedo, sino de valor al empuñar nuestras armas. Dimos un respingo y agarramos de nuevo nuestras armas cuando la voz metálica del interrogador volvió a saltar de la máquina:

"¿Quién filtró el cuento?”

"El maestro nos lo mostró en un sueño.”

"¿Cuándo escuchaste el cuento por primera vez?”

"Estaba soñando fuera de estos muros.” Otro trueno, gritos, silencio.

"Cuenta el cuento.”

"Ya lo he repetido miles de veces, ¿Qué más...? Un trueno interrumpe al torturado.

"Ya está bien, por el sistema, ya basta...” Otro trueno, gritos, llanto. El desdichado no se arruga y continúa, aunque con tono lastimero.

"¿Qué esperáis escuchar? Lleváis semanas torturándome. Lo he contado cientos de veces sin cambiar una palabra ¡Decidme al menos qué esperáis escuchar!” Me tensé esperando un nuevo trueno y más sufrimiento, pero me sorprendí­ al recibir una respuesta de la voz metálica:

"Tu voz es una pieza. Cuenta el cuento.” El torturado llora, y cuenta el cuento. Lo repite con las palabras exactas que utilizó el viejo pirata, con la misma entonación y añadiendo la misma musiquilla, pero creí­ percibir algo más en la voz de aquel hombre sin rostro para mí­, sin pasado. Era una suerte de... convicción. Para el torturado la historia era real. Escuchamos de nuevo la historia, que el reo llama tan solo El enano y la luna. Cuando termina el relato continúa la tortura.

"¿Cuántos conocen el cuento?” Silencio, otro trueno, silencio. El sonido de la tortura no viene acompañado de gritos agónicos. Esta vez, en su lugar, un galimatí­as incomprensible se acerca al silencio con prudencia, acechando.

"¿Quién es Der Zukunft Mensch?” El galimatí­as continúa y se suceden dos truenos.

"¿Quién es Der Zukunft Mensch”? La voz del reo comienza a oí­rse claramente, aunque sus palabras siguen siendo incomprensibles. Otro trueno, y otro más.
"Der Zukunft Mensch, ¿dónde está ahora?” Silencio.

"Der Zukunft Mensch, ¿dónde está ahora?” Silencio, otro trueno.

¿Dónde, está, Der, Zukunft, Mensch? La voz metálica suena cargada de intención asesina. Esperamos una respuesta del reo, presos del silencio:
"¡Más allá del vací­o, hablando con el tiempo! ¡Tienen planes de futuro!” El reo grita esta vez y estalla en una carcajada escalofriante. Parece que Eurmal lo ha engañado. Los truenos se suceden ahora sin piedad: cuatro, seis, ocho, diez... Finalmente, en medio de un terrible estruendo de cellisca eléctrica, el torturado grita de nuevo, triunfal: "¡í‰on Maschine, éon sisteme!” Su risa victoriosa se pierde en la cellisca y la escena se corta de repente. La máquina produce un chasquido metálico y vuelve al silencio.

sufiazafrán

Septiembre 10, 2018, 09:17:08 #4 Ultima modificación: Septiembre 10, 2018, 09:18:48 por sufiazafrán
Jadikira y yo nos miramos nerviosos, percibí­ mi falta de entendimiento reflejada en sus ojos. La escena sórdida que habí­amos escuchado era una presa astuta que escapaba a nuestra comprensión. El viejo pirata habí­a aprovechado la tregua que nuestro silencio le concedió para pedir una escudilla de pescado. Cuando me giré hacia él estaba rebañándola con lo que quedaba de una hogaza de pan. Kibaba habí­a estado dos veces en nuestra mesa y ni siquiera nos dimos cuenta. El anciano levantó entonces la vista y nos regaló una sonrisa grotesca de pan y carne de pescado acompañada de burlas como lanzas:

"¡Ernalda y su madre! ¡Hay que ver con los enanitos y sus cañoncitos! ¡Mira a los cachorros cómo encojen los huevos!” Su risa hiriente no me importaba y tampoco a Jadikira. Aún estábamos mirando la caja estupefactos, intentando comprender ¿Era posible que el reo y el hombre que encontró Norax fueran la misma persona? ¿A dónde le llevó el hilo? ¿Qué pasó después de que el hombre gritara? "Bueno, se ha hecho tarde. Ernalda llama a este lince loco para que vaya con ella al lecho.” La voz cansada del viejo pirata me sacó de mi estupor. "No ha estado mal, muchachos. Los vientos han traí­do unas buenas risas al final. Yo hablo con Issaries.” Dicho esto, tiró a la mesa una bolsa bien abundante de oro, recogió la caja metálica, se incorporó con dificultad, impedido por su pierna tullida, y se marchó de la fonda renqueando, borracho.

