Diciembre 15, 2019, 21:26:23

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Dhurmen

Iniciado por Eggest, Junio 07, 2014, 02:55:22

Kelemvor Freshbane

Cita de: Kelemvor Freshbane en Junio 14, 2014, 14:31:58
Leí­dos:

Dhurmen  icon_mundoviejuno icon_mundoviejuno icon_mundviej

Me he leí­do el pdf, así­ que no entra el último capí­tulo que has publicado. Lo que más he notado al leerlo es la falta de un estimulo que me emocione para seguir leyendo, que me haga pensar: ¿Qué va a pasar a continuación? Eso sí­, desde los primeros capí­tulos hasta el último, se nota una mejorí­a y que, supongo, seguirá mejorando cuanto más escribas.

Valga mi crí­tica para que continúes con tu empresa, que espero ver finalizada.

Eggest

Brujo

La lluvia mojaba el arenoso suelo que recorrí­a el cru. Tení­a una misión bastante clara y sencilla: acabar con el brujo de Arrengar. Desde hací­a unos meses se contaban historias de sombras que atacaban a los pueblerinos, que raptaban niños y violaban jóvenes y todo parecí­a indicar que, el origen, vení­a de una torre cercana donde moraba un curandero.
Arrengar era un pequeño pueblo a varios dí­as de Dhurmen, hacia el oeste. Era un lugar agreste, de ahí­ que aún creyeran en viejas tradiciones de sanadores y potingues que mejoraban la virilidad o hací­an crecer el pelo del calvo.

-Ilusos-se dijo el cru nada poner sus pies en el lugar.

Sin ser demasiado grande, el desconocimiento y la similitud de todas las calles hací­a que perderse fuera algo común para los forasteros.
Como es bien sabido entre los aventureros "si quieres información, acude a una taberna" y eso mismo hizo él. Encaminó sus pisadas a la primera que encontró. El aspecto distaba mucho de la idea lúgubre y tétrica que le habí­an inculcado las habladurí­as de la ciudad, aquello estaba bastante animado y no habí­a pesadumbre alguna.
La taberna estaba iluminada por una decena farolillos y el jolgorio se escuchaba desde antes de entrar. Todos reí­an y bailaban al son de una música que, a oí­dos del mercenario, sonaba a gato en celo. "Será la cerveza" se dijo.
Se sentó en la barra y depositó el hacha al lado del taburete, para tenerla a mano.

-Una jarra de la mejor cerveza que tenga-bramó al camarero.

A los pocos minutos la tení­a bien enganchada en la mano, con la espuma goteando por los lados.

-¿Qué se celebra?-preguntó el cru.
-Nada, la verdad.
-¿Nada? ¿Y tanto jolgorio? En Dhurmen se cuenta que el pueblo estaba siendo atacado...
-Nimiedades.
-No sabí­a que el secuestro de niños y las violaciones fueran nimiedades...
-Ya sabe cómo son los rumores. Se mata un gato y dicen que era unan cinco quimeras árticas.
-Pero... ¿Entonces sí­ pasó algo?
-Chiquilladas. El joven de los Eivin, que quiere ser alquimista, dice. Y la forma que tuvo de experimentar fue diciéndole a los niños que tení­a dulces. Obviamente, no eran dulces.
-¿Murieron?
-¡Oh, no! Sólo se les puso la lengua morada durante unos dí­as y un poco de fiebre, nada que una buena cataplasma no pueda sanar.
-¿Y lo de las sombras?
-Lo que le digo, el humo de los experimentos de joven.
-¿Y qué ha sido de él?
-Pues una reprimenda, sanción de 50 onires a cada niño indigesto y que no lo volviera a hacer hasta que tuviera más conocimientos.

El cru se quedó pensativo. Si aquello no era para tanto, ¿para qué habí­a sido enviado?

-¿Dónde puedo encontrar al chico?
-¿Qué chico?
-El alquimista.
-¡Ah! Pues estará en el torreón de su familia. Se tira allí­ las horas muertas, practicando con esos cachivaches...
-Muchas gracias-el cru bebió de un sorbo la cerveza que le quedaba-. ¿Qué te debo?
-10 onires.
-Aquí­ van-contestó tirando varias monedas negras como la noche-. Y quédate con el resto.

