Mayo 28, 2020, 17:19:07

Dhurmen

Iniciado por Eggest, Junio 07, 2014, 02:55:22

Eggest

Junio 07, 2014, 02:55:22 Ultima modificación: Junio 14, 2014, 14:29:52 por Kelemvor Freshbane
Voy a ir poniendo historias varias. Cada noche una o un fragmente de ella. Casi todas tienen en común el sitio donde se desarrollan: Dhurmen. Un mundo imaginario que bebe mucho de las historias de Dungeons & Dragons, Mundodisco y casi cualquier novela de literatura fantástica medieval.

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El corderito feliz.


Las horas iban pasando y la noche caí­a en la ciudad de... No sé... Dhurmen. La verdad, el nombre poco importa.
El caso, era ya bastante tarde en la ciudad y uno de los poco candiles que quedaban en pie pertenecí­a a la posada de "El Corderito Feliz". En ella, como es costumbre y habitual en las posadas, se encontraba el posadero al que llamaremos "Frank", que es un nombre bonito y común.
Pues bueno, Frank, estaba ensuciando más que limpiando una vieja taza de cuerno con lo que parecí­a más una toalla vieja y roí­da que una bayeta. Junto a él se agolpaban los parroquianos, llamados así­ porque fueses a la hora que fuera siempre estaban allí­; con su jarra de cerveza cerca y un insulto al lado de los labios. No eran muchos, todo sea dicho, pero hací­an el ruido suficiente como para espantar a los nuevos.
Pero, esta noche, era distinta. Esta noche habí­a silencio...

Frank miraba la puerta como el perro que espera al cartero, aunque eso no interrumpí­a en su buen hacer de ensuciar la misma jarra de cada noche. De pronto, se escuchó el golpetear en la puerta de un puño firme y seco, del que sabe a lo que va:

-¡Adelante! Está abierto- gritó Frank desde la barra.

La puerta se abrió de soslayo y entró un hombre enjuto y menudo, con más voz que presencia:

-Muy buenas, Frank. Ponme una cerveza.
-¿A qué debemos el honor, capitán? -preguntó Frank mientras llenaba la jarra que tení­a en la mano.
-Vení­a a hablar con tus parroquianos...
-Difí­cil lo veo. Hoy están todos callados..., pero tengo unos alicates por si necesitas extirparles las palabras.
-Creo que no será necesario -replicó el guardia conforme daba el primer trago a la cerveza.

El capitán miró a los parroquianos mientras estos observaban que sus botas no tení­an cordones.

-¿Sabéis algo del robo en la tienda de Grhu?
-¿Robo? ¿Por quién nos tomas? -dijo uno de los parroquianos.
-No somos unos ladrones -contestó otro-. Sólo gente que se busca el cómo vivir y viene a este tugurio a beber orines de gato.
-Está bien, está bien...-replicó el guardia conforme echaba otro trago.
-Si has venido a acusar a mis parroquianos será mejor que te vayas, Bel. Yo respondo por ellos y no se han movido de aquí­ -le reprendió Frank.

Un silencio incómodo llenó el lugar. Un silencio de esos que oprimen el pecho y que, como te descuides, te roba la bolsa del oro.

-¿Algo más que añadir? -preguntó Frank.

El guardia comenzó a contar a los parroquianos. Faltaba uno.

-¿Y Deler? -preguntó.
-Ni nos lo menciones... Maldito cabrón -contestó otro parroquiano.
-¿Qué pasó? -siguió el guardia.
-Nos ha traicionado. Parece que prefiere otro tipo de "compañí­as" -le dijo Frank.
-Seguro que él ha sido el que ha robado en el local de Grhu.
-Sí­, seguro que ha sido él -bramaron todos al uní­sono.
-Sí­, yo le vi saliendo de allí­.
-Y yo, llevaba un fardo hasta arriba de telas.
-Entonces... ¿Me aseguráis que fue Deler quien lo hizo?
-Sí­, desde luego.
-Pues será mejor que vaya a por él -respondió el Bel mientras terminaba su cerveza-. Toma, Frank. Quédate con el cambio y muchas gracias por todo.

El guardia salió y dejó otro gran silencio en el lugar. Pero este no tení­a nada de incómodo, era hasta alegre.

-Deler no pagó su mensualidad, ¿verdad? -preguntó un parroquiano.
-No -contestó Frank.
-Entonces todo correcto. ¿Otra cerveza?
-Por supuesto -dijeron todos al tiempo.
-Tampoco le echaremos de menos.
-Claro que no, era un cabrón. No repartí­a nada...
-Pues tendremos que buscar a alguien para llenar su hueco...
-Bueno, pero sin prisas. Total, para lo que me pagáis... -dijo Frank.

La noche seguí­a cayendo, fuera, tras las puertas de "El corderito feliz".
La noche seguí­a cayendo, fuera, tras las puertas del gremio de ladrones.




El sueño de Brim.


Las noches siempre son algo especial. Sale la luna, florece el loto y la gente duerme. Y, cuando la gente duerme, sueña...
Pero este no era el caso de Brim.
Brim no soñaba, viví­a una nueva vida. Una vida distinta donde, él, podí­a manejar todo a su antojo.
Un dí­a, si querí­a, podí­a crear un mundo donde sólo habitaran perros y, al dí­a siguiente, destruirlo.
Pero Brim no era así­. Brim era más "benevolente".
Ideó un mundo idí­lico y fijó dos protagonistas, un chico y una chica.
Les poní­a en situaciones lí­mites para comprobar su amor y, en cierto modo, los manejaba como si fueran marionetas o elementos de un gran teatro.
Ellos, obviamente, no tení­an conocimiento de que, lo que viví­an, era el sueño de Brim y como personas al uso, cuando caí­a la noche, dormí­an.
Y soñaban...
Soñaban el uno con el otro, que escapaban a sitios de ensueño, que viví­an juntos y se amaban rompiendo cualquier regla preestablecida. Pero esto, Brim, no lo sabí­a y, aún sin saberlo, iba colocando cada noche las fichas tal y como ellos las soñaban como si, inconscientemente, supieran que eso iba a pasar; como si ya estuviera escrito.
Brim sentí­a mucha curiosidad por sus creaciones, casi tanta como un dios, pero le daba rabia no poder seguirlas hasta sus mondos oní­ricos. Sentí­a impotencia al ver que se perdí­a una gran parte de sus vidas.
El y ella sabí­an que soñaban mutuamente con ellos pero tení­an muchos reparos en decirlo y, en cierto modo, les daba confort; era un secreto dulce, como el chocolate al fondo de la alacena.
Cada dí­a que se veí­an y se cogí­an las manos recordaban lo que se habí­an dicho en ese otro mundo, aquellos "te quiero" a escondidas...
Conforme pasaban los dí­as, Brim, se sentí­a más confuso, más perdido y, aquello, no le entretení­a.
Fuera de allí­, Brim, tení­a su vida, sus amigos, pero no le llenaban, no le daban el mismo placer, no se sentí­a tan poderoso y, casi siempre, estaba más pendiente de qué harí­a esa noche que de lo que le rodeaba. Se podrí­a decir que se perdí­a parte de la magia del vivir, la verdad.
Pero, ¿dónde se refugiarí­a ahora que ninguno de sus mundos le era suficiente?
Finalmente, harto de todo aquello, decidió ponerle fin a su ensoñació. Lo hizo sin madad, todo sea dicho. No deshizo ese mundo, simplemente, focalizó su visión a otra parte sin alterar el curso de los hechos como estaba acostumbrado.
Volvió a crear otro pedazo de tierra, bastante próximo al que ya tení­a y repitió la historia. Un chico y una chica que se conocen y que, a escondidas, sueñan que se aman...
Pero estos eran distintos, sabí­an dónde estaban; sabí­an qué realidad estaban viviendo y lo único que podí­an preguntarse era "¿Sabes si estás despierto? y "¿Vives tu vida o vives la vida que Brim te está soñando?"





Callejón oscuro.

Como casi todas las historias, esta también tiene lugar por la noche y, pese a eso que se dice de que a partir de las 2 de la mañana no pasa nada bueno, esta no iba a ser una excepción.
El carro pasaba por una de las callejuelas del barrio rico de Dhurmen. Los farolillos de las casas estaban ya apagadas y sólo quedaban el resplandor de la luna y el leve tintinear de las luces de los pórticos.
El único ruido que habí­a era el chocar de lo cascos de los caballos el chocar de las ruedas contra los adoquines de la calzada.
Al cruzar la avenida de Elm's, el carro se paró y bajó de él una sombra.

- ¿Qué tenemos hoy?

Preguntó a otra sombra conforme se atusaba el sombrero de copa.

- Será mejor que venga y lo vea usted mismo, señor. No hay palabras para describirlo...

Las sombras se siguieron hasta el fondo de un callejón donde, una tercera silueta, se vislumbraba gracias a una linterna de aceite dejando entrever un cuerpo yaciente en el suelo junto a un charco de sangre.
La primera sombra se acercó dejando atrás a la segunda. En el suelo, el cadáver de una mujer de rasgos gráciles y el torso brutalmente sesgado.

- ¿Qué sabemos? -preguntó mientras examinaba el cuerpo.
- No mucho, señor -contestó la tercera sombra, que correspondí­a a un hombre de poco más de treinta años.
Con un leve gesto, se entrevió la cara arrugada de la primera sombra, debí­a de rondar los 50 y portaba una perilla con un bigote a juego.

- Pues dí­game -le exigió.
- Es una de tantas... Creemos que vino de la periferia para probar suerte y... Bueno, ya ve qué se encontró
- Está bien, Dil. Al menos ya tenemos un sitio por donde buscar. ¿Alguna idea sobre las heridas?
- No ha podido ser humano -respondió la segunda sombra.
- Vale... Ahora una idea cabal...
- ¿Un carnicero?
- Eso suena algo mejor, sigamos cerrando el cerco... Ahora, mientras divagamos, Floiz, traiga un carro para llevar el cuerpo a la morgue.
- De acuerdo, sr. Flynn.

La segunda sombra fue calle abajo mientras Flynn encendí­a un cigarro.

- Parece que se avecina tormenta... ¿Lo hueles, Dil?
- La verdad es que no... Pero usted siempre tiene razón.


Las pisadas fuertes, firmes, precisas y rápidas de Flynn llenaban el pasillo hasta la morgue. A penas estaba iluminado y los enormes ventanales daban a un patio que se iluminaba con los rayos que caí­an a lo lejos y el cigarro que llevaba en la boca.
Abrió la puerta de golpe, asustando al forense.

-Buenas, Flynn. ¿Prisa?
-Más de la que puedas imaginar... Dime, ¿qué tenemos?
-Pues veamos-le contestó mientras se colocaba una serie de lentes superpuestas-. Uff... Pinta mal, ¿eh? Parece hecho por un animal, pero de haber sido así­ habrí­a algún tipo indicio. Esto es humano. Una persona grande, muy grande. Por lo menos metro noventa y casi 120 kilos.


Flynn se acercó al cuerpo, a observar con mejor luz a la mujer. Con la cantidad de faros que habí­an, comprobó que tení­a bastante menos edad de la que creí­a, a penas tendrí­a 15 años.
"En Dhurmen, muchas niñas de la zona baja intentan probar suerte en la barriada rica como chicas de compañí­a y terminan acogidas por familias pudientes pero esta no tuvo esa suerte y preguntar por la desaparición de una niña serí­a estúpido" pensó Flynn

-La herramienta es bastante rudimentaria. Seguramente algún tipo de hacha grande o mandoble, ¿pero quién querrí­a atacar con eso a una chica?
-Eso es lo que queremos saber... Espera, ¿por lo menos metro noventa? Alguien así­ serí­a fácil de encontrar, ¿no?
-Una persona con esas caracterí­sticas... Sí­, bastante fácil, Flynn. No se ven tipos tan fornidos por aquí­-concluyó el forense con una leve risa.
-Vale... Al menos podemos intuir una figura para el sospechoso. ¿Alguna otra cosa más que puedas decirme del cuerpo?
-Veamos... El cuerpo está intacto. Quiero decir, no la forzaron ni nada, es virgen pero... Le falta un pulmón.
-¿Cómo?
-Es curioso... Mientras todo está hecho sin cuidado... El pulmón parece haber sido extirpado con cautela, como si supiera lo que hací­a. Como... Como un trofeo...

La cara de Flynn era un surco de horror ante tal afirmación. ¿Cómo podrí­a haber alguien tan sádico?
Flynn se quitó el sudor frí­o de la frente y se llevó al mano al bolsillo, buscando otro cigarro.

-Bueno, creo que va siendo hora de que me vaya a hacer mi trabajo, me has ayudado mucho.
-Para eso estamos, jefe. Si descubro alguna cosa, te lo haré saber.

Las últimas palabras se quedaron excluidas por el golpe de la puerta.

Flynn avanzó por las callejuelas de Dhurmen, intentando discernir dónde podrí­a haber un hombre de esas dimensiones en aquella ciudad. Era como buscar una aguja en un pajar, pero sabí­a que pajares visitar.
Acudió a la zona baja, allí­ se moví­a todo tipo de información y, seguramente, algún chivato le dirí­a lo que necesitaba por un par de monedas.
Su primera parada fue "El troll aguado". El ambiente estaba cargado para ser altas horas de la noche. Un trovador animaba la velada y un par de mujeres alcoholizadas danzaban torpemente ante la mirada de sus chulos.
Flynn deslizó su codo por la barra y pidió una cerveza mientras ayudaba a cargar el humo del lugar. Fue mirando a los que se hallaban allí­ reunidos pero no parecí­a haber nadie que le interesara.

-Ey, ¿sabes dónde puede parar Greg?-preguntó Flynn al camarero.
-Estuvo aquí­ esta noche, pero decí­a no sé qué de otro lugar. Imagino que ha encontrado otro tugurio donde caerse muerto.
-Bueno... Por cierto, ¿últimamente ha pasado por aquí­ un tipo grande? Como dos metros de grande y más de cien kilos.
-No me suena y me acordarí­a. Una mole así­ no debe ser fácil de olvidar.
-Desde luego que no...

Se terminó la cerveza y se largó de allí­ en dirección al siguiente lugar.
"Si en El troll aguado no habí­a nadie creo que será mejor ir directo a la fuente de la información y los rumores; Los telares" se dijo Flynn.
Consumió la distancia en menos de diez minutos, pero le costó tres más entrar allí­. El lugar no le gustaba, la gente no le gustaba, el olor no le gustaba. Que supiera alguien que habí­a estado allí­ le atemorizaba.
Abrió la puerta con firmeza cuando un hedor a vicio le golpeó la cara. La temperatura de allí­ dentro debí­a de ser como la del infierno o un poco más, el chaleco se le pegó a la piel y notaba como el ala de su sombrero vencí­a. Sus oí­dos fueron invadidos de gemidos de mujer e insultos de hombre; lo común en el lugar. Avanzó a tientas hasta la barra, apartando borrachos y mujeres lastimeras.
El sitio era sórdido. Todo lo sórdido que pueda ser un burdel.