Pedimos otra ronda. Ya no quedaban ganas de bromear con Kibaba, ni con ninguna otra. Las historias que acabábamos de escuchar habí­an dejado el viento estancado, por lo que ambos bebí­amos en silencio, pensativos. Yo seguí­a con un chaparrón de preguntas en la cabeza ¿Qué habí­a ocurrido? ¿Quién era ese "tsukunf mens” que incluso los poderosos enanos temí­an tanto? ¿Por qué seguí­a teniendo la sensación de que estábamos en peligro?

"No conozco la lengua en la que hablaban.” La voz embelesada de Jadikira, que miraba el fondo de su cuerno perdido en las nubes, fue la que me espabiló esta vez. "¿Qué dices?” Pregunté aún perdido en mi lluvia de preguntas. "No conoz... no conocemos la lengua en la que hablaba la caja, ¿por qué la hemos entendido?” Su pregunta me atravesó como una lanza, ¿Cómo no me habí­a dado cuenta? Hablaban en una lengua completamente desconocida para nosotros, pero habí­amos entendido todo a la perfección, ¡Sin necesidad de druidas ni sortilegios! ¿Era acaso la caja un artefacto de los aprendices de dioses?

"La caja está aquí­ otra vez.” Me giré despacio, pidiendo a todos los dioses de los vientos y las diosas de la tierra que Jadikira me estuviera gastando una broma de borracho.

La caja estaba allí­, sobre la mesa. Comencé a notar una sensación extraña, como un hormigueo por todo el cuerpo. Miré mis brazos, tení­a todos los pelos como púas de erizo. "Tiene una forma muy rara, ¿cómo habrán forjado algo así­?” la larga melena rojiza de Jadikira se habí­a abierto hacia los lados, como unas alas desplegadas, pequeños hilos de energí­a saltaban de su pelo al suelo. El sonido de cellisca eléctrica volvió de repente, pero ahora no provení­a de la caja, sino que nos rodeaba y aumentaba a cada momento. Pensé en las palabras del maldito pirata hijo de una cabra coja justo antes de que la caja hablara: "Buscad refugio, se acerca una tormenta.”

"¡Jadikira, es un trampa! ¡Tenemos que irnos!” Es inútil, mi voz ya no alcanza a Jadikira por el crepitar de los rayos que comienzan a saltar de la tierra, las paredes, nuestras armas, hasta la punta de mis dedos. De repente parece que nos encontramos en el duelo entre Urox y el caos, vientos huracanados y rayos amenazan con llevarnos. En la cumbre del estruendo nos ciega un estallido de luz blanco azulada y aparece en la azotea de la posada, como del vací­o, lo que creo reconocer como un enano por su estatura, con una armadura increí­ble, llena de piezas que brillan con sí­mbolos de poder y se mueven en consonancia con su portador. El ser manipula con dedos acorazados el bozo de su casco, que forma una boca monstruosa sin dientes ni lengua, tan solo agujeros negros, huecos. Una voz metálica parecida a la de la caja retumba por toda la fonda con un mensaje en una lengua que, de nuevo, entendemos sin conocer:

"¡Tranquilos, permanezcan donde están! ¡Esto es un exterminio de la decagoní­a central! ¡Todos ustedes van a ser disipados, su energí­a y materia reciclada de acuerdo a la directriz D10-0-0-0, para mejor funcionamiento de la gran máquina! ¡Eternidad a Mostal, eternidad a la máquina! ¡Tranquilos, permanezcan...!” La voz repite el mensaje una y otra vez como una salmodia hipnótica. De repente me veo atrapado por fuerzas invisibles y cualquier movimiento me exige una concentración total. Zarandeo a Jadikira y le grito una vez más: "¡Jadikira, Jadikira! ¡Despierta! ¡Tenemos que marcharnos! ¡Vienen más!” Como dándome la victoria en un duelo perdido, se repiten varios fogonazos de luz blanco azulada, dos, tres, cinco... Dejo de contar cuando uno de los seres metálicos aparece junto a nuestra mesa. Es imposible despertar a Jadikira, la salmodia metálica se lo ha llevado con Eurmal. Lo veo demasiado tarde, cuando la terrorí­fica armadura lo mira con ojos encendidos y apunta su lanza, una bola de luz blanca se forma en la punta. En un instante el pecho de mi hermano de batallas desaparece en una columna de luz como un rayo ordenado, dejando un cí­rculo de nada perfecto donde antes estaban sus entrañas.