El cru salió a la puerta de la taberna y miró en todas las direcciones, buscando el torreón. No fue difí­cil hallarlo, pues era la única edificación alta del pueblo. Se echó la capucha, se quitó la espuma de la barba, buscó la luna y se dirigió hasta allí­. Habí­a algo en ese pueblo que no le olí­a muy bien. Y la falta de luna no ayudaba en sus cavilaciones.
De forma majestuosa se alzaba la torre a pocos metros de sus pies. Larga hasta casi tocar la luna y de una roca dura para aguantar el paso de los años sin inmutarse.
La mano estuvo a punto de golpear la puerta pero, como un animal salvaje, una idea atacó la mente del cru: "escala".
Dio un rodeo por el lugar hasta divisar la zona más erosionada del emplazamiento. Poco a poco fue metiendo las manos y los pies por los recovecos donde la piedra no se terminaba de juntar y, en algo más de media hora, ya estaba coronando la cima.
Como la sombra que era en la noche se adentró por la última ventana, sin hacer ruido, casi sin respirar. Ante él, un hombre mayor, se alzaba mirando lo que parecí­a ser un mapa del pueblo. Sus ojos eran blancos y de su boca escapa un rumor que querí­a buscar vocablo, pero se perdí­a antes de hallarlo.

-El brujo...-suspiró el cru.

Con la diestra aferró el hacha y la asió con las dos manos, con fuerza y rudeza. Lentamente se acercó al hombre, analizando cada movimiento, no era el lugar para fallar.
El hombre parecí­a no estar en ese lugar, como si no se hubiera percatado de que un gigante habí­a irrumpido en su cuarto. Estaba demasiado concentrado en ese papel que tení­a en el escritorio, en hacerlo relucir con resplandores rosáceos. Pero algo le despertó, el filo del hacha en su nuez.

-Creo que tiene mucho que contarme...-le dijo el cru.
-Parece que mi engaño no ha servido-contestó el viejo-. Es el primero que no pica.
-¿De qué me está hablando?
-¿Lo escuchas?
-¿Si escucho el qué?
-El silencio...

En ese momento el cru se fijó. Mientras subí­a por la torre sólo se oí­a el ruido del gentí­o en la taberna celebrando nada y, ahora, era esto último lo que sonaba; nada.

-¿Qué has hecho, viejo?
-Distraerlas-contestó, asomando la cara a la ventana-. Ven, mira.
-Desde aquí­ veo bien.
-No voy a tirarte, inútil. ¿No querí­as respuestas? ¿No querí­as saber sobre los ataques?
-¿Cómo sabes eso?
-Porque todo lo que habí­a ahí­ bajo lo habí­a montado yo.
-¿Cómo que lo habí­as montado tú? Sé claro -le contestó mientras hundí­a la hoja en el cuello del hombre.
-Las sombras me buscan... Y, para evitar que me encuentren, les doy ilusiones.
-¿Cómo que ilusiones?
-He recibido muchos nombres... Brujo, hechicero, sanador... Pero, una vez, uno como yo me dio la mejor definición: alterador.
-Palabrerí­a.
-Ninguna. Mira -dijo mientras tocaba el hacha y, de ella, comenzaban a manar flores.
-Pero, ¿qué demonios? -exclamó el cru apartando el hacha del cuello.

Un grito salvaje entró por la ventana.

-Nos han visto... Será mejor que te prepares, ahora no podré distraerles. Por cierto, me llamo Herdal-sentenció el brujo mientras se lanzaba por la ventana.

Herdal descendió como si de una pluma se tratase.

-Venga, es tu turno. ¡Salta!-le gritó nada más poner los pies en tierra.
-¡Me mataré!
-Confí­a en mí­.
-Pero si no te conozco.
-Tienes mi nombre, ya es más de lo que yo tengo de ti.
-Gwell-gritó el cru mientras se tiraba por la ventana.

Como el anciano, Gwell, bajó lentamente, con la delicadeza de quien acaricia a una mujer.
Al poner los pies en el firme miró a todas partes, como si creyera estar muerto.