-No tengo mucho tiempo y no me apetece perder la paciencia tan rápido-dijo mientras agarraba al camarero de la pechera-. ¿Has visto a una mole de dos metros y más de cien kilos?
-¿Eh? Uh. No sé-respondió el camarero, asustado y titubeando.
-No te va a pasar nada, de verdad. Dí­melo.
-Sí­. Estuvo aquí­.

"Bien" pensó Flynn mientras ocultaba su cara de satisfacción.

-¿Cuándo?
-Anoche. Aunque hoy creo que también pasó. Deberí­as hablar con las chi...
-¡NO! Dime. Hoy, ¿sí­ o no?
-Pero no lo...
-¡ME DA IGUAL! En 30 minutos volveré y espero saber algo.

Flynn soltó al camarero y marchó hacia la puerta.

-¡SEÑOR! ¡Sí! ¡HOY ESTUVO AQUí!

"Perfecto. Ya puedo cogerte" pensó y cerró la puerta tras de sí­.
Las gotas de lluvia empezaba a calarse por el sombrero de copa de Flynn pero eso no le impedí­a funcionar a su cabeza.
Sabí­a adonde tení­a que ir. Sabí­a qué tení­a que hacer. Si todo salí­a según lo esperado, esa noche, podrí­a dormir tranquilo y habiendo resuelto el caso más crudo en lo que llevaba allí­.
Sus pies se encaminaron al principio de su plan; la posada de "El corderito feliz".
Abrió la puerta sin miramientos, sin tener en cuenta que quedaban escasas horas para la alborea. Se fijó en los parroquianos que allí­ habí­an y en Frank. Todos tení­an la mirada fija en él.

-No tengo mucho tiempo y necesito de vuestra ayuda.
-Creo que no es el sitio ni el momento, Flynn...
-No me toques las narices, Frank. Vengo de Los Telares y suficiente he tenido allí­. Sé que sois los oí­dos de esta ciudad así­ que, rápido. Necesito que me encontréis a una persona.
-Buff-suspiró el tabernero-... A ver, ¿quién es esa persona?
-No lo sé. Sé que es enorme. Dos metros de persona y más de cien kilos. Seguro que lo habéis visto en una de vuestras "rondas".
-Flynn, ¿qué te tengo dicho de insinuar cosas de mis parroquianos?
-Frank, te he dicho que no me toques las narices. Además, si campáis a vuestras anchas por MI ciudad es porque YO lo permito. Ahora, necesito vuestra ayuda.
-Yo lo vi-dijo uno de los parroquianos.

Flynn se giró hacia él y le tendió una bolsa.

-Llévame a él y esto será tuyo.
-¿Pero se puede saber qué ha hecho ese tipo? -preguntó Frank.
-Venir a joder a MI ciudad-concluyó Flynn mientras enganchaba al parroquiano y salí­a por la puerta de la posada.


-Lo vi cerca de la plaza del mercado de abastos.
-¿Cuándo?
-Antes de la tercera campanada.
-Entonces no debe de andar muy lejos...

Las dos sombras se moví­a por los callejones más bajos de Dhurmen intentando hallar a la mole. Aquello estaba saliendo bastante bien, creí­a Flynn. Pero, ¿qué harí­a cuando se encontrara con ella? ¿Cómo parar a un monstruo de esas dimensiones? Además, seguro que aún iba armado. Habí­a sido mala idea salir solo pero no habí­a momento de mirar atrás, cualquier segundo era vital y no habí­a tiempo que perder, no sabí­a lo que le quedaba a aquel en la ciudad.
Tras llegar al mercado, comenzaron a andar en cí­rculos, intentando interpretar los posibles pasos que podrí­a haber dado. ¿Una posada? No, demasiado obvio. ¿Alguna taberna? Quizás... Pero por allí­ no habí­a ninguna. Pero quizá...
Un golpe secó en la cabeza de Flynn hizo que este perdiera la visión y el equilibrio. Le siguió un segundo golpe; su cabeza contra el pavimento.
La boca le sabí­a a sangre, los oí­dos le pitaban y, a penas, podí­a diferenciar lo que habí­a a escasos centí­metros.

-Parece que picó el anzuelo...-dijo una voz que parecí­a proveniente del mismí­simo infierno.
-Ya te dije que serí­a fácil incitarlo. Lo conozco lo suficiente-dijo otra voz, familiar. Muy familiar.
-Bueno, ¿y ahora qué hacemos? No podemos dejarle aquí­-contestó el parroquiano.
-¿Que no? Aquí­ nadie le echará en falta. Esto no es la zona alta. Aquí­ todos tenéis el mismo valor. Ninguno-volvió a decir la segunda voz. Cada vez le sonaba mal.
-Parece que se mueve.
-Pues golpéale, inútil.

Otro golpe. Esta vez, en el pecho. Flynn a penas podí­a respirar. Sentí­a cómo se le iba el aliento, como si cada respiración fuera la última que exhalaba.

-Ay, pobre sr. Flynn... No esperabas terminar tus dí­as así­, ¿eh? Siendo un ser anónimo, muerto, en cualquier esquina del peor barrio de Dhurmen, como un vagabundo... Pero bueno, seguro que tu riñón hace juego con el pulmón de aquella niña.
-Maldito hijo de puta...-intentó gritar Flynn, pero sólo le salió un suspiro y una bocanada de sangre.
-Ahorra el aire. O malgástalo. No pasarás de esta noche. Tzeic, puede acabar con él cuando quieras, parece que no nos vamos a divertir más. El viejo Flynn se quiere morir.
-Como quiera, señor.

Flynn vislumbró, atemorizado, la visión de su propia muerte. Vio una silueta que concordaba con aquella voz tan familiar. Consiguió distinguir aquellas gafas tan caracterí­sticas. Aquel olor a muerto. Aquel olor que ahora serí­a el suyo. Aquel olor que, ahora, era el suyo.
Una sombra enorme se posó sobre él y, tal como llegó, se fue. Dejó de sentir. Dejó de vivir.

La noche estaba yéndose y, con ella, tres sombras, a cada cual más menuda.
La primera sombra correspondí­a a un monstruo.
La segundo sombra correspondí­a a su cerebro.
La tercera sombra correspondí­a a la traición.


La espada del caos.

Esta no es una historia como todas las demás.
Aquí­ no se hablará de grandes héroes, ni de hechiceros que sembraron el caos en el mundo ni de princesas que ansiaban ser recogidas. No.
Esta es la historia de algo mucho más pequeño, más í­nfimo y, la verdad, más prescindible.
Es la historia de una espada.
Pero no una espada cualquiera, era una espada marcada por la desgracia.

El herrero que la fabricó murió probando su filo con una vieja caja de madera.
La espada, sin dueño, fue recogida por un niño que pasaba por allí­.
Llegó con ella a su casa. O lo intentó, pues su hogar estaba en llamas cuando llegó.
El niño y la espada vagaron por el mundo. í‰l querí­a crecer. Ella ser feliz.
Una noche de tormenta, el niño, se guareció bajo un árbol con la mala suerte de que el rayo le alcanzó, fulminándolo en el acto.

Tuvieron que pasar varios años hasta que, la espada, volvió a tener amo.
Era un caballero. Pero uno de los de las grandes gestas. Era apuesto y tení­a un yelmo reluciente.
Sus manos, que aún con guanteletes, parecí­an de terciopelo cogieron la espada con sumo cuidado.
Ella se sentí­a protegida y él creí­a tener una gran arma. El filo aún seguí­a intacto y el acabado era de un preciosismo que no conocí­a nombre. Parecí­an hechos para estar juntos.

El caballero llegó a palacio y le enseñó el arma a su princesa la cual, sin tener muchas miras del mundo militar, supo apreciar la calidad de la misma.
Pero, como todo lo que rodeaba a la espada, sólo fue cuestión de tiempo que todo se torciera.
El caballero fue llamado a una guerra lejos, muy lejos, del palacete donde se guarecí­a y, como buen caballero, partió a la misma.
La batalla fue puro formalismo, todos fenecí­an en su momento; ni un minuto más, ni un minuto menos.
El caballero concluyó su batalla y partió, de nuevo, con su amada. Pero, como digo, el deje del destino o del mal destino, estaba siempre a la vuelta de la esquina con esta pequeña.

Por ello, en un paseo matutino del caballero, lo normal hasta el lago que tení­a más próximo, sufrió un ataque de bandidos por la espalda, como no podí­a ser de otro modo.
El caballero se defendió a capa y espada, nunca mejor dicho. Pero fue insuficiente.

Aquí­, la historia, se pierde... Hay lugares que se cuentan que, el caballero, murió aferrado a su espada y, su cadáver, hoy vive en el fondo de algún lago. También se dice que el caballero fue saqueado y la espada consigo pero, claro... Nadie va diciendo por ahí­ que un valeroso caballero fue asesinado por unos salteadores...

Quizás nunca sepamos qué pasó con la espada del destino aciago o, quizás, esa espada descansa hoy sobre algún soporte aguardando, inmóvil, el próximo giro del destino que la lleve al fracaso.


El Ladrón de Ideas.

En Dhurmen hay multitud de gente a cada cual más variopinta pero, como en todas partes, también hay gente especial.
Esta es la historia de una de esas.
No era la chica más guapa, ni llamativa, pero tení­a su atractivo. Era alta, con una melena en tonos cobrizos y unos ojos llameantes. Su mirada podí­a desarmar al más valiente de los guerreros y, su nombre, era como un susurro entre los árboles.
Le gustaba mezclarse entre el gentí­o y sentarse a escribir sobre lo que veí­a.
Sí­, puede que, hasta aquí­, nada fuera de lo común pero, esta chica, tení­a un poder que escapaba a la lógica y a la magia; podí­a introducirse en las cabezas de la gente, vivir sus vidas, conocer sus secretos y derribar sus muros intrapersonales.
Le gustaba su habilidad.
Gracias a ella habí­a conseguido sobrevivir en las duras calles de Bajo Dhurmen.
Por eso le gustaba estar rodeada de gente, sentí­a que era invisible, que escapaba del bullicio y que, de un modo u otro, formaban parte de un organismo más grande, más vivo.
Podí­a introducirse en la cabeza del mercader, ver a su familia, impregnar su alma de los sentimientos que destilaba él por ellos, por su mujer y sus hijos. Podí­a ver que era una persona "pura" que habí­a conseguido esquivar y evitar los placeres de la carne a los que habí­a sido tentado en más de una vez.
Después volaba hasta la cabeza de uno de los compradores. Su vida era más turbia. En el pasado habí­a servido a algún tipo de milicia. Sus ojos se llenaron de las vidas que sesgó a golpe de espada pero notó que, a dí­a de hoy, aquello sólo era un demonio pasado.
Siguió pasando de uno a otro pero, como en todas las historias, tiene que haber algo que cambie el curso del devenir de las cosas sino no serí­a una historia. Serí­a algo... Anecdótico.
Tras varias horas, ella, se encontró con una especie de muro. Chocó de frente, de cabeza y de todas las formas posibles.
Le daba rabia. Mucha rabia. Nunca se habí­a encontrado con alguien así­, alguien que pudiera repeler su poder. Y, eso, le daba más curiosidad por conocer a aquella persona.
A penas la habí­a visto, habí­a sido una sombra, como el resto del tumulto que, a esas horas, allí­ se agolpaba.
Ella se levantó y, lentamente, se encaminó hacia la figura que, a duras penas, discerní­a. No sabí­a quién era, ni cómo era ni nada. Sólo sabí­a que no podí­a entrar en ella.
Pasaron como diez minutos de travesí­a. Ella seguí­a detrás de la figura la cual, poco a poco, ya podí­a intuir. Era alta, como de metro ochenta, no parecí­a muy grande y vestí­a telas de colores oscuros. Ocultaba su faz en una capucha y parecí­a ir esquivando a la gente, como si evitara tocarla.
Viró de forma vacilante y se coló por un callejón a lo que ella le siguió topándose, de frente, con la persona.

-¿Quién eres y por qué me estás siguiendo?
-¿Qué eres?-preguntó ella. La carcajada de la figura sonó a varios kilómetros.
-¿Cómo que qué soy? Pues una persona, niña-su voz era tranquilizadora pese a tener un deje duro.
-Pero... No eres normal, no eres como los demás.
-Créeme, no soy el único. Hay más como yo. Cientos me aventurarí­a a decir. Pero si lo que quieres es un nombre... No sé, me conocen como El Ladrón de ideas.
-Un tí­tulo demasiado ostentoso...
-Al menos tengo un nombre, ¿qué tienes tú?
-Yo me llamo Shivila.

Seguí­a sin poder ver la cara de su acompañante, pero podí­a intuir una ligera barba canosa y una agradable sonrisa.

-Pero sigues sin responder a mi pregunta, ¿por qué me sigues?
-Necesitaba conocerte.
-¿Y eso? Será que no hay más gente.
-Pero tú eres distinto.
-Para nada, niña. Sólo soy un ladrón.
-¿Y por qué no puedo acceder a ti? ¿Por qué parece que, a tu alrededor, haya un muro?
-Por eso mismo, soy un ladrón. No tengo una vida propia y, como tú sigas así­, terminarás igual; sin saber quién eres, comerciando con las mentes de los demás.

Aquello pilló a Shivila desprevenida. Era la primera vez que se enfrentaba a un "igual", a alguien que entendí­a su don.

-Enséñame-le suplicó la niña.
-¿Que te enseñe? ¿A qué?
-A crear ese muro. A ser invisible.
-Eso no se aprende, pequeña. Es algo innato. ¿Quién te dice que no tienes ya tu muro?

Shivila se quedó pensativa, asimilando la respuesta de Ladrón.

-Pues enséñame a hacer lo que sea que hagas.
-No hay nada que enseñar. Sólo me dedico a hacer lo mismo que tú, pero a cambio de dinero. Hay gente que quiere conocer demasiado de los demás y, ahí­, entro yo. Me cuelo en esas cabezas, extraigo lo que me piden y me pagan por ello. No hay nada que enseñar.

Shivila nunca se habí­a planteado hacer negocio de su habilidad pero era un buen modo de subsistir, era una forma única de ganarse la vida y, en cierto modo, podrí­a conocer a su competencia intentando entrar en esas cabezas. Dudaba que hubiera alguien tan metódico como ella, dudaba de que hubiera alguien más que se dedicase, sólo, a penetrar en las vidas ajenas únicamente por gusto.
Ladrón la cogió por los hombros.

-Shivila. Huye. Ahora que estás despierta, huye.
-¿Cómo que huya?
-Aprende tanto como puedas de las personas que te rodean, viaja; no te quedes quieta. Y, sobre todo, recuerda: No dejes que Brim te vea.

Un ruido a las espaldas de Shivila hizo que se despistara un momento y al volver, su acompañante, ya no estaba.