Arrojo la mesa sobre la criatura que ha matado a Jadikira llevado por una furia que ruge más fuerte que la salmodia hipnótica. Vuelo como una flecha hasta las ventanas que dan paso a la barra, buscando instintivamente una cobertura. Corro deslizándome entre cachos de cuerpos masacrados y fuerzas arcanas de los aprendices de dioses, viendo hombres con la guerra pintada en sus cuerpos compartiendo tragos mientras el cielo cae sobre nuestras cabezas. Ruedo sobre el alfeizar y caigo sobre algo blando. Son las piernas de Kibaba, creo, el busto está unos palmos más allá. Le falta la cara, un trozo de mandí­bula con dos dientes es lo único que distingo. Un perro lame su mano detrás de mí­, completamente ajeno a la muerte que le rodea.

Aguantando la náusea e invocando a Orlanth para que me ayude a luchar contra el miedo, reúno el valor suficiente para asomarme por uno de los extremos de la barra. Maldiciendo ahora a Eurmal para que me conceda una tregua, busco una salida, pero solo veo el infierno. Las armaduras metálicas sisean como culebras al moverse y el suelo cruje bajo su peso. Actúan con calma calculada, repitiendo una tarea que han realizado cientos de veces. Fulminan con profesionalidad frí­a a los pocos que, como yo, se resisten a la salmodia. Algunos incluso llegan a golpearles, pero sus armas desaparecen en estallidos que les derriten las manos. Cuando caen al suelo gritando de dolor, las criaturas apuntan sus lanzas, cargan, y el oponente desaparece convertido en una mancha requemada. Mientras sucede esta matanza grotesca, un gato se lame la entrepierna en medio de la posada y el resto de los parroquianos sigue a sus cosas como si nada. La salmodia continúa ensartándome la cabeza sin parar.

"¡Quieto, humano! ¡Permanece donde estas! ¡Esto es un exterminio de la decagoní­a central!” Uno de los monstruos me ha visto y apunta su lanza hacia mí­, carga. Me estremezco y añado peso a mis polainas, que ya he mojado hace rato. La salmodia entra en mi cabeza y ya no puedo resistir, me pongo en pie y extiendo las manos sobre la barra. La criatura descarga su lanza y se gira para continuar su tarea.

Se suceden unos cuantos gritos más, algunos estallidos y luego la posada vuelve al ambiente jovial de hace unos momentos, bañada en sangre y ví­sceras, con siseos metálicos de seres imposibles, más poderosos que los grandes héroes ¿Es este el verdadero poder de los enanos? Orlanth nos arme... ¿Qué hacer cuando la violencia no es una opción?

Las terribles criaturas, que ya no sé si llamar enanos, comienzan a situar unos discos metálicos en ciertos lugares de la posada. Después se posicionan en trí­os alrededor de los artefactos y emiten una cacofoní­a de pitidos, chirridos y zumbidos. Como resultado, aparecen de la nada, en los lugares designados, cilindros de piedra cristalizada, que las criaturas clavan a la tierra. Los cilindros comienzan a girar, elevándose más y más con cada ciclo. Las criaturas metálicas manipulan los cintos de sus armaduras, repletos de sí­mbolos de poder, y desaparecen tal cual llegaron, con estallidos de luz blanca. Una voz en mi cabeza me dice los momentos que me quedan de vida:

"Tres.” "Buscad refugio, se acerca la tormenta.” ¡Maldito pirata hijo de una cabra coja, chupa pulpos, poco viento...! Estábamos muertos en cuanto Jadikira accionó el grabado.

"Dos.” Jadikira, te quiero pero qué imbécil eras. Orlanth te arme, nos has matado a todos.

"Uno.” Cierro los ojos. Mi historia acaba aquí­.

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