-Brujo...
-Alterador... Ya te lo dije antes-le contestó con una sonrisa-. Y, ahora, pongámonos en marcha, hay mucho que hacer.
-No, no, no. Antes de ir a ningún lado me vas a explicar qué son esas sombras de las que hablas.
-Son la razón de que tú estés aquí­. ¿De verdad te habí­as creí­do la historia del curandero que secuestraba niños?
-Yo no opino sobre el trabajo que se me manda. Lo hago y cobro. Fin.
-Ay... Los cru... Cuánto habréis debido de pasar. Si ya antes era difí­cil encontraros, ahora más. Ese Rednar...
-¡í‰l sólo hací­a su trabajo!
-Bueno, no estamos aquí­ para juzgar a un perro viejo. Has venido para acabar con las sombras, ¿no? Por ello te pagaron. Así­ que al lí­o.
>>Las sombras esas vienen de un bosque cercano... Nadie sabe cuánto llevan allí­ pero, desde hace unos meses, se dedican a atacar el pueblo y, todo aquel que es abrazado por la sombra, se ve corrompido. Este pueblo era un remanso de paz y vida y, ahora... Bueno, ya lo estás viendo... La única "vida" es la que yo imagino.
-¿Y cómo pueden despistarlas esas ilusiones?
-No lo sé, la verdad... Imagino que porque las consideran un "igual" a ellas. Hasta hoy me habí­a funcionado pero... Han tenido que perecer muchos para que llegara a ello...
-Pero, lo importante... ¿Cómo las mato?
-La verdad... Tampoco lo sé. Intentaré contenerlas mediante las ilusiones y, ahí­, será cuando deberí­as aprovechar para atacarlas pero, como te digo, no sé si funcionará.
-Me has traí­do a una misión suicida...
-¿Y no es eso por lo que son conocidos los crus?-sentenció con una sonrisa.

A pocos metros de las dos figuras bajo la torre, una tercera, comenzó a erguirse y a tomar una silueta casi humana.

-Más vale que estés preparado, Gwell, hoy puede ser nuestro último dí­a-le dijo Herdal mientras, de la mano, le comenzaba a emerger una bola de azul eléctrico.

Perseidas

Hace muchos años, una niña, tení­a celos de las estrellas, de todas y de cada una de ellas.
No le gustaba y, de hecho, le daba bastante rabia que la gente prefiriera mirar antes al cielo que mirarla a ella.
Fue esto lo que la llevo a unir cada uno de sus lunares.
En un brazo, consiguió formar Casiopea.
En el otro, Tauro.
En su espalda, Orión.
En una pierna, La Osa Mayor.
Y, en la otra, La Osa Menor.
Se sentí­a plenamente feliz de ver que, por su cuerpo, desfilaban aquellas pequeñas luciérnagas que tan contentos hací­an a millones de personas y, por ello, salió a la calle a enseñárselo a todo el mundo.
Al poco tiempo de estar andando y sintiendo la admiración de la gente, comenzó a llover y, todos aquellos puntos que, con tanto esmero, habí­a juntado, desaparecieron.
Esto hizo enfurecer a la pequeña y, con la misma ira, maldijo a las estrellas.
Pero estas, sabias, le concedieron un deseo a la niña y le regalaron un millar de estrellas para ella sola.
Diminutas y a penas perceptibles pero incandescentes estrellas que se pusieron allí­ donde todos la pudieran ver, en su lagrimal.
La niña, ajena a tal acontecimiento y movida por la rabia, comenzó a llorar y derramó todas las estrellas por su cara hasta caer al suelo que iba recorriendo.
Se dice que fue así­ como nacieron las perseidas y, hoy dí­a, hay cientos de personas que las andan buscando pues se sabe que, con el poder de una sola de estas, se puede hacer doblegar a toda una nación.

Eggest

Maldito.

  -¡No puede ser! ¿¡Por qué lo has hecho!?-le gritó el joven al moreno mientras le empujaba contra una pared.
  -No es lo que crees... De verdad, déjame explicártelo.
  -¿Explicarme? ¿¡Qué vas a explicarme!? ¿¡Que la mataste!? ¿¡Sin más!?
  -Joder, es lo que intento decirte... Aquel puto dragón la trastocó.
  -Ya, ahora lo achacas todo al dragón. Pues claro que la trastocó, pero como lo hizo a ella, también te lo hizo a ti y a mí­. Nunca nos habí­amos enfrentado a algo así­. Joder, es que nunca nos habí­amos enfrentado a nada, eramos unos crí­os.
  -Pero no me refiero a eso. Déjame que te explique...
  -Ya sé lo que te pasaba. Eran celos, ¿verdad? Tení­as celos de que ella me eligiera a mí­ al final.
  -¿De qué me estás hablando?
  -Pues que por eso la mataste, porque tení­as celos. Viste cómo ella prefirió estar conmigo antes que contigo.
  -Fergüil, estás sacando las cosas de contexto... Yo no tení­a celos. Al menos no ahora...
  -¿Lo ves? Tení­as celos.
  -Pues claro, pero al principio. Hasta que me di cuenta de que fue todo por culpa mí­a, por ser más cru que hombre. Pero eso era algo que ambos sabí­amos y con lo que lidiar. Por eso estaba contento. Estaba contento de que te hubiera elegido a ti. Estaba contento porque la veí­a feliz contigo.
  -No me engañas, Eriel, la mataste por celos... Y ahora vendrás a hacer lo mismo conmigo.
  -Fergüil, ¿quiere hacerme caso? No me queda mucho tiempo, me vendrán a buscar, me matarán... No sólo por el asesinato de Desnea... He contaminado la fuente con su sangre, he dejado maldita a Dhurmen...
  -Y te lo mereces.
  -¿Me lo merezco? Sólo pretendí­a salvar vidas...
  -¿Salvar vidas matándola a ella?
  -Me dijo que eran inútiles-Eriel rompió a llorar- me dijo que sus vidas no merecí­an la pena... Que podí­a matarlos a todos con sólo pensarlo... Que iba a hacerlo...
  -¿Qué?
  -Te lo estoy diciendo, joder. Desnea no era Desnea desde que la arañó el dragón... Desnea era una sombra... Y he sacrificado su vida, y la mí­a, por salvar este maldito pueblo.. Y, aún así­... Lo he condenado...