"No dejes que Brim te vea... ¿Quién es Brim?"



Eriel y Desnea

En Dhurmen habí­a un sitio donde se juntaban los héroes para salir en busca aventuras. Pero de eso hace ya muchos años, hoy sólo quedan los recuerdos de la gente y algunas palabras de fanfarrones que buscan ganarse unas monedas.
Así­ que, seguramente, la siguiente historia tenga más de ficción que de realidad pero, igualmente, es una de mis leyendas favoritas.

Dicen que se reunieron en esta misma taberna, La cerveza humeante, y que, en cierto modo, fue pura casualidad. Cada uno estaba de paso pues tení­an sus propios ideales y sus metas pero el azar quiso que, aquella noche, compartieran un momento.
La noche era clara, sin nubes y sin estrellas, con un leve aroma a verano y a vainilla. La taberna, como siempre, estaba concurrida, llena de humo, cerveza y las voces de la gente.
Por un lado estaba Desnea, una valerosa cazadora que habí­a venido desde El Otro Mar y se decí­a que habí­a traí­do consigo varias reliquias. Incluso con aquella leve luz se dejaba ver su tez bronceada y tersa. La melena rubia le caí­a por los hombros y las palabras se le escapaban de los labios y se colaban por los oí­dos de sus acompañantes.
En la otra punta de la taberna, sumido casi en la penumbra y encapuchado estaba Eriel, bebiendo una jarra de aguardiente y atusándose la barba.
Indistintamente y ajeno al jolgorio que allí­ habí­a, se abrió la puerta, como costumbre, y dejó paso a una figura que andaba a duras penas. En su trayecto hasta la barra derribó varias mesas y chocó con algunos de los que estaban allí­.

-El fin se acerca.
-¿Cómo?-le preguntó el tabernero.
-El fin...-siguió diciendo la figura mientras se llevaba una mano al estómago, completamente lleno de sangre.

La taberna comenzó a enmudecer al ver la cara del tabernero y sus rápidos movimientos en pos de solventar el problema de su inesperado visitante.
Desnea cortó la conversación y acudió hasta la barra y, Eriel, se dirigió al lugar lentamente pues su jarra se habí­a vaciado por completo.

-¿Va todo bien?-preguntó Desnea.
-Otra jarra, tabernero-dijo Eriel sin reparar en el hombre que yací­a en la barra.
-Maldito cru... ¿Tan borracho vas que no has visto que esto es más grave?
-Bah. Nada que un trago y una buena mujer no pueda arreglar.
-¿Así­ lo arregláis todo en vuestro pueblo...? No me extraña que nadie quiera compartir mesa contigo.

El hombre cogió las manos de Eriel y de Desnea, en un último aliento.

-El fin está próximo-repitió mientras le brotaba sangre de la boca-. Oscuros tiempos se ciernen para muchos. Huid. Huid y buscad al ser alado.
-Parece que el amigo no necesitará ese trago, que alguien le traiga una mujer-bramó Eriel mientras se carcajeaba.

El hombre miró directamente a los ojos de Eriel y éste sintió tal escalofrí­o y temor que tuvo que desviar la mirada. Fuera lo que fuera que creyera aquel pobre hombre tení­a una razón y un fe casi enfermiza.

-Buscad al tercero. Buscad al ser alado. Pues el fin se acerca.

El hombre besó las manos de Eriel y de Desnea y, tras ello, se convirtió en un haz de luz que cegó a los presentes durante unos pocos segundos. Al volver a estabilizar su visión, allí­ no habí­a hombre, ni sangre ni resto alguno. Sólo unas marcas entre el pulgar y el í­ndice de Eriel y Desnea. Justo allí­ donde el hombre les habí­a besado.

A la mañana siguiente aún estaban conmocionados por lo acaecido en el lugar. Eriel y Desnea se miraban las manos, contemplando ese sí­mbolo que habí­a aparecido en sus manos y debatieron sobre qué harí­an con una jarra de vino.

-¿Y quién será ese tercero?-preguntó Desnea.
-A mí­ no me mires, viajo solo. Siempre-contestó Eriel remarcando la palabra final.
-Pues tendrás que cambiar tus hábitos, cru.
-Deja de llamarme así­.
-¿Acaso no eres un cru?
-Sí­, pero tengo un nombre, joder.
-Está bien.. Pero el caso, ¿qué haremos? ¿Y qué será el ser alado que decí­a?
-Algún tipo de pájaro, seguramente.
-No seas estúpido. Tiene que ser otra cosa, sino hubiera dicho "pájaro" no "ser alado".
-Mira, si quieres buscar "al tercero" y a ese "ser alado que no es un pájaro" ve tú sola. Yo paso de meterme en empresas imposibles y sin menos sin ver un mí­sero onir...
-Cómo no... Pensamientos propios de un cru...

Eriel mostró cara de enfado y se bebió la jarra de trago.

-Mira, damisela de tres al cuarto, si quieres vagar sin rumbo, buscar a alguien del que no sabemos nada y, además, jugarte el pellejo por un bicho que no sabes que existe es COSA TUYA. Yo seguiré con mi vida y mis acciones.

Eriel hizo un amago de levantarse de la silla, vacilando un instante.

-Pues bien-sentenció Desnea chasqueando la lengua y apartando la mirada de su acompañante-. Seguramente ni te necesite. Ya puedes partir lejos y, tranquilo, que esto lo pago yo.
-Pues de acuerdo. Que te sea leve.

Eriel se colocó la capucha y salió de la taberna.
Durante las siguientes semanas, Desnea, se pasaba la mayor parte del tiempo vagando por Dhurmen, preguntando por las tabernas y las posadas sobre el hombre y sobre si habí­a tenido alguna conversación con algún viajero. Al mismo tiempo, pasaba el tiempo que podí­a vagando por la biblioteca, indagando y recopilando todo cuanto podí­a sobre seres alados; desde animales a criaturas fantásticas que habí­an sido mencionadas por algún loco o algún borracho.
Eriel, por su contra, siguió ganándose su sueldo como buenamente podí­a y como su rango de cru le permití­a. Una noche aquí­, vigilando una caravana, y otra noche allí­, haciendo de guardaespaldas para algún ricachón.
Con el paso de las semanas cambió la estación y, así­ mismo, el lugar donde estaban ambos pues, sus investigaciones y sus misiones, les obligaban a ello.
Pasó casi media estación cuando, de casualidad, se volvieron a topar por un mercado de Ghüldan, una pequeña ciudad a orillas del mar Vencero. Ninguno de los dos se dirigió la palabra pero, Eriel, le dedicó una mirada burlona.
El azar quiso que ambos hicieran noche en la misma posada.
Como la primera noche, cada uno estaba en una punta de la misma. Uno frente al fuego, ensimismado en sus pensamientos y la otra en una mesa, cubierta de libros y hojas con apuntes.
El ambiente del lugar era lo más distendido posible. Varios grupos de personas conversando alegremente, un joven haciendo las veces de trovador y una camarera que atraí­a las miradas del lugar.
Súbitamente, las luces de allí­ se apagaron. Hasta la fogata que tení­a en frente Eriel haciendo que la gran mayorí­a de los presentes se alteraran e incluso, algunos, se llevaran la mano al cinto buscando la empuñadura de una espada o una daga.
Una luz candente, como de fuego lí­quido, atravesó una de las ventanas e impactó directamente en la barra, produciendo que la gente gritase enloquecida. Eriel se mantení­a firme, sentado en la silla y con la espada a medio desenvainar. Desnea se levantó de un brinco y se fue a la ventana de donde habí­a venido la bola candente al tiempo que aseguraba el flanco con su arco.
Lentamente, con templanza, Eriel se levantó y se acercó a Desnea.

-¿Ves algo?
-No. Está demasiado oscuro.
-Será algún salteador...
-¿¡Y lo de las luces!? No tiene sentido.
-No me vengas con las habladurí­as de aquel loco.
-¿¡LOCO!? Se desvaneció frent...

Las palabras de Desnea fueron interrumpidas por una segunda bola de fuego.

-Joder. ¿De dónde ha venido eso?-clamó Eriel desenvainando por completo la espada.
-Del mismo sitio desde luego que no.
-Lo más sensato serí­a salir.
-Serí­a sensato si quieres morir.
-Quédate aquí­ si quieres, yo voy fuera.

Eriel se desplazó en cuclillas hasta la barra, buscando a la camarera; buscando la puerta trasera. La abrió lentamente y se apoyó en el arco.

-Desnea.
-Dime.
-¿Crees que podrás cubrirme desde esa posición?
-¿Ahora me pides ayuda?
-Sólo por hoy.
-Veré qué puedo hacer. La oscuridad supondrá un problema.
-Pues inténtalo.

Eriel miró a su alrededor, parecí­a tranquilo. Quizás demasiado. Tanteó el terreno buscando algo para lanzar a los setos que tení­a en frente. Salió, lentamente, y se apoyó contra el muro de la posada.
Lentamente y asegurando cada pisada se puso delante de donde procedí­an los bolazos. Era una sombra en aquel momento y lo sabí­a. Ahora esperaba que aquello le diera ventaja.
Desnea seguí­a en la ventana, en alerta. Consiguieron entablar contacto visual y, mediante pequeños gestos, se podí­an comunicar.
Eriel tení­a aferrada la espada con fuerza, le temblaba la mano. Le dolí­a la marca.
Un nuevo bolazo, directo a la posada y ambos habí­an visto de donde procedí­a.
Eriel se adentró en la maleza como un chacal, espada en ristre y los ojos abiertos como platos.
Siguió avanzando, poco a poco, evitando hacer ruido y sabiendo que Desnea le cubrí­a las espaldas. Pero Desnea no cubrirí­a lo que sus ojos iban a ver.
Frente a el, una figura enorme, imponente, se erguí­a. Era más oscura que la noche pero sus ojos... Sus ojos eran el mismí­simo infierno. Abrió las fauces, mostrando una hilera de colmillos afilados como la espada que portaba y, de ella, emanaba el calor propio de una fragua. Aquello no era de ese mundo.
Notó cómo la boca cargaba una nueva bola de fuego. Pero no apuntaban a la posada, le apuntaba a él. Eriel comenzó a temblar, se arrodilló ante su final pues dudaba mucho que escapase de aquello. Ya notaba el intenso calor cerca de su cara, casi podí­a decir que sentí­a cómo se deshací­a, se le derretí­a la piel.
Una inmensa fuerza lo lanzó varios metros, esquivando aquella bola infernal y un rayo impactó contra la bestia que pegó un grito de dolor. La criatura miró a todas partes y extendió de su espalda una enorme cama que se convirtieron en las alas propias de un portador de muerte e inexplicablemente emprendió un vuelo grácil, como el de una paloma.
Una mano fue tendida a Eriel, que le ayudó a recobrar la compostura.

-Parece que me buscabais.

La mano tení­a una marca que, a la luz de la luna, se veí­a dorada. Como la de Desnea. Como la de Eriel.

-¿Quién demonios...?-preguntó Eriel sin poder apartar la vista de la mano de aquel desconocido.
-Me conocen como Fergüil. Pero tú puedes llamarme "el que me ha salvado la vida"-respondió con una amplia sonrisa.
-¿Se ha ido?
-Eso parece.
-¿Qué demonios era esa cosa?
-No lo sé pero... Era grande, tení­a alas y escupí­a fuego. Puede que fuera un gato.
-No seas idiota.
-Es que si te digo lo que creo que era me tomes por loco.
-Sorpréndeme...

Fergüil se acercó al oí­do de Eriel. Olí­a a talco y el susurro de su voz cosquilleó por la parte interna del oí­do de Eriel.

-Un dragón.

Eriel se quedó blanco, petrificado. Dejó escapar un leve grito ahogado mientras fijaba su vista en los ojos de Fergüil. En ese momento reparó en la figura de su salvador. No tení­a pinta de ser muy fuerte, es más, daba la sensación de enfermizo. Estaba esmirriado, como si a penas comiera, y era bastante enjuto. Pero eso no fue lo que le llamó la atención. Lo llamativo estaba en su rostro. Pero no era su cara angulosa, ni su barbilla con hoyuelo. Tampoco eran esas orejas con aretes ni la incipiente barba que parecí­a emerger. No. Eran sus ojos. No eran excesivamente grandes o pequeños. Eran bicolor; uno azul y el otro verde.
Eriel se quedó un rato mirando esos ojos. Creyó perderse.

-¡ERIEL! ¿Estás bien?-la voz de Desnea le sacó de aquel ostracismo.
-Desnea, ven. Creo que tengo algo que te va a hacer gracia.

Desnea emergió de entre la hojarasca y reparó en el nuevo acompañante de Eriel. En aquella penumbra sólo pudo divisar sus ropas, bastante pobres en calidad y en color, y en la triste figura que tení­a aquella figura.

-¿Quién...? ¿¡PERO QUí‰!?-Desnea se fijó en el brillo que emergí­a de la mano de Fergüil. Ese brillo, esa marca. Era la misma que ella portaba.- Tú... Tú... Tú eres el tercero.
-Nunca me habí­an llamado así­, pero vale. Soy Fergüil.
-Y lo que lanzaba bolas era tu "ser alado"-concluyó Eriel, de modo mordaz. Volví­ a ser el de siempre.
-Entonces... Ahora tendremos que ir a por el bicho aquel.
-¿De verdad? ¿Has visto las llamaradas que lanzaba? Mucho oro debe de haber para que pierda el culo por semejante animal. Además... Tampoco ha hecho mucho daño, ¿no? -dijo Eriel mientras contemplaba la taberna y los restos del fuego que quedaban.
-Espera... ¿Decí­s que estáis intentando cazar al bicho este?
-Eso de que estamos... La verdad, te estábamos buscando-confesó Desnea.
-¿A mí­?
-Nos lo dijo un viejo borracho. Y luego desapareció-contestó Eriel.
-¿Desapareció?
-Sí­, se convirtió en un haz de luz-dijo Eriel, nuevamente, con cierto aire irónico.
-Y, entonces, ¿qué haréis?
-Ir a por el animal-dijo Desnea.
-Salvar mi culo-replicó Eriel.

Desnea miró desafiante a Eriel.

-Ahora que estamos los tres, lo lógico, serí­a cumplir lo que auguró el hombre. Todo se está cumpliendo: El ser alado, los tres... ¿Y si de verdad el fin se acerca?
-Pues si ese fin se acerca espero que me alcance borracho y rodeado de mujeres.
-Cerdo...
-Pues lo de Eriel no me parece tan malo-añadió Fergüil con una risa jovial-... Además, ¿sin un plan? Serí­a un suicidio. Eso por no decir que no sabemos nada del animal este. Bueno, sí­, que tira bolas de fuego y que dudo mucho se pueda matar con facilidad. Que esa es otra, ¿para qué tenéis que atrapar al dragón?
-¿Dragón?
-Sí­, el niño quiere llamarlo así­...
-Se ajusta a los cánones tí­picos de los dragones. Es fiero, escupe fuego y tiene alas...
-Mirad, lo mejor será que descansemos esta noche y, mañana, lo hablemos todo con más calma-sugirió Desnea.
-Bueno... Pero yo ya advierto que sin una buena bolsa de dinero cerca no voy a cazar un animal que puede dejarme seco en un abrir y cerrar de ojos.
-Maldito cru...-concluyó Desnea con una leve sonrisa.

