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cuentos apócrifos 3

Iniciado por sufiazafrán, Mayo 01, 2018, 11:05:14

sufiazafrán

Buenas, gente:

Hoy os dejo un relato de dos hermanas y un amor incomprendido:

Zoria y Ezdenia, el amor y la amargura.

Ezdenia, mi hermana, mi amiga, el reflejo de mi espejo:

Te escribo esta última misiva mientras mi mano puede sostener la pluma, estrechando los ojos para ver algo a la luz de las velas, para impedir que las lágrimas me cieguen. Quiero que estas palabras queden claras para ti, que puedas desmenuzarlas y analizarlas como te gusta. Pero no busques más allá de lo que dicen, pues solo hay un significado en esta carta: te quiero Ezdenia, y mi amor estará contigo hasta que decidas unirte a mí­ de nuevo.

¿Recuerdas cuando decidí­ marcharme? No quise decí­rtelo porque tení­a miedo, entendí­a que padre no lo viera razonable, no me sorprendió que madre no quisiera oí­rlo, pero me daba miedo enfrentarme a mi hermana, y lo siento. Temí­a tu mirada, tus palabras y tus lágrimas, pero lo que más temí­a era que me suplicaras. Me aterrorizaba porque sabí­a que eras la única persona del mundo a la que no podí­a negarme. Pero no lo hiciste, abhihary, lloraste y me golpeaste; me gritaste y me injuriaste; me abrazaste y me pediste perdón; te disculpé y dormimos juntas, como cuando pequeñas; me gritaste y me golpeaste de nuevo, y de nuevo dormimos y me abrazaste, pero nunca suplicaste, y nunca podré mostrarte cuanto te lo agradezco. ¿Cómo podrí­a ser de otra forma? Gracias a ti zarpé junto a Froalar, que siguió el ejemplo de Malkión y abandonó su hogar para evitar dañar a aquellos que amaba. Aun así­, nuestra separación fue dolorosa, hermana. Entonces no entendí­a las emociones que te abrumaban, pues tu pasión era anatema, más propia de los "diabólicos” vadeli que de una malkionita cabal y razonable.

A veces deseaba que me hubieras detenido, sobre todo al principio, cuando llegamos a tierra. Fue horrible, hermana, el caos lo deformaba todo, cuando no lo devoraba con las fauces del olvido. Me rodeaban hechos, realidades terribles que ofendí­an la verdad de Malkion. La alienación, la violencia, la muerte, no nos dejaban contemplar los conceptos primordiales de los que derivaban aquellos hechos innombrables. Además éstos habí­an cobrado voluntad propia y se ocultaban tras una infinidad de formas diversas.

Con nuestro entendimiento mermado y los hombres león asaltándonos, no tuvimos tiempo para adaptarnos, para contemplar esta nueva realidad con nuevas perspectivas, para quitarle las máscaras. No nos quedó más remedio que volvernos a los dioses. Para algunos, yo incluida, esto fue una maldición, un destino peor que la muerte. Seguir a los dioses significaba el fracaso absoluto de la razón, aceptar nuestra debilidad, aprender una nueva lección de humildad. Así­ fue como conocí­ los caminos de los dioses y cómo éstos acabaron llevándome hasta el umbral de Uleria.

En realidad yo busqué a la diosa, aunque tardé mucho en reconocerlo. Lo hice por mí­, hermana, porque necesitaba entender qué hací­a tu amor tan doloroso, por qué me parecí­as distante a veces, cubierta de espinas. Lo hice por ti, hermana, para aprender a calmar tu temperamento, ese odio ciego que te empuja al abismo del remordimiento una y otra vez.

Cuando aprendí­ suficiente contemplé la razón de tu ira, comprendí­ por qué siempre estabas enfadada, que tus miradas furtivas no eran de celos ni envidia. Entendí­ que me amabas, pero tu amor caminaba hacia un callejón sin salida en el reino de la pasión, no hacia el reino de la fraternidad. Como no encontraba el camino, se perdió y sintió el frí­o de la frustración, la soledad, la alienación. Entonces encendió un fuego y el calor que le arropó era la ira, la violencia, la muerte.

Imaginarte en esta situación me mataba por dentro, la impotencia y la desolación me robaban la energí­a, dejando un cascarón hueco. Al final no querí­a moverme, ni hablar, ni pensar, solo querí­a estar contigo, apagar el fuego, abrazarte..., pero, una vez más, tení­a miedo. Por aquel entonces el tiempo ya habí­a llegado y la situación de las colonias me permití­a viajar, pero no pude tomar la decisión por mí­ misma, el miedo me encadenaba a la alcoba. El miedo a verte, a comprobar que mis temores no eran quimeras de mi mente, eso era lo que realmente me paralizaba. Pero Uleria no podí­a dejarme morir. Me consoló y me dirigió estas palabras de ánimo: "Levanta, chiquilla, levántate. No puedes ver la verdad desde un solo lugar, tienes que moverte para apreciar la luz aunque la oscuridad se mueva.” Yo me encontraba hundida en mi lecho, entre sábanas, pero dejé escapar un hilillo de voz "¿A dónde debo ir, diosa madre?” "A donde tu corazón te lleve. Llora o rí­e, sufre o goza, pero sigue siempre a tu corazón.”