Fergüil se quedó callado, atónito, viendo cómo el negro salí­a por la puerta, con la capa hondeando; con la capa llena de sangre. Hoy, el cru, vestí­a el negro.
Tras el sonido de la puerta, Fergüil, se sentó. ¿Cómo era posible? Todos estos años parecí­an, ahora, un simple suspiro... Era como si fuera ayer cuando salvó a Eriel del ataque del dragón, como si hace unas horas le estuvieran combatiendo...

...Eriel le cerró el cerco a la criatura, no tení­a escapatoria, sólo necesitaban tiempo para que Fergüil lanzara una bola de esas que habí­a aprendido hací­a pocos dí­as.

  -¡Desnea, por el flanco, clávale una de tus flechas a este mal nacido!-Eriel utilizaba sus conocimientos de guerra para ordenar aquella escuadra de tres personas.
  -¡Voy!-gritó Desnea mientras tensaba el arco-Impacto uno-bramó cuando la flecha impactó en el ala y cargaba una segunda.

Desnea tení­a una punterí­a casi prodigiosa, cada flecha era un acierto. La bestia ya tení­a casi media docena de proyectiles en el ala cuando el moreno quiso darse cuenta.

  -A ver cómo sales de esta-dijo Eriel conforme hacia una lí­nea en el suelo con la hoja de la espada.

La bestia pegó un rugido que hizo tambalear el firme. Los pelos de la nuca de Fergüil se erizaron y le hicieron perder, momentáneamente la concentración.

  -Mierda, casi la tení­a- maldijo el mago-. Procura que no vuelva a hacer eso.
  -Joder, Fergüil, deberí­as estar acostumbrado.
  -Si crees que es tan fácil hazlo tú, maldito cru.
  -No, déjate, yo estoy aquí­ marcando la zona-rió.

Fergüil volvió a poner toda su mente en la mano. Sabí­a cómo se hací­a, lo habí­a estado practicando durante todo el mes. Era simple, debí­a imaginar que su mano tení­a unos poros de los que supuraba todo lo que el pensara, creer que esos puntos se hací­an más y más grandes y que, aquello que tení­a en mente, emergerí­a de ellos.

  -Fuego...-se dijo Fergüil mientras notaba todo su cuerpo tensarse.

Un sudor frí­o le recorrió la coronilla y le bajó por la nuca. La mano comenzaba a calentarse. Ya casi estaba....

  -Desnea, ¡carga! ¡Pata trasera!

La joven bajó de su posición para tener mayor ángulo de visión y volvió a tensar el arco. Una flecha. Impacto. Segunda flecha. Impacto. La criatura se revolvió por instinto, despejó con la cola la tercera flecha y encaró a Desnea que se encontraba buscando una cuarta flecha.

  -¡Desnea, cuidado!

La joven no escuchó la advertencia de Eriel y, cuando quiso darse cuenta, casi tení­a la pata en su rostro. Con una finta, la esquivó y le clavó la flecha que tení­a en la planta de la zarpa.

  -¡Grita más!
  -Sí­, hombre, y que se desconcentre Fergui... Déjate.

Con la bestia de espaldas a él, Eriel, se lanzó a dar un estocazo. De un brinco, saltó a la grupa del animal y comenzó a rajarle la espalda hasta llegar a la cabeza. Del animal no salí­a ni una mí­sera gota de sangre.

  -¿Pero qué demonios...?
  -¿Qué pasa?-preguntó Desnea.
  -El bicho este, no sangra.
  -¿Y?
  -¿Cómo lo matamos?
  -Con esto-sentenció Fergüil, mientras poní­a las manos en dirección al animal y, de ellas, emergí­a una intensa llamarada.