Los tres se alejaron en dirección a la posada. No sabí­an que eso sólo era el principio de un gran viaje. Un viaje que les llevarí­a años por concluir. Años en los que se verí­an envueltos en miles de idas y venidas. Años en las que se forjarí­a una gran amistad.
Años en los que, llegados a cierto punto, se traicionarí­an.

Eggest

Junio 07, 2014, 02:56:01 #1 Ultima modificación: Junio 07, 2014, 03:05:00 por Eggest
Rednar, el cru.

Es sabido por todos que las historias que narran tienden a ser edulcoradas, adornadas con orfebres de postí­n. Todo mentiras.
Así­ pues, queridos oyentes, os advierto que lo siguiente que oirán no tiene nada de eso. Mis historia es real, como lo es que cada dí­a sale el sol por el este y cae por el oeste.
Y no os digo que es más cierta que otras por ser mí­a, que también. Lo es porque mi honor me impide mentir o poner florituras a la realidad.
Tomad asiente, bebed ese buen vino y dejaos llevar por mis palabras.
Soy Rednar. Rednar, el cru.

Tampoco quiero atosigaros con datos innecesarios como el cuándo nací­ o dónde nací­. Si bien mis padres no eran la panacea del mundo es bien cierto que me dieron una educación más que digna. Que instruyeron en unos hábitos y costumbres propias de la civilización pese a estar bastante lejos de ella como dice algún charlatán. Es por ello que, al contar con poco más de 12 años, se me rifasen para que trabajara con ellos. El estar empleado en algún sitio implicaba ganancias para el lugar. Quizás fuera por mi aire juvenil o por mi verborrea, pero es un hecho.

Con 15 años me despertaba al alba para echarle una mano a mi padre en el campo y, cuando éste estaba llegando a su zenit marchaba a hacer recados a varias tiendas del pueblo. Era mi forma de contribuir a la escasa economí­a de mi familia.
En uno de esos dí­as, ocurrió algo que cambió para siempre mi vida. Y no, mis padres no murieron ni vino un erudito del quinto confí­n del mundo a decirme que era el vástago perdido de algún noble ni me raptó una secta para entrenarme en su arte de lucha secreto. íšnicamente decidí­ que, si querí­a hacer prosperar a mi familia debí­a hacer algo más grande. Yo era una carga para mi familia y lo sabí­a, era una boca más que alimentar, que vestir, que todo y, en la plaza del pueblo, ese dí­a, estaban buscando gente para una afrenta. "Se necesitan soldados" citaba el cartel. Si te inscribí­as pagaban como 50 rems de plata. Con ello podrí­a vivir mi familia un año entero y, por otra parte, yo estarí­a bajo la tutela de la Infanterí­a de Dentor. En el peor de los casos morirí­a y, en el mejor, serí­a alguien que saldrí­a en los libros de gestas. Tampoco tení­a mucho que perder, morir es ley de vida.
Sin vacilar un instante acudí­ al lugar y registré mi nombre, al dí­a siguiente partí­a.
Esa noche mis padres lloraron como nunca les habí­a visto pero, en el fondo, sabí­a que hací­a lo correcto.
Al dí­a siguiente partí­ a Dhurmen, allí­ me instruirí­an en el arte de la guerra durante dos estaciones y, a la tercera, fui al frente.

Aquí­ es donde empecé a conocerme y fue entonces cuando decidí­ mi futuro.

No voy a mentiros. No fui un valeroso guerrero. Tení­a 15 años y un arma en mis manos, poco podí­a hacer salvo correr de un sitio a otro y esconderme. Es más, si hubiera sido un héroe de guerra serí­a recordado por ello y, en esa guerra, fui incapaz hasta matar por alimentarme.
Huí­.
Huí­ lejos, lejos de tanta muerte, de tanto sufrimiento y tanto caos.
En mi haber habí­a poco más que una espada mellada, pan y queso reseco. La comida me duró unos pocos dí­as, dí­as en los que estuve vagando sin rumbo hasta que caí­ desplomado.
No sé el tiempo que pasó pero, de seguro, tení­a buitres rondando mi cabeza queriéndome sacar los ojos. Pero, por una vez, el destino fue bueno conmigo y puso en mi boca un trapo con agua. Recuerdo ese momento, donde me veí­a yendo directo hacia el túnel de la muerte y la parca yací­a al final, con su guadaña y su cadavérica tez.
Mi primera reacción, pese a no tener casi fuerzas, fue el desenvainar la espada.

-Tranquilo, chico. Guarda esas fuerzas, las necesitarás si deseas vivir-me dijo la muerte.

Yo le hice caso, sin saber bien por qué, y la abracé como el que ve a un amigo de la infancia.
Lo siguiente está bastante confuso. Nuevamente, no sé el tiempo que pasó. No sé si fueron dí­as, semanas o unos meros minutos. Sólo sé que fue eterno.

Al despertar, lo que me rodeaba, era lo más parecido a un hogar. Estaba en una buena cama, arropado hasta la garganta y con mis ropas limpias y perfectamente doblabas en una silla cerca a mí­.
Cerca de la puerta se hallaba una figura, nuevamente, la muerte.

-Por fin despertaste-me dijo.
-¿Dónde estoy? ¿He muerto?-mi voz sonaba tosca y ruda a la par que seca y lenta.
-Para nada-me contestó mientras esgrimí­a una risa altanera.
-¿Entonces?
-Sólo me encargué de recogerte, chiquillo.
-¿A qué debo esta caridad?
-¿Caridad? Sólo he sido coherente. Cualquiera en mi situación hubiera hecho lo mismo, ¿quién deja a un niño solo en mitad de la nada y medio moribundo?

Sus palabras sonaron sinceras. Parecí­a que no estaba muerto. Así­ fue como conocí­ a Dren; mi maestro.
Los siguientes dí­as fueron bastante tranquilos. Yo me iba recuperando y Dren se encargaba de contarme cosas de su vida por las mañanas y vigilarme por las noches. Era lo más parecido que tení­a a un padre a tantos kilómetros de distancia.
Me hallaba como a una semana de viaje de Dentor y, eso, teniendo suerte.

A las pocas semanas ya me sentí­a con fuerza y fue lo que me impulsó, una mañana, a hacer un paseo por el lugar. Estaba en mitad de una especie de desierto. El lugar era árido y dudo mucho que la agricultura fuera un método para vivir.

-Chico-me llamó.

Yo acudí­ a él. Su rostro era afable. Siempre portaba el mismo atuendo: una larga túnica negra, una capucha que cubrí­a la mayor parte de su rostro, un guantelete de terciopelo rojo y una pluma de ave colgando de éste. Aquel dí­a estaba afeitado, se le notaba en los cortes que tení­a en el cuello, y habí­a estado fumando.

-Buenos dí­as, señor.
-Parece que ya estás recuperado.
-Sí­. Hací­a tiempo que no me sentí­a tan vital.
-Rednar, ¿te puedo hacer una pregunta?-me dijo mientras hací­a un gesto para que me sentase a lado.
-Por supuesto, señor-le contesté mientras le acompañaba.
-¿Qué harás ahora?
-Pues... No lo sé, señor.
-¿Tienes algún sueño? ¿Alguna meta por cumplir?
-Señor, tengo 15 años. A penas he aprendido a vivir.
-Entonces, ¿me permites una sugerencia?
-Sí­, señor. Dí­game.
-Has demostrado una fiereza por la vida que poca gente puede. Aun estando moribundo fuiste capaz de desenvainar tu espada para proteger tu alma. Durante estas semanas has sido cauto, curioso y perspicaz. Así­ que... ¿Qué te parecerí­a ser un cru?

En ese momento, aquella pregunta, me pilló de sorpresa pues no tení­a ni idea de que Dren fuera un cru.
Habí­a oí­do multitud de historias sobre ellos. De cómo traicionaban a sus hermanos por unos sueño de oro, que saqueaban todo cuanto se encontraban y violaban a las mujeres y las niñas si lo veí­an oportuno. Mi cara debió ser todo un poema pues Dren me puso una mano en el hombre.

-Niño, olvida todo lo que conoces de nosotros. Olvida las historias de viejas y callejas pues no hay nada de cierto en ellas. Si me permites, si me das la oportunidad, te mostraré el mundo cru de verdad.

Sus palabras, como siempre, se clavaban en mí­ como un sable lleno de sinceridad y honestidad. Sólo pude creerle y, debo confesar, fue la elección más sabia que he hecho jamás.

Los siguientes meses fueron duros. Me despertaba al alba y pasaba horas escuchando nombres extraños y hazañas que habí­an hecho. Después, me instruí­a en el código cru. Una serie de normas donde encabeza el lema "El valor de un cru se mide por lo llena que es la bolsa que lo compra".
Si bien los cru eran una especie de sociedad o hermandad donde no existí­an rangos al uso, todos eramos iguales y el valor, o la importancia que uno querí­a darse, era algo sumamente personal. Uno pone el precio que cree valer. Pone precio a su destreza, a su pericia. Pero, a fin de cuentas y pese a lo que cobrara cada uno, entre nosotros, somos iguales. Somos hermanos.

Por las tardes, tras comer, Dren me enseñaba las artes de la guerra. Me entregó mi primera espada y me amoldó a ella. Consiguió que la sintiera como una extensión de mi mano, un órgano que nunca habí­a tenido pero que siempre habí­a estado allí­. Era la cosa más bella que yo jamás habí­a visto o tenido. Una hoja brillante como el sol reflejado en la mar y un mango que se así­a a la mano con la sencillez y la delicadeza de una pluma.

Debo reconocer que fue una etapa feliz de mi vida. Mucho, de hecho. Sentí­a que lo aprendí­a de Dren me servirí­a para el dí­a a dí­a. Para labrarme un porvenir. La verdad, cuan equivocado estaba...

Pasó un año y Dren llegó con un petate

-Chiquillo, es tu momento- me dijo con lágrimas en los ojos-. Es tu hora de volar.

Y me entregó el petate. Sobre él habí­a una pluma.

-¿Qué he hecho mal, maestro?-le pregunté.
-Nada, pequeño. Pero yo no tengo ya nada más que enseñarte. Conoces todo cuanto yo conozco y es momento de que partas. Es hora de que elijas qué guerras querrás librar y que portes el negro cru con orgullo-me contestó sacando del petate una capa larga con capucha. Negra como la noche. Negra como los cru.

Dren me estuvo explicando que yo serí­a su último pájaro y que yo, en cierto modo, habí­a sido como un regalo para él.
Me enfundé la capa y me puse la capucha para ocultar las lágrimas, agarré el petate y la pluma y le abracé. Le abracé como al padre que llevaba tiempo sin ver. Como al padre que no volverí­a a ver.

Los siguientes dí­as fueron largos. Tení­a unas pocas monedas para poder ir de aquí­ para allá y, Dren, me habí­a echado provisiones para una semana.
Para poder conservar el dinero dormí­a a la intemperie pero sabí­a que si seguí­a así­ no iba a durar mucho.
Mis pisadas me encauzaron a Dhurmen. Allí­ estaba casi todo el bullicio y sabí­a que, desde ahí­, podrí­a dirigir mis siguientes acciones.
La primera estación pasó rápida, hice unos trabajos rápidos, sencillo y que me dieron un buen fondo con el que vivir. Protegí­ un par de caravanas, hice de guardaespaldas de un famoso músico y escolté a una manada de borrachos hasta su casa. Pero sólo era paja.

Ya tení­a casi 17 años cuando me encontré a un hermano. O mejor dicho, él me encontró.
Recuerdo que estaba bebiendo una jarra de vino en un tugurio, "El troll aguado", cuando su manaza se posó en mi hombro.

-Destra sumen-me susurró.
-Ondori em-le contesté. No pude contener la sonrisa.

Era bastante alto y portaba el negro reglamentario así­ como la capucha.

-¡Hermano!-gritó mientras me abrazaba.
-Siéntate y comparte un trago conmigo-le dije, señalando la silla contigua.

Estuvimos hablando durante horas. Me habló de los sitios que habí­a visto, de que su precio se habí­a encarecido en varios cientos de monedas. Estuvimos hablando de tantas cosas que me serí­a imposible enumerarlas pero, de no ser por ese momento, no serí­a el mismo.

-¿Y ahora qué estás haciendo? ¿Tienes alguna empresa en el frente?
-De momento no. Hace poco me pagaron casi 100 sueños por servir durante cuatro dí­as a un caballero y es con lo que estoy aguantando-le comenté.
-Pues creo que hoy es tu dí­a de suerte, hermano-me dijo mientras poní­a una bolsa en la mesa-. ¿Qué me dirí­as a venir conmigo al norte?

Cogí­ la bolsa y la abrí­, dentro debí­an de haber como 10000 sueños.

-¿Esta bolsa es para mí­ o tendrí­amos que compartirla?

Mi hermano soltó una carcajada tan profunda que todos los que estábamos allí­ le pudimos ver la garganta.

-Veo que el viejo Dren te ha instruido bien... Sí­, esta serí­a sólo para ti. Además, seguramente haya más allá hacia donde me dirijo. Así­ que dime, ¿te apuntas?

Lo sopesé durante medio segundo.

-Serí­a un necio si dijera que no. ¿Cuándo partimos?

Tendrí­a que haberlo sopesado un poco más pues, a partir de aquí­, fue cuando comenzó todo. Las historias de mi nombre. Las leyendas de mi persona. El precio de mi cabeza.


El Reino de Rem.

Se dice que, antaño, antes de Dhurmen, existí­a un reino; el reino de Rem.
Allí­, moraba un rey que tení­a un castillo negro, fabricado en ónice...
Aunque sólo son leyendas.
El caso es, que cerca, habí­a una veta de un mineral increí­ble: fácil de moldear, difí­cil de destruir.
En su estado normal era un verde oscuro, no muy llamativo pero, al trabajarlo, se quedaba traslúcido y ligero.
Los herreros, a modo de broma, le hicieron a su rey una espada con dicho material y, con cierta sorna, se la entregaron como un presente.
El rey quedó maravillado con el color de la hoja y corrió a probarla.
Comenzó con un saco, luego un tronco. Finalmente, una roca.
Los herreros quedaron maravillados al ver lo irónico de aquello y decidieron hacer utensilios con ese mineral.
Hoy en dí­a, y tras la caí­da de Rem, es un recurso que escasea y, por ello, aquellas armas de leyendas son buscadas con codicia.
Se comenta, además, que existe un arma, una espada, fabricada con ese material que porta a su dueño la desgracia con sólo empuñarla.
Pero, como todo... Sólo son leyendas.