Así­ lo hice hermana viajé por este mundo nuevo en el que todo se mezcla, bailé las danzas y canté las canciones, estuve allí­ cuando se enseñó el secreto de la inmortalidad y cuando se rompió el ritmo. También viajé por la historia, siguiendo a nuestros antepasados. Después de un viaje larguí­simo, pude oí­r a Malkión, su mensaje eterno, y sólo dije una palabra: amor. Su voz contestó con una vibración que establecí­a realidades, cada sí­laba una verdad absoluta: "El amor une, la unión hace la fuerza, luego el amor es una fuerza.” Pronuncié una segunda palabra: miedo, a lo que la voz respondió: "el miedo vací­a la mente, una mente vací­a paraliza el cuerpo, luego el miedo es olvido.” Después de aquello llegué aquí­, donde te encontré.

¿Recuerdas cuando nos encontramos, Ezdenia? Yo recuerdo que el miedo volvió a mí­, que las verdades de Malkion retumbaron dentro de mí­ y que mi corazón sólo me arrastraba en una dirección. Te recuerdo a ti, hermana, paralizada en medio del camino con tus ropajes ondeando al viento, una escultura de marfil ataviada de azabache, ágata y zafiro. Recuerdo tu expresión contenida, tus labios apretados en una lí­nea, tus manos aferrando tu voluntad cual auriga de emociones desbocadas. Así­ permaneciste, paralizada y reducida al miedo, a la mí­nima expresión. Me pregunto qué veí­as tú cuando corrí­a hacia ti, qué oí­as cuando gritaba tu nombre, pero no tengo duda de lo que sentiste cuando te abracé. Cuando nos tocamos, tu máscara impasible quiso permanecer inquebrantable y tus manos, paralizadas, se negaban a tocarme, a guiarte hacia el abrazo. Entonces tus ojos se desbordaron y mancharon tu máscara, tus manos temblorosas buscaron las mí­as, tu boca quiso decir mi nombre. Recuerdo que permaneciste un dí­a entero así­, siguiéndome con la mirada fija, intentando pronunciar mi nombre correctamente. No pudiste abrazarme ni hablar hasta que lo conseguiste, ¿lo recuerdas? Entonces sí­ lloraste y gritaste y me abrazaste, y por fin, pude reconocer a mi hermana.

¿Recuerdas cuando hablamos por fin, después de entregarme a ti como deseabas? Recuerdo que disfrutamos juntas, jugamos alegremente con el cuerpo de la otra, intercambiamos jadeos, risas y palabras de amor. Me poseí­ste y te poseí­ con sinceridad, sin vergüenzas, tapujos ni tabúes. Nos olvidamos de todo y gozamos del momento, deseando que durara para siempre. Cuando caí­mos en el lecho abrazadas, exhaustas por el esfuerzo del amor descarnado, hablamos como no lo habí­amos hecho antes, como hermanas, como amantes.

Te pregunté qué habí­as hecho todos estos años mientras te acariciaba el pelo. Me mentiste mientras me besabas el pecho, para evitar mis ojos. Te perdoné sin palabras, solo abrazándote, y lloraste todas las lágrimas que guardabas desde niña. Quisiste confesar, y yo solo contesté: "sin juicios, sin normas. Solo atención y comprensión”. Entonces me contaste todas las vicisitudes que te asolaron: por qué mataste a nuestro hermano y huiste del hogar; cómo seguiste a Arkat durante un tiempo y luego al impostor. Me dijiste que creí­as haberlo perdido todo sin mí­, que no eras capaz de sentir; te contesté con un beso tierno y dormimos la primera de muchas noches dichosas.

Sé que no leerás la siguiente parte, porque aborreces la idea de la muerte, pero tengo que escribirla igualmente, tanto por ti como por mí­. He aceptado el abrazo definitivo de la diosa porque tu amor te encadena a una pasión sin respuesta. Cuando te miro veo a mi hermana, Ezdenia, y mirarte de otra forma serí­a mentirme a mí­ misma, ponerme una máscara. Nuestro amor serí­a falso, y no quiero insultar a tu inteligencia  con una mentira tan burda. Lo verí­as hermana, tarde o temprano lo verí­as y me odiarí­as por haberte mentido, por no amarte, por dejarte sola. Ahora solo veo una forma de librarte de las cadenas de mi amor: aceptar la muerte y el cambio que viene con ella.

No me engaño, hermana, sé lo que pasará cuando me encuentres. Ya noto que has despertado con el último latido de mi corazón, tu frustración ya crece por mi falta. Oigo tus pies descalzos correr hasta mi lecho para socorrerme. Veo tu mirada fija en mi mano inerte, y en esta pluma, que sangra mis últimas palabras. Ya Oigo tu llanto, abhihary, cuando lees esta carta que queman tus lágrimas negras, y tu pecho, que se para frí­o, cuando la abrazas. Ya siento el calor de tu ira, oscura llamarada, que brilla apagada.

No habrá una segunda despedida para nosotras, abhihary, no habrá más palabras, ni besos, ni llantos, sólo esta carta y las lágrimas que la manchan. Ambas son para ti, Ezdenia, hermana, amiga, reflejo de mi espejo, para que recuerdes que tu hermana te quiso hasta el final, aunque no correspondiera tu amor. Lo dejo aquí­, pues sé que cada una de estas palabras es una puñalada que no cura, pero necesito que sepas una cosa más allá de toda duda: no es mi intención abandonarte, hermana, jamás pienses que decidí­ morir para herirte. Si lo haces, me oirás llorar desde el regazo de la diosa.

Te quiere, tu hermana.

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