El dragón encolerizó y comenzó a atacar en todas las direcciones. Fergüil intentaba contenerla con las llamas, como si le marcase un cerco que no cruzar.

  -¡Ahora! ¡Desnea, flechas a la cabeza!

Eriel se mantení­a a duras penas sobre el animal clavándole la espada por donde podí­a para evitar caer en el fuego.

  -¡Desnea! ¡Las flechas!

La joven no respondí­a se encontraba tirada en el suelo, sangrando.

  -¿Qué pasa Eriel?
  -Desnea no responde y, con el fuego, no puedo verla.
  -No estará...
  -No. Hoy no vamos a morir-dijo mientras apuñalaba la cabeza del animal, atravesándola de arriba a abajo.

La bestia cayó desplomada. El fuego se disipó igual que habí­a emergido y, con él, los restos del animal.
Allí­ no habí­a nada. Ni fuego. Ni dragón. Sólo ellos tres. Eriel, irguiendo la espada a duras penas; Fergüil, con la cara roja del esfuerzo y tiritando; y Desnea, yaciendo en el suelo, cubriéndolo todo de carmí­n...


-¡Pero habrá alguna forma!
-No lo sé...
-¿Y tus libros? ¿Qué dicen tus libros?
-Nada... Si ya fue raro encontrarlos, no quiero imaginar alguno que hable sobre algo así­. Eriel, entiéndelo, el mundo nunca habí­a visto algo así­. El mundo no habí­a visto ni conocí­a a los dragones, sólo aquellos de los cuentos. Aquellos que tení­an ollas con miles de monedas bajo sus patas y, si eras puro de corazón, te las daban. La realidad no se parece a los cuentos.
-Pero, si existí­an esas historias, es por algo. En algo deben basarse. Y, joder, si hablan de dragones es porque conocieron dragones. Y si las historias contaban luchas contra dragones, deberí­an hablar sobre cómo tratar sus ataques. No podemos dejar así­ a Desnea.

Las palabras de Eriel rebrotaron por la mente de Fergüil. Le recordaron todas aquellas historias que habí­a leí­do durante su viaje. Y una idea rebrotó como el chasquido que rompe un silencio.

-Y no lo permitiré-dijo con una seriedad impropia.
-¿Qué planeas?
-Irme...
-¿Vas a dejarme solo? ¿Me vas a abandonar ahora? Fergüil, no puedes hacerme esto. No nos lo puedes hacer...
-Lo sé... Pero debo hacerlo. Si quiero encontrar la forma de curar a Desnea, debo viajar.
-Entonces... ¿Has encontrado algo?
-Sólo es una leve idea. Algo vago, quizás sea en vano mi viaje pero, si como dices, las historias parten de la realidad... Debo hacerlo.
-Al final tus libros sí­ tení­an algo-contestó Eriel con la esperanza rugiendo en su voz-... Dime, ¿de qué se trata?
-No quiero darte ilusiones. Antes debo hablar con alguien, alguien como yo. Alguien que comprenda todo esto.
-¿Alguien que sepa hacer bolas de fuego?

Los dos rieron entre lágrimas.

-Por ejemplo... Dame sólo 12 dí­as. Si al último no he vuelto te mandaré una carta diciendo donde debes de ir. Yo me marcho ya, no hay tiempo que perder. Y... Cuida de ella por mí­, por favor.
-Sabes que lo haré.

Fergüil se acercó a la habitación donde se hallaba Denea, recostada sobre una cama de paja.

-Te prometo que te salvaré-le susurró al oí­do y le dio un beso en los labios. Un beso tierno, lleno de cariño.

Tras ello, cogió un par de libros, varios sueños y la comida para el dí­a siguiente.

-Eriel. 12 dí­as. Nos vemos a la vuelta.
-Que las estrellas te guí­en, compañero.
-Ojalá te oigan... Tengo que cazar alguna.

Y, tras dejar escapar las palabras, se marchó por la puerta sin una dirección clara pero con una idea fija; tení­a que cazar una estrella fugaz nacida del lagrimal de una niña.


Fergüil se quedó mirando la habitación, ahora vací­a tras la marcha de su compañero. Ahora, vací­a, tras la muerte de su amada. Se llevó una mano al zurrón y sacó un pequeño trozo de tela, lo desenvolvió con mimo, como si lo que se hallaba en su interior valiera tanto como un millar de vidas. La habitación se llenó de un brillo azulado mientras el joven se quedaba escrutando el objeto.