La Noche de Vigí­as

Las calles estaban impregnadas con los abalorios y las guirnaldas tí­picas de la celebración de La Noche de Vigí­as.
Hací­a poco más de un dí­a que la fuente de Alto Dhurmen se habí­a congelando, llevando como un rumor en voz alta al resto de la ciudad la llegada del año nuevo.
Las mismas calles que una semana antes estaban bañadas con carteles de "se busca" donde salí­an rostros de bandidos. Algunos sin nombre y sólo con el valor de sus cabezas. Otros con cualidades especí­ficas: que si tienen una lanza de un metal exquisito, que si la espada era de oro... Algunas cosas parecí­an hasta locuras y demencias. Decí­an, que algunos, podí­an invocar al rayo y al fuego. Ilusos todos.

Las calles estaban concurridas y era más difí­cil encontrar un pasillo por el que pasar que una aguja en un pajar. Todo el mundo estaba agolpado cerca de la fuente, todos querí­an dejar allí­ sus deseos para el año que entraba junto con alguna ofrenda en forma de fruta o flor para aquellos viejos dioses de los que ya ni las abuelas recordaban los nombres. Sin duda, La Noche de Vigí­as, era la festividad más antigua pero no sólo de la ciudad, también del continente.

La Noche de Vigí­as era sinónimo de caos para la guardia de Dhurmen. Todo el mundo estaba desatado y, en esas fechas, habí­a un mayor í­ndice de criminalidad. Aunque, la verdad, nunca solí­a pasar nada interesante por allí­ así­ que le daba vidilla a la fauna nocturna.
Pero claro, eso un oficial o un sargento que ya ha vivido varias situaciones así­ puede llevar más o menos la tranquilidad. Una lástima que nuestro personaje no fuera nada de eso...
Xelk no era lo que se podrí­a caracterizar como "héroe". Tení­a un cuerpo bastante menudo para su edad y, a veces, hasta le costaba llevar la espada al cinto sin cansarse pues tampoco tení­a mucha fuerza que se dijera. Por otro lado, todo aquello de lo que carecí­a fí­sicamente le desbordaba por la lengua. Lengua afilada, viperina y que, de seguro, si se la mordiera terminarí­a muerto.

Xelk se hallaba en la puerta del cuartel, riéndose, mientras veí­a el caos en el que andaba sumergido el tumulto de personas, de aquí­ para allá.

-Verás tú como uno se caiga en la fuente... ¿A quién le tocarí­a limpiar eso? ¿Y las promesas? ¿Para el año siguiente?
-Deja a los pobres ilusos. Algún dí­a despertarán.
-¿Cuántos años lleva diciendo eso Javo?-se giró Xelk mirando al dueño de aquella voz.
-Demasiados. Aún ni habí­as nacido. Pero oye, que no pierdo la ilusión.
-La estupidez de la gente es permanente. Seguirán haciendo todo eso porque es lo que se les ha enseñado de niños.
-Bueno, ese no es nuestro problema. Por cierto, ¿tú no tendrí­as que estar haciendo la ronda?
-La hice y aquí­ estoy.
-Pues pégate otra vuelta. Si tiras a alguien a la fuente prometo no decir nada.
-Está bien... Pero, si tirase a alguien a la fuente, créeme que me subirí­a a ella y lo proclamarí­a a los cuatro vientos.
-Lo sé, Xelk, lo sé...

Xelk se puso la capa de piel de oso y se atusó el gorro para salir. Los primeros copos de nieve caí­an sobre la calzada y parecí­a que nadie más se habí­a fijado.

Durante unas horas paseó casi sin rumbo pero con un patrón fijo, era como si su cabeza hubiera salido del cuerpo y este fuese dirigido por pequeños hilos invisibles. Volvió en sí­ y, en cierto modo, se dio cuenta de que estaba perdido. Aquel callejón lo conocí­a, pero no con esos colores, no de aquella forma.
Tení­a un aroma enrarecido y, del fondo, emanaba un haz de luz rojiza. Parecí­a que hubiera algún tipo de lámpara o fuego. Xelk se fue acercando con precaución, desenvainando la espada por lo que pudiera pasar aunque, en el fondo, sabí­a que ella no le salvarí­a la vida. Ni ella ni su bravura usándola. No tení­a casi fuerzas para blandirla y, por ello, su ser interno rezaba por que sólo fuera algún papel quemado u otro tipo de menudez.
Ante él, habí­a una sombra envuelta en una capa gris. De sus manos, emanaba la luz rojiza.
Xelk se quedó petrificado durante un segundo. La figura le miró y clavó en él sus ojos.
Uno de cada color.

Hací­a un par de semanas Xelk se preguntaba, viendo los carteles de "Se busca", cómo era posible que existiera una persona con un ojo de cada color. Ahora todo parecí­a tan real.
Ante él tení­a a aquella figura imbuida en un largo manto casi tan oscuro como la noche.
Aquellas pupilas se clavaron en los ojos de Xelk que miraban más allá, dentro de su cabeza y parecí­a que le fueran a sacar el alma.
Como un destello, los ojos del extraño, comenzaron a cambiar. Del verde y el azul pasaron al rojo más carmesí­. De las manos empezó a emanar humo.
Xelk, atónito, desenvainó la espada.

-¡Alto! No sé qué demonios serás, pero más te vale estarte quieto si no quieres probar el acero de mi espada.
-Este no es tu juego, niño. Creo que serí­a mejor que corrieras a las faldas de tu madre.
-Mira, viejales, aquí­ yo soy la autoridad. Respétame.
-Este mundo no conoce de autoridades. Ni de mandatarios ni reyes. Todo es demasiado falaz. ¿No lo notas?

Xelk comenzó a acercarse a la figura. Con el fuego que emergí­a de las manos del anciano describí­an su semblante. Describí­an su melena canosa y la barba andrajosa, descuidada. Las orejas las tení­a con aretes y la tez daba sensación de enfermizo. Si aquella cosa era humana debí­a estar en sus últimos dí­as.

-Mire... No quiero hacerle daño. Sólo le pido que me diga qué hace aquí­ y me deje ayudarle.
-Chico. Todo es una ilusión-dijo el anciano conforme bajaba sus manos, increí­blemente rápidas para su edad, y todo se convirtió en humo.

Xelk se quedó traspuesto durante una milésima de segundo. Observó todo a su alrededor, intentando hallar el lugar por donde habrí­a podido huir el hombre. Aquello no era humano y, de serlo, escapaba a todo cuanto conocí­a de realidad.
Sus pies se dirigieron lo más rápido posible hasta el cuarte. Al llegar a la puerta, reparó un segundo en coger aire. Se secó el sudor frí­o de la frente y de la nuca y abrió la puerta, vacilante, con una falsa calma.
En la garita se encontraban Javo y dos guardias más jugando a las cartas, ocultos bajo una densa capa de humo que, fácilmente, podrí­a cortarse con una espada y untarse en unas tostadas.

-Malditos holgazanes-les espetó Xelk con una sonrisa-... Creo que tenemos un problema...
-Tú dirás-contestó Javo mientras daba una calada al cigarro-. ¿Qué has roto ahora?
-Necesito ver los carteles de los bandidos.
-¡Ey! Chicos, venid. Parece que Xelk se ha topado con un matón-arremetió otro de los guardias mientras emití­a una fuerte carcajada.
-No me toques los huevos, Ed. Sé lo que he visto.
-Va, venga, no te pongas así­-le respondió Ed apartándose un mechón de pelo rojizo de la oreja-. ¿Y a quién dices que has visto? ¿A Furel? ¿A Anare?
-Al de los ojos de distinto color.

El silencio lleno la sala, apartando al humo.

-No será...
-Sí­, el cabrón más escurridizo de los últimos cuarenta años.
-Fergüil está en Dhurmen-sentenció Javo.

Ya habí­a sonado la décima campanada cuando todo el cuartel entró en modo "alerta".
Las patrullas se hicieron más intensas por la zona que Xelk habí­a mencionado y, éste, habí­a decidido subirse a los tejados para intentar localizar a Fergüil. La ciudad estaba tomada pero eso no tení­a que interferir con La Noche de Vigí­as.

Xelk avanzó entre tejas y gres. Habí­a optado por coger una ballesta de la armerí­a de la guardia y, en cierto modo, esperaba no tener que usarla pues no tení­a ni la menor idea de cómo funcionaba.
La ciudad era caos. Pero un caos alegre, todo el mundo disfrutaba ajeno a lo que podrí­a ocurrir y, eso, a Xelk le llenaba de orgullo. Sabí­a que las vidas de esa gente estaban bajo su manto, él era el protector de Dhurmen en aquel instante.

La siguiente media hora se hizo larga, como un caracol cojeando, y cada nueva terraza era un segundo de tensión en pos de ver qué ocurrí­a en el suelo. No podí­a permitir que Fergüil hiciera lo que se le antojase.
En un alarde de inteligencia intentó recordar por qué era buscado aquel tipo. No conocí­a mucho de él; el color de sus ojos y, ahora, su nombre y que podí­a hacer humo con las manos. No parecí­a muy peligroso y más aún cuando habí­a visto el estado famélico y enfermizo en el que se encontraba.
Xelk decidió sentarse, coger orientación de dónde se hallaba y crear algún plan donde pudiera encerrar a aquel tipo. Aunque era muy probable que estuviera oculto. Y en ese caso, ¿qué demonios hací­a en aquel callejón?

Xelk corrió hasta llegar al lugar donde lo habí­a visto. Como un acróbata se iba pasando de una casa a otra, haciendo el menor ruido posible y aprovechando el jolgorio de la gente; así­ evitarí­an mirar hacia arriba.
Llegó a un lugar cercano, casi sin aire. Aprovechó el momento para volver a coger impulso y hacer un sprint final. Ya quedaba menos pero... "¿Qué demonios?" pensó.
Un fogonazo le salto a pocos metros de su cara: "Otra vez esa luz. Todos vuelven a la escena del crimen." Detuvo su carrera y avanzó más lentamente, como una sombra en la noche. Con la diestra tanteó el pomo de la espada y la comenzó a desenvainar por lo que pudiera pasar. Tení­a los ojos abiertos como platos. Blancos y relucientes, como la luna que brillaba en aquel momento.
Se asomó, con precaución, dirección al callejón. Desde arriba tení­a otra visión de las cosas. Vio, nuevamente, a la figura con esa luz intensa saliéndole de las manos. Le manaba como si fuese la lava de un volcán.
Xelk intentó divisar a algún compañero cercano pero no habí­a ninguno: "¿Los habrá matado?" se preguntó. Tení­a la cabeza confusa, no sabí­a cómo actuar: "¿Por qué le sale luz de las manos?"
Sin cavilarlo mucho se lanzó como un berserker buscando su propia muerte. Xelk no tuvo en cuenta los tres pisos ni los casi nueve metros de altura, sólo querí­a atrapar a aquel tipo.
La caí­da fue rápida y nada dolorosa; Xelk no se habí­a hecho nada. Habí­a caí­do sobre blando. O eso creí­a, pues tení­a los ojos cerrado.

-¿Otra vez tú?

Xelk abrió los ojos. Estaba flotando a pocos centí­metros del suelo y a menos de un palmo de la cara de Fergüil. Podí­a volver a ver aquellos ojos. Aquellos ojo que antes eran bicolor y ahora tení­an un tono casi transparente; el ojo a penas tení­a iris, sólo pupila.

-¿Qué demonios es esto? ¿Qué demonios eres tú, viejo de los cojones?
-Con esas formas no sacarás nada en claro... Creo que serí­a mejor que tirases las armas si quieres saber algo de todo eso.

Xelk se deshizo de la espada, la cual siguió flotando.

-Muy bien. Imagino que sabrás ya quién soy. He visto la que has montado con tus amiguitos de la guardia. No sabí­a que fuera tan valorada mi cabeza.
-Se te lleva buscando más de cuarenta años. Las antigüedades y las reliquias tienen buen precio.
-Creo que no estás en situación de hacer bromas, joven.
-¿Qué puede ser lo peor que me pase? ¿Que muera? Eso no es problema.
-¡ALTO!-la voz de Javo resonó por todo el callejón.
-¿Cuándo aprenderéis que nos sois nada para mí­?-susurró Fergüil.

Xelk contemplaba la escena. Ante él tení­a a Fergüil con un brazo levantado en su dirección, como si lo sujetase con una fuerza armónica invisible y, tras éste, estaban Javo y el joven recluta, Flynn. Ambos llevaban las espadas desenvainadas y Flynn temblaba como un flan.

-Fergüil, maldito viejo, más vale que dejes a mi chico o te las verás con mi acero. Como la última vez.
-La última vez yo era más tonto y tú más joven y, aún así­, ni me tocaste.
-La última vez era una situación muy distinta.
-Y que lo digas-sonrió Fergüil.

Javo se lanzó, sin miedo alguno, portando la espada en ristre. Fergüil lo miraba y, únicamente, levantó la mano que tení­a libre. Javo chocó contra una especie de muro y comenzó a elevarse, al igual que lo hací­a el brazo de Fergüil.

-Te dije que he aprendido mucho con los años.
-Suéltame y pelea como un hombre.
-Los hombres utilizan su intelecto y las habilidades que le predispone el azar. Tú tienes tus armas, yo tengo las mí­as. Y ahora la probarás en todo su esplendor.

La mano de Fergüil comenzó a enrojecerse. La cerró en un puño y, al abrirlo, manaron un centenar de cadenas que se adhirieron al cuerpo de Javo. Las cadenas comenzaron a oprimirle más y más el cuerpo hasta que quedó reducido a la nada.
Flynn salió huyendo, despavorido, como alma que lleva el diablo. A penas contaba con catorce años y, de seguro, sus pantalones, habí­an terminados llenos de orí­n.

-¿Ves como hay cosas peores en este mundo?-Fergüil sonrió. O eso parecí­a-. Por cierto... ¿Sabes qué hora es?
-¿Cómo?-la pregunta pilló desprevenido a Xelk, aún en shock por lo que acababa de acaecer-. Las once. Las once menos un minuto, para ser exactos.
-Error. El reloj de Dhurmen está una hora atrasado. Bienvenido al despertar.

Las campanas comenzaron a sonar. Cada campanada era como un martillazo en la cabeza de Xelk, sentí­a que los sesos se le licuaban, era como si un algo le estuviera desatornillando el cráneo del cuerpo. Cerró los ojos del dolor e, inconscientemente, los volvió abrir.
Ya no estaba en el callejón. No estaba Fergüil. No estaba en Dhurmen. Pero el dolor persistí­a e iba a más.
Finalmente, Xelk, cayó al suelo sumido en el dolor. Ante sus ojos pasaban mil cosas, mil situaciones que no comprendí­a. En sus oí­dos, cientos de voces, de sonidos distintos.
Pero de todo ese alboroto sólo consiguió distinguir una única frase: "Te he visto".