-Si sólo hubiera llegado un dí­a antes... Si sólo hubiera corrido un poco más... Si sólo hubiera tenido las cosas más claras... Si sólo... Ahora estarí­as viva...

Fergüil se echó a llorar.


Eriel caminaba cabizbajo, ocultando su rostro en la capucha y fundiéndose con la penumbra que le envolví­a. Escapaba de las miradas de todos, del oxí­geno que respiraba, de sus pensamientos. Caminaba tan apresurado que sus propias pisadas parecí­an buscar las que aún no estaban dadas, atropellado.
Caminó tan rápido que salió más rápido de Dhurmen de lo que cualquier otra persona lo hubiera hecho jamás, en su cabeza sólo repetí­a lo mismo: "Escapa".
Llegó a un bosque cercano y se detuvo cuando hubo comprobado que estaba en completa soledad. Se detuvo y lloró.


Desnea se recuperó de pronto, como si un ángel hubiera bajado hasta su cama y la hubiera besado devolviéndole la vida que ya se le escapaba a cada segundo. Lo primero que hizo fue buscar a Fergüil pero, este, llevaba diez dí­as de viaje buscando la forma de curarla.
Se sentí­a viva. Viva y poderosa.

  -¿Y ahora qué harás?-le dijo una voz que no conocí­a, que no tení­a origen fí­sico.
  -¿Cómo que qué haré? ¿Quién eres?
  -Eso ahora no importa, Desnea.
  -¿Cómo sabes mi nombre?
  -Sé muchas cosas sobre ti.

Desnea miró por toda la habitación, pero allí­ no habí­a nadie.

  -Déjalo, no lo conseguirás.
  -APARECE-gritó Desnea- ¡APARECE!
  -¿DESNEA?-exclamó Eriel, abriendo la puerta de la casa- Estás... Estás viva...
  -¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Fergüil?
  -Salió... Salió a buscarte una cura. Pero ya no hará falta, has vuelto-le respondió el moreno, con lágrimas en los ojos por la felicidad-.  Has vuelto.
  -¿Cuánto tiempo llevaba así­?
  -Casi veinte dí­as, desde que acabamos con el dragón.
  -Mátalo-le susurró la voz.
  -¡CALLA!-gritó Desnea.
  -¿Que calle?-preguntó Eriel, como si se estuviera perdiendo algo.
  -Tú, no. El otro, ¿dónde está? ¿Quién es?
  -¿Quién es, quién? Aquí­ no hay nadie, Desnea... Estamos solos.
  -No, hay alguien más.
  -No puede ser, hay alguien más hablándome.
  -¿Estás bien, Desnea...?
  -Sí­... Seguramente sea por el tiempo que he estado así­... No te preocupes, de verdad.
  -Desnea, será mejor que demos una vuelta. Te vendrá bien ver gente, has pasado demasiado tiempo postrada en esa cama. Además, hoy es dí­a de Vigí­as. Te gustará ver la plaza decorada.

Sin saber por qué, eso, alegró a Desnea. A pesar de que nunca le habí­a hecho mucha gracia ese festejo, tení­a ganas de salir, desentumecer los músculos, echar monedas en la fuente... Sentirse una más entre el bullicio o, simplemente, sentirse una más.

La plaza estaba a revosar, decenas de familias se juntaban en torno a la plaza para cantar y para pedir por el próximo año. Pedir por unas cosechas grandes y por multitud de monedas en el bolsillo.
Durante el trayecto, Desnea, le preguntó por lo ocurrido tras el dragón pero, Eriel, no quiso hacer mención. Le daba excusas o desviaba el tema con toda la vida que se arremolinaba a su alrededor.

  -No puedo imaginar la alegrí­a que le darás a Fergüil cuando vuelva.
  -Verás la alegrí­a que le das a Fergüil cuando vuelva y vea al negro muerto-dijo la voz mientras se carcajeaba.
  -Sí­... Yo también tengo ganas de verle... Es como si hubiera pasado una vida entera desde la última vez que le vi...
  -Sabes... Tení­a ganas de esto...
  -¿De qué?
  -De sentirme "normal"... Piensa, todo lo que hemos recorrido, todo lo que hemos conocido y vivido... Llevábamos años haciendo algo que no nos pertenecí­a y, ahora, podemos decir que hemos vuelto a la vida corriente.
  -Bueno, tú nunca la has dejado... Te recuerdo que siempre estabas de aquí­ para allá con tus "encargos"-dijo Desnea mientras reí­a y le daba un pequeño codazo a Eriel.
  -Ya, pero es que tení­a que haber un hombre en esta "familia" que trajera dinero a casa. No í­bamos a estar viviendo de la caridad y la suerte.
  -Seguro que Fergüil hubiera encontrado la forma de solucionarlo. ¡Si lanzaba fuego por las manos, qué no podrí­a hacer!

Ambos se rieron, como lo hacen los amigos de toda la vida cuando cuenta alguna anécdota de hace mucho tiempo. Rieron como si hubieran estado a años de distancia. Eriel la abrazó.
 
  -Te echaba de menos, dulce Sir-Del.
  -Hací­a mucho que no escuchaba eso...
  -Hemos estado demasiado ocupados salvando al mundo.
  -Y ahora estará demasiado ocupado muriendo-volvió a decir la voz, apareciendo de la nada.
  -Bueno-cortó Desnea mientras un escalofrí­o le recorrí­a la columna-... Dices que si echo un moneda a la fuente, lo que pida, se concederá, ¿no?
  -Eso dice la leyenda... ¿Quieres probar suerte?
  -Eso siempre... ¿Me dejas una moneda, "hombre de la familia"?
  -A ver, qué remedio...-le dijo mientras le tendí­a un onir.

Cuando Desnea fue a coger la moneda sintió como si todo el mundo se tambalease. Perdió, durante un momento, la visión de las cosas y, al regresar, sentí­a que ya no era dueña de su cuerpo.

  -¿Un onir...? Qué rata eres... -dijo la voz desde la garganta de Desnea.
  -¿Qué pretendes lanzar? ¿Un rem? Y que no se cumpla...
  -¿Quién sabe? A lo mejor, cuanto más dinero tires, mejor te miran los dioses...
  -Dudo que eso funcione así­. Si los dioses conocieran de las miserias que hemos vivido, un onir para nosotros, serí­a como la fortuna de algún conde o un rey.

Los dos se acercaron a la fuente mientras, la mente de Desnea, se removí­a por toda la cabeza, como si estuviera golpeando contra celdas invisibles queriendo escapar. Aquellas palabras no eran las suyas. Aquellos movimientos no eran los suyos. Se sentí­a como una marioneta de la que mueven los hilos. El agobio le comenzó a apoderar, sintió que se asfixiaba.

  -¿Y puedo mirar a la fuente o tengo que tirarla de espaldas?
  -Estilo libre.
  -Bueno, lo intentaré.

El cuerpo de Desnea cerró los ojos y, Desnea, vio la silueta de su parásito. Una sombra enorme que engullí­a la poca luz que se colaba por las comisuras de los párpados. Una oscuridad que dejaba a la noche abierta como el sol del medio dí­a.

  -Libérame.
  -¿Por qué? Es más divertido que lo veas todo desde ahí­, como un teatro. Espero que estés cómoda disfrutando de todo esto. Además, no haces lo que te pido, ¿no sabes divertirte? Imagí­nate a tu amigo negro muerto... A tu amigo brujo muerto... A toda esta gente muerta...
  -Estás loco, ¿por qué querrí­a hacer algo así­?
  -Es simple... Porque puedes.

El cuerpo de Desnea volvió a abrir los ojos.

  -Desnea... Tus ojos...-susurró Eriel.

Su iris dejó atrás el color de antaño. Ahora a penas se distinguí­a la pupila.

  -¿Qué les pasa?
  -Tú... Tú no eres Desnea... ¿Qué has hecho con ella?
  -No he hecho nada, sigue aquí­... Pero es que no sabe divertirse. Seguro que tú me comprendes-se giró y abrió los brazos-. Dime, ¿tú podrí­as imaginar tener el poder de poder acabar con todas estas personas con sólo pensarlo?
  -¿Y por qué querrí­a hacerlo?
  -Porque puedes. Porque tienes el poder de hacerlo-de sus manos comenzó a manar un brillo anaranjado.
  -¿Y de qué me servirí­a hacerlo?
  -Por diversión, te lo estoy diciendo.

Eriel se acercó al cuerpo de Desnea y puso su boca en su oí­do como si, lo que fuera a decir, fuera sólo para ellos.

  -Desnea, si aún estás ahí­, perdóname...

Y como una hoja en el otoño, el cuerpo de Desnea, cayó sobre la fuente inundando de carmí­n el agua que brotaba. Eriel sabí­a el tremendo crimen que habí­a cometido. Aquello era peor que quemar una iglesia, peor que el genocidio de niños, peor que desearle el mayor mal a alguien.
Eriel habí­a maldecido a Dhurmen por siempre pero no le importaba. También habí­a matado a Desnea y eso le dolerí­a de por vida.