Cuando Xelk volvió a abrir los ojos estaba tendido en el suelo de aquel callejón. Con un esfuerzo sobrehumano viró en dirección al gran reloj: "Las dos y media... ¿Qué me ha pasado?"
Fergüil ya no estaba. No habí­a ni rastro de él y algo le decí­a a Xelk que volverí­an a pasar otros cuarenta años para cuando lo volviera a ver. Tampoco estaba el cuerpo de Javo ni las cadenas que lo oprimí­an.
Xelk se medio incorporó como pudo, se llevó las manos a la cabeza buscando algún tipo de herida, sangre, algo. Nada. Entonces miró al cielo... :"¿Quién me ha visto?"



Hima, la reina de las nieves.

Hace muchos años, más allá de Dhurmen, en el norte.
Cerca de las Montañas Gemelas, las montañas más alta del mundo conocido; montañas tan altas que ni los gigantes podrí­an escalarlas, allí­, se dice que existió un reino.
Pero no un reino cualquiera, no. Era un reino único, rico, exquisito.
En aquel lugar, tiempo ha, moraba un reina. Bella como ninguna, inteligente como la que más. Tení­a la piel clara y suave como la seda y su pelo, con los colores de la mañana, siempre ondeaba hiciera o no viento. Olí­a a verano y a mar y, su sabor, era similar al de la vainilla en flor.
La reina buscaba esposo pues en su fuero interno notaba que, aquel sitio de belleza infinita, debí­a ser compartido por otras almas.
Ella estuvo buscando aquel que ocupase su corazón en los años venideros pero no tuvo suerte.
Las estaciones pasaban y no habí­a hombre hecho para ella. Siempre hallaba algún tipo de defecto.
Pero llegó el dí­a en que la reina encontró al Hombre. Sin ser hermoso, parecí­a que estaba hecho para ella. Las conversaciones eran eternas, hablasen de todo o de nada. Su corazón daba vuelcos a cada una de sus sonrisas y la tez se le enrojecí­a cuando le susurraba. Parecí­a tan perfecto.
Fue una lástima que le arrebatase el corazón y se lo cambiara por un denso y frí­o trozo de hielo...

Los años pasaron y, la reina, se olvidó de amar.
Se centró en formar, a su alrededor, todo un muro a base de bloques de hielo y marfil.
Cada dí­a, su muro, avanzaba medio metro. De su boca salí­an los demonios y los personificaba. En poco menos de un mes tení­a una hueste entera protegiendo su castillo.

La reina se habí­a amurallado. Habí­a amurallado su corazón y, por si acaso, habí­a fabricado un ejército para impedir que cualquiera lo atravesara.

Los años pasaron y, la historia de Hima, la reina del norte, se extendió entre los aventureros.

Una lástima que, la reina, no contase con el valor de un intrépido caballero que portaba la curiosidad por espada y la cabezonerí­a como escudo.
No tardó mucho en partir, todo sea dicho, y deseaba ver la belleza oculta tras aquellos muros. Sentí­a que debí­a conocer qué era lo que aquella reina querí­a compartir con su amado y le importaba más bien poco si sacrificaba su vida en aquella empresa.

Abrigado con una capa de ciervo y con su espada "Uteliaisuus" se lanzó a la lid. El ejercito de la reina se abalanzó sobre él. Mediante bellas florituras, cierta tranquilidad y una habilidad casi inaudita fue acabando con los engendros que la reina habí­a puesto allí­ años atrás.
Todo fue rápido, demasiado quizás, pero consiguió llegar al muro. No habí­a puerta alguna, sólo hielo y marfil.
El guerrero se quedó allí­, testarudo, picando el hielo y dándole calor hasta que, finalmente, consiguió hacer una pequeña obertura del tamaño de un galgo. El joven atravesó el muro y dejó atrás casi todo lo que le impedí­a el avance: su espada, sus ropas, el petate y las provisiones.

Armado únicamente con una pequeña daga y desnudo, avanzó hasta la inmensa puerta del castillo. Estaba abierta, como si le esperasen.
Continuó su andar, tranquilo, silencioso pero no pudo evitar reprimir un grito.
Aquel lugar era lo más hermoso que habí­a visto jamás. Las paredes estaban constituidas por inmensas baldas con libros que iban desde el suelo hasta el techo y bordeaban casi toda la sala. En el centro, habí­a un diván frente a una chimenea que se encargaba de iluminar el lugar.
En el diván se hallaba la reina, con la mirada perdida por las páginas y palabras del libro que poseí­a entre manos.
Como una sombra, el guerrero, avanzó hasta ella:

-Vengo a reclamaros-le dijo el a la reina mientras poní­a la daga en el cuello de ésta.

La reina siguió con su lectura, como si no estuviera pasando nada.
El guerrero, por su parte, se paseó por la sala, contemplando los libros. Se quedó con el nombre de todos ellos y su orden en las estanterí­as; todos perfectamente ubicados, primero, por autor en orden alfabético y, las obras de ellos, por cronologí­a.
El guerrero se puso frente a la reina y comenzó a recitar el primer libro de la lista.
Cuando terminó, comenzó el segundo.
Y así­ hasta que llegó a la letra "E".
La reina, entonces, levantó la vista.

-¿Por qué os tomáis tantas molestias, ser?
-Porque sólo las cosas importantes están ocultas bajo tantas capas.

Fue entonces cuando el bloque que la reina portaba por corazón comenzó a deshacerse. El agua de éste se mezcló con la interna de ella y salió expulsada por sus ojos a modo de lágrimas.
Las lágrimas se solidificaron y formaron diamantes.
Diamantes que recogió el guerrero y anudó un trozo de hilo del vestido de la reina y que colgó de su perfecto y recto cuello.

-Mi señora, creo que debéis portar esto cerca.
-¿Por qué decí­s eso?
-Porque corazón sólo tenemos uno y serí­a una lástima perderlo.


Los años pasaron y el guerrero y la reina no salieron de aquella sala. Se pasaban las noches en vela amándose y las mañanas buscando libros para leerse.
Aún hoy, se dice, que si acudes al castillo de Hima, a la torre de marfil, podrás escuchar al joven valeroso que recitó toda una biblioteca por calentar el corazón de su reina.


Fugitivo

Su cara impregnaba los muros de las calles en trazos de carboncillo sobre papeles amarillentos.
Su cabeza tení­a el coste más alto que habí­a oí­do en mucho tiempo, todo por intentar asesinar al invierno; y también, según decí­an, por robar una espada.
¿Pero qué espada puede valer tantos rems? ¿Y cómo podrí­a un mortal matar al invierno? Algo olí­a a podrido en aquello.
Se dice que llevaba casi un lustro desaparecido, bastante ilógico que aún nadie lo hubiera visto.
Los mercenarios se agolpaban en las tabernas para idear planes de cómo hacerse con su pellejo. Pero todos los planes terminaban igual: matándole a él y haciéndose con esa espada que valí­a tantos miles de rems.

Más de uno salió buscándole y, tras meses infructí­feros, volví­a a casa con las manos vací­as y el rabo entre las piernas.
Los rumores decí­an que se habí­a ocultado en las montañas. Otros, que habí­a viajado más allá del Otro Mar y, allí­, era considerado un rey todo poderoso, un dios.
Pero, claro... ¿Cómo fiarse de un cru?

"Esos malditos... Siempre dando pistas faltas, siempre con sus medias tintas y su extraño código de honor." Se decí­a.

Pero eso no es lo que nos ocupa ahora. Lo importante, en este momento, era saber dónde se hallaba aquel que habí­a ido al norte a robar la espada.

Las tabernas de Odem nunca han destacado por ser salubres ni selectas, pero si quisieras enterarte de algo estarí­as en el sitio indicado.
Odem es una de las mayores ciudades dormitorio que existen en el continente. Allí­ se reúnen todo tipo de personas: desde mercantes buscando una nueva ruta que seguir y explotar hasta soldados que venden su espada por poco más de medio rem al mes.
La gente iba de paso y, por ello, casi todo el lugar estaba infestado de tabernas y posadas a cada cual de menor categorí­a. Lo importante era que no habí­an ratas.
Y, la verdad, el estado de todo aquello era lo de menos. Si ibas a Odem era para sacar información o para aportarla.

-Yo lo vi-decí­a un forajido que aún portaba los grilletes engarzados a sus muñecas.
-Yo conseguí­ esquivar su lance-contestó otro hombre, de larga melena y barba de tres meses.
-Eso es imposible. Es sabido por todos que los cru no fallan cuando atacan.
-Pues no serí­a para tanto. Seguro que recibió una instrucción de un cualquiera.
-Pues se dice que fue el mismí­simo Dren quien le dio la pluma y lo convirtió en su pájaro.
-Sí­, ya...
-A ver, sólo os he pedido una cosa y os estáis desvariando-contestó un tercero en discordia mientras golpeaba con virulencia la mesa-. ¿Dónde está Rednar?

Los dos mercenarios comenzaron a contarle todo cuanto sabí­an sobre Rednar.
Le contaron el cómo acudió al castillo del invierno y, allí­, tras una cruenta batalla, dejó a éste malherido y partió robándole la espada.
Le dijeron que en los cinco años que habí­an pasado tras aquello, Rednar, habí­a sido visto en varias ocasiones pero, casi siempre, por algún loco del que convendrí­a fiarse más bien poco.
Aunque uno de ellos atestiguaba que se habí­a batido con él y que habí­a salido indemne del lance.

-Bien. Pues creo que podréis ayudarme en mi gesta-repuso el tercero.
-Muchacho, sólo eres otro loco más buscando lo que se haya al final del arco iris.
-Bueno, tengo grandes argumentos-contestó depositando una bolsa ligeramente abierta de donde manaban varias monedas de oro traslúcido.
-¡Haber empezado por ahí­!-dijo el mercenario de la barba.
-Pues bien, muchacho, descansad bien esta noche. Mañana partimos.
-Muy bien pero aún no nos has dicho tu nombre.
-Podéis llamarme Dardo-sentenció mientras se levantaba de la mesa y salí­a de la taberna.


La noche pasó sin más. En Odem no suelen ocurrir altercados y, de haberlos, se solucionan con una facilidad y rapidez pasmosa. Es lo bueno de este tipo de ciudades.
Mientras, Dardo, seguí­a dándole vueltas a todo lo que le habí­an dicho de Rednar: "¿Cómo se puede matar a una estación y cómo es posible que esta tenga un reino? ¿Será algún tipo de lugar de culto o es una metáfora de algo? No tiene sentido."
Ensimismado en sus pensamientos, Dardo, se quedó durmiendo.

La alborada llegó puntual, como de costumbre. El sol emergió con cierta virulencia pese a hallarse tan al norte.
Dardo se hallaba en la plaza de Odem, poniendo a punto su arco y cerciorándose de que llevaba un buen número de flechas en el carcaj. Así­ mismo, comprobó el estado de su espada y de sus provisiones. Todo estaba más que correcto.
Sus compañeros se presentaron con ciertos minutos de retraso, lo común en personas de esta calaña.

-¿Partimos ya? -preguntó el mercenario de los grilletes.
-Tardamos-contestó Dardo con media sonrisa.
-Pues al lí­o.

Los tres se encaminaron aún más al norte. El primero era Hellar, el mercenario de los grilletes. Le seguí­a el paso Gunder y, por último, Dardo.
Hellar era alto y bastante recio. Tení­a la tez impregnada de cicatrices y, las cadenas, le daban un aire más fiero del que ya poseí­a. Por otro lado, Gunder, parecí­a algún tipo de ermitaño con la barba y el pelo largo. Dardo, por su parte, parecí­a ajeno a ese mundo. Su figura era bastante menuda al lado de los dos bigardos que llevaba a su lado y su pelo perfectamente peinado y oscuro distaba mucho del tí­pico norteño.

Iban a buen ritmo y hací­an las paradas justas. Hellar le habí­a dicho que irí­an al sitio donde fue visto por última vez Rednar y, desde allí­, podrí­an hacer una interpretación de por dónde podrí­a haber seguido el camino. Las habladurí­as decí­an que pasó por dicha zona hací­a menos de una semana pero, somo siempre, eran habladurí­as.

Antes de la salida de la luna estaban en el lugar que se comentaba. Dardo montó campamento allí­. Primero la fogata y, después, las tiendas. Gunder aseguró el sitio, en busca de posibles bandidos.
La noche iba cayendo y los mercenarios seguí­an contándole obra y vida de Rednar; le hablaron de aquel que le instruyó y de los trabajos que estuvo haciendo en Dhurmen. De las historias sobre su infancia y de cómo en un año habí­a adquirido tanto o más conocimiento que un cru de renombre.

-¡Pero es lo que tiene ser instruido por Dren!
-¿Qué tendrá que ver el profesor si el alumno es un mentecato?
-La motivación, por ejemplo.
-Pero un buen alumno asimilará los conceptos más ráp-un ruido cortó la conversación-... ¿Quién anda ahí­?

Silencio.
Los mercenarios se pusieron en pie mientras Dardo buscaba a tientas el mango de su espada.

-Tranquilo, chico. Yo me encargo-le tranquilizó Gunder mientras desenvainaba el sable y partí­a al lugar de donde provení­a el ruido.

Los minutos pasaron y Gunder seguí­a sin llegar, haciendo que los dos que quedaban se impacientasen.
Hellar ya estaba a punto de salir a buscarlo cuando, entre risas, apareció Gunder acompañado.

-Perdón por la tardanza-se disculpó Gunder, sonrojándose-. Parece que hoy seremos cuatro para comer.
-Siento el haberos asustado-contestó la figura desaliñada que habí­a junto a Gunder-. Me llamo Whero y he visto vuestro fuego y creí­ que...
-Sí­, por supuesto-contestó Dardo, señalándole un lado cercano al suyo-. ¿Habéis comido?
-Llevo sin probar bocado en dos dí­as. Y hace uno, me pilló una gran nevada y el viento se llevó mi capa.

Dardo le tendió un plato con cocido al nuevo. Tení­a aspecto huraño, como de ermitaño y un parche en el ojo, por donde asomaba una fea cicatriz. Su piel estaba quemada por el frí­o y sus dedos daban muestras de congelación. A penas portaba una túnica que le tapara las vergüenzas.
Dardo le dio una manta para abrigarlo y una capa que llevaba de sobra en su petate.

Los cuatro estuvieron conversando hasta que el sueño pudo con parte de ellos. Whero y Dardo se quedaron hablando largo y tendido. Pese a ser un tipo algo estrafalario parecí­a haber vivido largo tiempo en la civilización; sabí­a de historia, geografí­a y polí­tica. Además, estaba versado en varias artes que sólo conocen las altas esferas.
Dardo, con cierta tristeza, tuvo que darle las buenas noches pues el sueño podí­a con él.

A la mañana siguiente, Dardo, se despertó antes que ninguno y decidió salir a inspeccionar la zona con la luz del dí­a. Caminó sin rumbo para conocer la composición del terreno y los posibles senderos y caminos que hubiera podido tomar el cru.
Dardo se adentró en un pequeño bosque, cerca de un valle. Las horas comenzaban a volar como si se tratase de segundos.
Finalmente, llegó a un claro, cercano a una cueva, donde halló un árbol que le llamó la atención. De él colgaba lo que parecí­a ser una capa pero no una capa cualquiera. Una capa de color negro; negro cru.
Dardo se acercó y la recogió con cierta delicadeza, en su interior habí­a una pluma roja.

Dardo corrió de vuelta al campamento, tan rápido como le permitieron sus piernas. Pese a lo poco que habí­a estado ya conocí­a el lugar y sus atajos.
Al llegar palideció momentáneamente. Las tiendas estaban impregnadas de sangre y, únicamente, quedaba Whero en pie con una espada en la mano.

-Dardo, no es lo que...

Dardo tiró la capa con la pluma en el suelo y clavó la mirada en las manos y en la tez, ambas bañadas en color carmí­n.

-Sé quién eres. Sé que eres Rednar...

"Rednar, el rojo." pensó.

Rednar empuñó con fiereza el mandoble y le devolvió la mirada a Dardo.

-Te he dicho que no es lo que parece.
-Has acabado con mis hombres. Dime, ¿qué es lo que no parece?
-No eran gente de fiar.
-¿Y en qué lo diferencian de ti, cru?-le preguntó como si escupiera la última palabra en la cara de éste.
-Yo tengo un código.
-Oh. Sí­, claro. Vuestros códigos. Todo gira alrededor de ellos y lo gracioso es que nadie los conoce.
-Mi maestro me enseñó que no hay que atacar a la mano que te da de comer y, estos perros, no conocí­an eso.
-¿Ahora insinúas que me protegí­as?
-Algo así­. Dardo, he visto tu potencial. Podrí­as ser un gran cru. Podrí­as llegar lejos. Más que cualquier otro-le dijo mientras se acercaba.
-No vas a embaucarme-respondió Dardo desenvainando su espada.
-Sólo quiero desencadenar los que llevas en la sangre. Tus ojos me indican que no eres de estas tierras, como yo, y tu alma ruge a los vientos. Sí­gueme y te daré todo cuanto el mundo querrí­a tener a sus pies.

Dardo comenzó a sentir cierto interés por las palabras que escapaban de la boca de Rednar. Todo parecí­a tan simple. Además, aquellos cuerpos, aquellas personas... ¿Qué más daba? ¿Y si realmente podrí­a llegar a ser tan grande como decí­a? Además, yendo con él, podrí­a descubrir todo aquel misterio que envolví­a la figura del cru: el intento de asesinato al invierno.
Entonces una idea pasó fugaz por su cabeza, la traición. Hacerle ver que sí­, que estaba interesado, ganar su confianza y, cuando menos se lo esperase, acabar con él habiendo sacado todos sus secretos. Era un plan perfecto.

-¿Y cómo sabes que iban a acabar conmigo?
-Se me da muy bien hacerme el dormido. Y los perros, como perros que son, sólo saben ladrar y gritar a los cuatro vientos sus ideas.

Dardo se mordió el labio. Tení­a mil preguntas que hacerle. Tenia mil puñaladas para darle.

-Créeme. Un cru no acabarí­a con nadie si no es por dinero o por lealtad. Y, que yo sepa, llevo más de cinco años sin tener un mecenas.
-¿Y por qué esa lealtad? No he hecho nada por ti.
-Me diste comida cuando estaba hambriento. Me diste ropa y fuego cuando estaba helado. Te debo mi vida-le contestó mientras tiraba el arma al suelo.

Dardo, entonces, envainó la espada.

-Está bien. Te acompañaré-sentenció Dardo.

Durante el resto del dí­a, Dardo y Rednar, se dedicaron a limpiar las tiendas y a ocultar los cuerpos en el bosque. Así­ mismo, recogieron el campamento y lo movieron hasta la cabaña donde se ocultaba Rednar.
Pasaron los dí­as. Las semanas. Rednar le fue instruyendo a Dardo en el código de los cru así­ como en algunas artes de guerras. Por las noches, le contaba historias sobre las estrellas, historias del norte y leyendas de este. Hasta que concluyó el primer mes.

Era una frí­a mañana y el sol parecí­a haberse dormido, pues salió más tarde que de costumbre. El aire olí­a a metal y carmí­n y, la cueva, estaba pintada con el dolor de una persona.
La otra se hallaba de pie, poderosa, con lo que parecí­a ser una arma de los dioses. Tan afilada que podí­a rasgar el aire, ligera como una pluma y traslúcida como un millar de rems.

-Así­ que esto es lo que ocultabas aquí­-dijo Dardo, socarronamente.
-No tienes ni idea de nada... Parece que te he enseñado mal-replicó Rednar mientras escupí­a sangre en el suelo.
-Ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo que pudieras matar al invierno.
-¿Al invierno? ¿Qué te han contado?
-Dicen que te colaste en el palacio del invierno e intentaste matarlo y, de su reino, robaste una espada. Esta espada.

La carcajada de Rednar retumbó por todo el lugar.

-El invierno... Eso no era el invierno, era el maldito infierno. Parece que tu tiempo en el norte no te permitió entender su jerga.
-¿De qué hablas?
-No existe ningún invierno. El invierno sólo es un tí­tulo. Ese "invierno" era una persona, como tú o como yo.
-Me es igual. Ahora yo tengo la espada.

Dardo comenzó a acercarse a Rednar, apuntándole con la espada.

-Y ahora es momento de acabar contigo y reclamar el precio de tu cabeza.
-Parece que no has aprendido nada-suspiró Rednar, bajando la cabeza, esperando su final.

Dardo alzó la espada que cogió la luz del sol y refulgió por la sala.
Rednar, diestro, arremetió una patada en la pierna derecha de Dardo, haciéndole tambalear. Después un puñetazo, certero, en la boca del estómago. Dardo se arrodilló de dolor e incredulidad: "Pero... Si estaba agonizan..." Otra patada, directa a la cara, le sacó de su pensamiento y lo tiró directo al suelo.
Rednar recogió la espada.

-Zulumi...-dijo casi para sí­.

Dardo se levantó ágilmente y arremetió, en una embestida, contra Rednar. í‰ste esquivó como pudo y le plantó un lance que le rasgó media cara, por debajo de la lí­nea de los ojos y atravesando la nariz.
La sangre volvió a pintar las paredes.

-Me has decepcionado. Pero debo decir que has sabido jugar bien. No esperaba que fuera tan pronto.
-¿Cómo?
-Sabí­a que me traicionarí­as. Eres tan perro como aquellos que vení­an contigo. Como aquellos que maté.
-Y si lo sabí­as, ¿por qué no acabaste conmigo?
-Porque tení­a un poco de esperanza... Y porque esperaba que tú acabases contigo mismo.
-Eso no tiene sentido-gritó mientras volví­a a la carga, cegado por la sangre y la vergüenza.

Rednar volvió a esquivarlo, grácilmente, y le volvió a dar otra estocada, a la altura de las costillas.
Desde fuera se veí­a como un baile de salón. Un sangriento baile de salón.
Dardo, finalmente, se quedó como si colgara de unos hilos invisibles, tambaleante, sin fuerzas para seguir atacando. Las ropas las tení­a completamente rojizas, como las telas del este.

-Esto acaba aquí­. No voy a matarte pero dudo que puedas seguirme.
-Eso... Es... Lo que... Tú... Crees...-balbuceó Dardo, entre saliva y sangre.
-Espero que nos podamos volver a encontrar. Y espero que haya cambiado algo en ti. Serí­as un buen alumno.

Rednar le dio la espalda a Dardo mientras envolví­a la espada en un telar tan oscuro como la noche.
Dardo se quedó allí­, mirando al horizonte, vislumbrando cómo Rednar se iba, sin miramiento alguno, y, con él, lo poco que le quedaba de vida.
"Estoy muerto" pensó.
O eso fue lo que creyó cuando volvió a abrir los ojos.

Eggest

Junio 07, 2014, 02:56:50 #2 Ultima modificación: Junio 07, 2014, 03:05:45 por Eggest
La caí­da de Rem


Las cenizas se esparcí­an como el polen en primavera. Las llamas inundaban el lugar como si fuera la luz del sol y el humo, casi palpable, teñí­a el cielo de un gris supino.
Atestadas de ruido, las calles, se extendí­an cual rí­o en su máximo cauce tras la tormenta.
Era casi imposible pasar desapercibido en aquel lugar. Casi.
Una sombra, ágil y fortuita, se moví­a y deslizaba de un lado a otro de la calzada. El negro cru se le adherí­a al cuerpo como una segunda piel y la capucha le daba un toque distintivo. La mano, por intuición, siempre cerca de la guarda de la espada y los ojos fijos en el horizonte y atentos a las esquinas. La traición era tan tensa que se podí­a sentir de un modo antropomórfico.

"La siguiente avenida a la derecha" pensó para sí­. Conocí­a las calles. Conocí­a el sitio. Aunque todo esta irreconocible.

Llegó a la puerta del lugar y la tocó con los nudillos. Dos golpes. Silencio. Dos golpes más. Desde el otro lado se escuchaba el rumor de un bullicio cuantioso y algo enfurecido.

-¿Sí­?
-Me llaman rey.
-No será el mí­o.
-Sólo si me dejáis.

La puerta se abrió y el rumor emergió como si fuese a devorar la ciudad entera. Tras ella habí­a un hombre rudo parado. Su cara era ancha, recordaba a una hogaza de pan, y le manaba el pelo hasta por las orejas.

-Morthaj, maldito cabrón. Veo que, como siempre, te ha sido de lo más fácil llegar.
-Como siempre, Er-contestó mientras se retiraba la capucha y soltaba una cola de caballo del color barro.
-Imagino que sabes que te estábamos esperando.
-Siempre dices lo mismo.
-Porque siempre llegas tarde.

Morthaj fue a decir algo pero prefirió dejarlo en el aire y completar el ademán con una sonrisa. Morthaj conocí­a el valor de las palabras y no le gustaba derrocharlas.

-¿Cómo te ha ido por el sur?
-Como siempre. Mucho trabajo. Mucho dinero.
-No se puede hablar contigo...
-Sí­ se puede, el problema es que no sabes ver lo que oculta un silencio.

Morthaj pasó el umbral de la puerta que se cerró de golpe con el último volteo de su capa.
El lugar no era demasiado grande pero, de seguro, se hallaban allí­ cerca de doscientas personas. Todas clavaron sus ojos en el recién llegado al uní­sono con un giro de cuello tan brusco que se percibió en el extrarradio del reino.
Morthaj no miró a nadie en concreto pero sí­ a todo. Reconoció todas las caras y contuvo en su semblante la sonrisa que querí­a emerger. No le gustaba dar muestras de debilidad, su orgullo le podí­a.
Recto y sin miramientos, se dirigió a una especie de púlpito que daba de lleno al público. Estaban expectantes.

-¡Habitantes de Rem!-comenzó-¿Sabemos por qué estamos aquí­, verdad? Sabemos que hoy será el principio de algo nuevo.
>>Hoy no sólo es el dí­a de Vigí­as. Hoy será el fin de una lacra que llevamos arrastrando varios cientos de años. El fin de toda esa morralla y esa chusma que tenemos por lí­deres. Hoy nos alzaremos en armas para acabar con ellos.
>>Nuestros simpatizantes, nuestros amigos. NUESTROS HERMANOS. Ellos ya han comenzado lo que nosotros terminaremos. Ellos son los que han quemado los barrios del norte, del sur, del este y del oeste. Ellos han sido los que han puesto el primer ladrillo en nuestra futura casa y sí­, lamentablemente, ellos han sido los primeros que han visto su cuello cercenado por esta causa. Y, precisamente, esa es la razón por la que no nos vamos a quedar aquí­, de manos cruzadas.
>>Hermanos, empuñad aquello que tengáis a mano. Afiladlo como si quisierais acabar con el mismí­simo viento que hoy ruge por nosotros en nuestras calles.
>>Hermanos, estad preparados para lo que pueda ocurrir hoy pues, en este dí­a, atacaremos su casa. Hoy será el dí­a en que Rem caiga y nosotros, distrito de Dhurmen, tomemos la soberaní­a.

Morthaj dejó de hablar y la sala fue inundada con aplausos y vitoreos. La llama estaba encendida.

Como la gran ola que era, salieron del lugar y comenzaron a poner rumbo al castillo del rey.
Morthaj a la cabeza, con la mano firme y recta en la empuñadura de su espada.
Cada calle que avanzaban era gente que se sumaba a su marcha en contra del sistema monárquico instaurado en Rem.
Ya habí­an perdido la cuenta de los años que habí­an sido ninguneados por toda esa casta. Ahora los querí­an ver colgando, muertos, del campanario.

Los primeros guardias aparecieron en el paso. Morthaj les miró y pudo atravesarles el cráneo. Después atravesó sus estómagos con un golpe grácil y rápido, apenas imperceptible.

El resto del camino estaba bastante despejado, seguramente andarí­an apagando fuegos o irrumpiendo en algún lugar donde, algún informador, habí­a avisado de que se estaban llevando a cabo confabulaciones contra el monarca... "Ilusos" pensó Morthaj.

"Ilusos" pensaba el monarca.

El castillo estaba completamente rodeado de soldados provistos de buenas armaduras y armas especialmente afiladas para el momento.
La troupe paró en seco y preparó las armas que portaban. Algunos espadas, otros lanzas y alabardas. Los demás, campesinos en su mayorí­a, se conformaban con palas y rastrillos. Iba a haber sangre.

Morthaj miró a sus guerreros.

-¡HERMANOS! ¿ESTÁIS PREPARADOS?
-¡SEÑOR! ¡Sí, SEÑOR!-exclamó el gentí­o.
-Carguemos como si nos fuera la vida en ellos pues, hoy, será un dí­a recordado. Se hablará de nosotros aunque perezcamos en la batalla. Dhurmen vivirá por siempre. ¡HERMANOS, A LAS ARMAS!

La muchedumbre envainó sus armas y se abalanzó contra el ejercito del rey.

Morthaj iba caminando, como si aquella guerra no fuera con él. Si veí­a a algún soldado, lo mataba. Si habí­a algún cuerpo tendido en el suelo, lo remataba.
En algún momento se vio rodeado pero lo solventó de un modo rápido y fugaz, como si fuera un juego de niños.
Pero, entonces, sintió como algo atravesaba su costado. Una lanza.
Luego todo comenzó a oscurecerse y a teñirse de carmí­n. "Les he decepcionado" se dijo y, lo último que escuchó fue el golpe de su cabeza en el pavimento.


Morthaj volvió a abrir los ojos. El sitio tení­a una humedad de la que se podí­a beber en cuenco. Sus muñecas se hallaban atadas a unas cadenas que pendí­an de un muro de piedra.
La herida de su costado habí­a sido curada y ya a penas le dolí­a.