Eggest

Suspiro

Una pareja se miraba, sentada frente a frente, como si estuvieran intentando calcular la densidad del aire que se distribuí­a por el lugar que compartí­an. í‰l la miró a los ojos, extraño, como si fuera la primera vez que ella se posaba ante su persona. Ella torció el gesto y puso los ojos en blanco, demasiado acostumbrada a esa mirada, demasiado acostumbrada a esa indiferencia. Ambos suspiraron.
El suspiro de ambos se fundió con el aire y salió huyendo por la ventana, como si quisiera escapar de esa escena.
Surcó una de las calles principales de Dhurmen, atestadas de gente que buscaban un sitio donde comer. Se paró a contemplar los puestos de los mercaderes que decí­an traer objetos extraños, de más allá, y se coló por una trompeta de remaches escarlata, emitiendo un sonido que asustó a un gato que vagabundeaba por la zona. Divertido, el suspiró, siguió al gato hasta el árbol donde se escondió. Allí­ descubrió a una madre que alimentaba a sus polluelos. Como si de una brisa se tratase, rozó las plumas del pájaro y recibió el calor que sólo la familia sabe dar y continuó su andadura acariciando las hojas de los árboles, saboreando las gotas de lluvia que quedaban de la noche anterior.
Después, prosiguió su andadura y, con un gesto vacilante, atravesó una pequeña obertura de una taberna cercana, ajena al milagro de la vida que acaecí­a a pocos metros. En éste lugar se convirtió, durante unos instantes, en música que provení­a del laúd de un músico errante con más remiendos que años en su haber. Se sintió feliz al ver la alegrí­a que daba a las gentes del lugar aquella melodí­a de la que apenas comprendí­a nada. Con el empujón de los gritos emergió, radiante, por la chimenea y fue saltando de tejado en tejado mientras observaba las vidas de los moradores de aquella ciudad.
En una de las casa vio un matrimonio que se demostraban el amor en la cama. En otra contempló todo lo contrario; un hombre habí­a llegado, borracho, y pagaba con su mujer lo mal que le habí­a ido el dí­a en el campo mientras, de fondo, una niña espiaba la escena asustada.
Finalmente, el suspiro, llegó a tierra y, entre las pisadas de la muchedumbre, encontró una guarida. Aquella de donde habí­a nacido. Aquella donde estaba la pareja, mirando al infinito, atravesándose los cuerpos con la mirada y fijando la vista en un punto invisible. Se filtró con el oxí­geno y se introdujo por la nariz de ella para volver a manar con la fuerza de sus cuerdas vocales y renacer como palabra.

-¿Y bien?
-Me tengo que ir.
-Eso ya lo sabí­a.
-Pues entonces...
-¿No vas a decir nada más?
-¿Qué quieres que diga?
-Algo, joder... Algo.
-Mira... Tengo que hacer esto solo.
-Pero no estás solo.
-Ya... Pero sé cómo terminarí­a esto si vinierais.
-¿Y por eso prefieres hacerlo solo?
-No es sólo eso.
-¿Entonces?
-No quiero ponerte en peligro...
-¿Ponerme? ¿A mí­? Te recuerdo con quién hablar, cru.
-No es lo mismo. Además... Sabes que es complicado.
-¿Lo que se te ha encomendado?
-No.
-¿Entonces?
-Lo nuestro. Sé que terminaré haciéndote daño...
-Esta situación es lo que me hace daño, no tú.
-Pero esta situación es mi dí­a a dí­a. Y sí­, ha sido bonito mientras ha durado pero, Desnea, no podemos estar así­.
-No, no podemos... Somos un grupo, no puedes marcharte cuando te venga en gana.
-Pero debo. Deberí­as entenderlo. Por eso mismo, necesitas otro tipo de persona a tu lado. Puedo seguir aquí­, como aliado... Pero no me pidas más. No me pidas que te enseñe mi mundo. No me pidas...
-Nunca te he pedido nada, sólo claridad.
-Pero sabes cómo funciona esto...
-Está bien, déjalo... Haz lo que tengas que hacer. Te esperaremos, como grupo, como aliado.
-Gracias.

í‰l se levantó de la silla y se dirigió a la puerta, con el petate hecho.

-Una cosa te pido-le dijo ella.
-Tú dirás.
-Vuelve. Aunque sea como compañero de batalla.
-Descuida, tenemos una misión que completar. Aunque no me lleve ni un mí­sero sueño...

Ella sonrió, él atravesó la puerta y se marchó. Y ella lloró.

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