-¿¡Y AHORA QUí‰ VAIS A HACERME, EH, HIJOS DE PERRA!?

Sus palabras resonaron en el lugar por el eco. Allí­ no habí­a nadie.

Morthaj contempló cómo iban pasando los minutos. Y vio cómo los minutos se convertí­an en horas en las que, allí­, no iba nadie.
El cuerpo comenzaba a pesarle demasiado y creí­a que las muñecas terminarí­an por ceder. Todo el cuerpo le era una carga demasiado grande.
Pasó un dí­a y allí­ seguí­a sin ir nadie. Sólo él y su mente.

-¿Y dices que es aquí­ donde está ese maldito mamón?-preguntó una voz ronca.
-El mismí­simo Morthaj, señor.
-Ya me contaréis cómo cazasteis a ese hijo de mil rameras...

La puerta se abrió y dejó paso a un hombre fornido. Medirí­a cerca de dos metros y su cabeza estaba prácticamente oculta por una gran masa de músculos.

-Así­ que tú eres Morthaj-le dijo mientras le observaba de arriba a abajo-... Por lo que se oí­a decir te imaginaba más... Más... No sé, más gallardo. Con más cuerpo.
-Lo importante no es el cuerpo.
-Cierto. Lo importante es no tener unas cadenas atadas a tus muñecas y una lanzada en el costillar.
-Minucias.
-Habéis atentado contra el rey. ¿También eso es una minucia?
-Para nada. Además, no era un atentado.
-Maldito magnicida... ¿Sabéis lo que le pasa a la gente de vuestra calaña, no?
-Que son condecorados.

El guarda soltó un estruendo por risotada.

-Me caes bien muchacho... Será una lástima tener que hacerte sufrir-sentenció mientras desenvainaba la espada.

Lo siguiente fueron horas de tortura, litros de sangre y miembros cercenados...

-Creo que ya estás listo para que te vea el rey. Déjame que te muestre lo hermoso que eres ahora.

El guarda hizo llamar a un compañero que trajo consigo un espejo de cuerpo entero.
Morthaj vio su imagen reflejada. Le chorreaba sangre de casi todas las partes del cuerpo, habí­a perdido la visión de un ojo y, lo que para él era más importante, su brazo derecho.

-Llevas razón. Ahora estoy mucho mejor que ayer-contestó mientras sonreí­a-. Ahora sí­ estoy listo para matar a vuestro rey.

El guarda dudó por un instante ante la respuesta y la actitud de Morthaj. Momento que éste aprovechó para golpear el espejo y tirárselo al guarda dejándolo inconsciente.
Ágil y conciso pese a las graves heridas, consiguió dejar el cuerpo cerca de él y con algunas maniobras consiguió arrebatarle las llaves que portaba en el cinto.
Morthaj se deshizo de las cadenas que le oprimí­an las muñecas y reposó un segundo para recuperar aliento. Le dolí­a el cuerpo y la sangre corrí­a como un rí­o por su cuerpo.
Le arrebató la espada y el uniforme al guarda y le rebanó el cuello. Le costaba hacerse a esa espada, a esa mano... No era su diestra y lo notaba. Así­ no podrí­a hacer mucho por Dhurmen.

Morthaj salió con sumo sigilo de la sala, intentando ocultarse de las luces y las voces que oí­a, como la sombra que fue tiempo atrás. Descalzo y moribundo se iba deslizando, sala a sala, evitando la confrontación frontal y atacando por la espalda hasta que, finalmente, llegó a lo que parecí­a ser la sala del trono.
Frente a él se levantaba una inmensa puerta doble con tonos dorados y engarces.
Morthaj se posó contra e intentó escuchar lo que ocurrí­a en la sala contigua. Silencio. Abrió un poco y echó un vistazo. Oscuridad y una leve luz al fondo.
Morthaj abrió lo justo para colarse por la obertura y esperó el tiempo necesario para que sus ojos se adaptasen a la penumbra.
La sala era mucho más grande de lo que hubiera imaginado. Habí­an cuadros y tapices por todas partes así­ como muebles y expositores con lo que parecí­an ser joyas. Al fondo, en la luz, una chimenea donde, al lado, descansaban las siluetas de dos grandes tronos. Uno de ellos dibujaba una figura sobre él, absorta en el fuego.
Morthaj se paseó con cierto cuidado hasta llegar a los lí­mites de las sombras.

-Tranquilo. No hay nadie-dijo la voz procedente del trono-. ¿Qué nuevas me traes de las celdas? ¿Ese cerdo ya ha dicho algo?

Morthaj aceleró el paso y se colocó cerca del rey mientras evitaba a toda costa el ser visto.

-Sí­, señor. Hay grandes nuevas-contestó mientras levantaba la espada y se la colocaba a la altura del cuello al monarca.
-Pues tú... ¿¡Qué demonios¡?-gritó el rey al ver el filo tan cerca de su nuez.
-Juré que cambiarí­a esto. Juré que la muerte de mis hermanos no serí­a en vano.
-¿Pero tú te has visto? A penas puedes aguantar ese mandoble. Eso por no hablar de tu lamentable aspecto. ¿Tú vas a ser el nuevo soberano? No durarás ni dos dí­as-replicó mientras hací­a un además de apartar la espada del cuello.
-Me da igual qué sea de mí­. Pero una cosa tengo clara: no volverás a ver la luz del sol.

Morthaj volvió a poner la espada rozando la yugular. El rey se levantó con brí­o y apartó la espada de un guantazo. Morthaj se apartó un centí­metro y cargó contra él. El rey desenvainó una espada que se hallaba oculta tras el trono. Su filo refulgió en la sala. Era verde, brillante, casi transparente y parecí­a moverse más fluida que el propio aire.
Morthaj sufrió un par de lances de aquella espada pero a penas sentí­a dolor. No después del calvario que habí­a tenido en sus carnes horas antes.
Morthaj intentaba mantener las ideas en claro, evitar que el carmí­n bañase su visión, buscar un punto débil. Buscar cómo vengar todas aquellas penurias.
La espada seguí­a cercenando su piel, abriendo heridas, y el rey no daba muestras de cansancio. Morthaj golpeó al aire, para evitar el siguiente lance. Las espadas entrechocaron y ambas armas salieron disparadas.
La luz a penas alumbraba y sólo se podí­a distinguir un leve brillo esmeralda. Morthaj tení­a la vista mejor adaptada y aprovechó esa ventaja para lanzarse a por el arma pero antes le arremetió una patada al rey en la rodilla que lo tiró al suelo.
En menos de veinte segundos, Morthaj, tení­a la espada en su mano y estaba yendo a por el monarca. Era más ligera de lo que parecí­a. Era como si se hubiera convertido en una extensión de su mano.
El filo acarició una de las mejillas del rey, que aún se encontraba tirado en el firme.

-Espero que en la otra vida seas alguien mejor.
-Tengo algo que decirte.
-No me importa. A veces un silencio es mejor que todo lo que puedas escupir.

El rey comenzó a llorar y Morthaj le cercenó el cuello como quien corta el aire.
Se envainó la espada al cinto y cogió la cabeza, chorreante, con la mano. La paseó por los pasillos. La paseó por las salas del castillo.
Los guardas se iban apartando a su paso, daba la sensación de estar viendo a un monstruo; lleno de sangre, a falta de un brazo, con la cabeza del soberano y una espada que emití­a un brillo verde a su paso.

Morthaj habí­a acabado con el mandato totalitario de aquel rey. Habí­a acabado con ello del mismo modo que su vida se estaba viendo mermada. Se dice que, después de esto, cogió un caballo y partió al norte... Pero nadie le volvió a ver jamás.


Alterador

El sol estaba en lo más alto del firmamento. Impávido, mirando al suelo, al largo manto de arena que se extendí­a ante él.
No se veí­a nada. Nada salvo arena. Ni una sombra, ni un cactus, ni un oasis. Nada.
Pero, a pesar de todo ello, habí­a un valiente que avanzaba por aquel desierto. Cubierto por telares y con un callado que guiaba sus pasos, parecí­a no tener un rumbo fijo; sólo avanzar.
Habí­a perdido la cuenta de los dí­as que llevaba vagando, durmiendo a la intemperie y alimentándose de poco más de aire y pequeños restos de comidas pasadas. Pero tení­a que seguir. No sabí­a porqué, pero debí­a hacerlo. Era como si un algo se lo dijera... Quizá el Observador.

El dí­a pasó, lento, como de costumbre y sólo halló más arena oculta tras la arena. Ya casi ni recordaba de qué color era el suelo que pisaba en Dhurmen o cómo sonaba una voz. Llevaba ajeno a todo aquello varios años. Tantos como los que llevaba vagando sin rumbo por el continente.
Primero aquí­, luego allí­... ¿Después? Que lo elija el azar.

El errante se sentó y tomó un poco de aliento. No habí­a sombra que le cobijara pero tampoco le importaba. Rebuscó en su petate algo que poder llevarse a la boca y, nuevamente, se encontró con la decepción. Ya no le quedaba comida. Intentó juguetear con las manos, imaginar que sí­ habí­a comida al fondo de aquel macuto pero nada, todo era en vano.

Comenzó a divagar, a recordar cosas que habí­a visto durante esos años. Cosas que le podrí­an servir de algo. Divagó, sin rumbo, al pasado. A muchos años atrás, a cuando estaba en Dhurmen. Aquel recuerdo le llegó como una ola de frí­o, con un aroma hogareño que le dejó un gusto en el paladar a pavo confitado. Ya casi podí­a saborearlo.

Parecí­a que le hincaba el diente cuando un ruido atronador le devolvió al mundo real. El mosqueo en su cara era evidente, nunca habí­a fruncido tanto el ceño y parecí­a que le dolí­a la vida misma.
Se puso en pie con un salto y comenzó a buscar el origen del ruido. Aquello le dejó atónito. Una sombra inmensa avanzaba hacia él y, a cada segundo, se hací­a más y más grande.
Tení­a la forma de una carabela, con sus velas y sus mástiles, con el repicar de los remos por la propia arena. "Esto no tiene sentido" se dijo.

En pocos segundos el barco se posó a pocos metros de él y, de la proa, emergió una cuerda por la que descendió un hombre grande, con una barba poblada y un parche en el ojo. Llevaba un sombrero que le cubrí­a unas incipientes entradas y alguna que otra maltrecha cicatriz. Olí­a a tabaco y a mujeres, pero no se veí­an ninguna de esas dos cosas cerca. También olí­a a suciedad y alcohol y eso sí­ rezumaba más.
El hombre echó un gargajo verde esmeralda y mostró una sonrisa en la que faltaban más dientes de los que habí­an.

-Por fin te encontramos, alterador.
-¿Altera qué? Creo que os habéis equivocado...
-Nunca nos equivocamos.
-¿Y cómo lo sabéis?
-Tenemos nuestros... "métodos"... Acompáñenos en nuestro viaje, le daremos comida, bebida y resolveremos tus dudas.

El errante tení­a demasiado claro que aquello era una trampa pero, ¿cómo decirle que no a un plato caliente? O aunque no hubiese plato alguno, un mendrugo de pan le valí­a también.
Además, en caso de emboscada, sabí­a defenderse... Los años de peregrinaje le habí­an enseñado algunos trucos.

-Está bien, pero más os vale tener un buen plato de cocido esperándome.
-Eso no lo dude, alterador.

Los dos se dirigieron a la cuerda y se agarraron a ella mientras, desde arriba, tiraban por subirles.
El barco medí­a como cinco metros de altura, sin contar las mástiles.
En la proa del barco les esperaba el resto de la tripulación. Trece personas en total. Todos igual de harapientos que el capitán.
Al verles aparecer todos comenzaron a gritar de júbilo

-Fred, tráele un cuenco de estofado a nuestro invitado.

Fred corrió dentro tan rápido que levanto el polvo de la cubierta.

-¿Y esta es toda tu tripulación?
-¿Para qué más? Así­ puedo saber quién planea traicionarme.
-Inteligente. Muy inteligente-contestó divertido. Veí­a que el capitán sabí­a cómo llevar a toda aquella gente.

A los pocos segundos apareció Fred con un cuenco a rebosar de comida. Las patatas y algunos trozos de carne nadaban en humos y caldo. El aroma era tan fuerte que se coló por las ví­as del invitado haciéndole sonar las tripas y provocando un gran cacareo.

-Parece que llevabais tiempo sin probar bocado, alterador.
-Tampoco te creas... Es el aroma, me recuerda a los estofados que hací­a mi señora.
-¿Y cómo es que habéis terminado aquí­, perdido de todo?-preguntó el capitán mientras le indicaba un lugar donde acomodarse.
-Cuando falta el amor, el hombre hace locuras. Pero, bueno... Habiendo saciado las dos primeras cosas, dí­game, ¿qué es eso del alterador y por qué estáis tan convencidos de que yo soy uno de ellos?
-Veo que no sois una persona que se ande con rodeos. La verdad, explicarlo es más difí­cil. Cuando comáis os lo mostraré. Y si necesitáis cualquier cosa sólo tiene que pedí­rselo a Fred. Es un buen grumete...

El capitán se marchó con el resto de la tripulación dejando al trotamundos allí­, solo, comiendo tranquilamente. Cada vez podí­a palpar más el aroma de la trampa: ¿Y si la comida está envenenada? Se dijo. La olisqueó como si fuera un perro. Aquello olí­a bastante bien, demasiado bien.

-No está envenenado....
-¿Cómo?
-La comida. Que no está envenenada-sentenció Fred-. Además, nos interesas más vivo que muerto. Serí­a una estupidez matarte...
-¿Cómo que os intereso?
-Ya te lo habrá dicho el capitán. Te estábamos buscando.
-¡FRED!-le espetó el capitán.
-¿Sí­, señor?
-Deja a nuestro invitado comer en paz. Tiene que coger fuerzas si quiere ver la sala.
-Vale, señor.

Con la seguridad de que aquello no estaba envenenado, el plato duró poco más de cinco minutos sobre la mesa. El capitán se acercó a él y le tendió un cigarro pero éste lo negó en rotundo.

-Capitán, ¿cuáles son esos "métodos"? ¿Y la sala esa?
-Tranquilo... Tú sí­gueme.

Ambos se fueron para los camarotes del barco escudados por el resto de la tripulación.

-¿Y qué clase de piratas van por ahí­ buscando hombres? ¿Tenéis una especie de brújula de personas?
-¿Quién ha dicho que seamos piratas?-rió el capitán
-El barco lo disimula muy bien... Bueno, y si no sois piratas, ¿qué sois?
-Pues adivinos. ¿O no? ¿Verdad, Fred? Dile, dile. Dile cómo tú puedes leer los posos del café.
-Sí­, señor. Y lo hago a las mil maravillas. También está Ted que lee las lí­neas de la mano y Trebor que saber ver el futuro en nudos de soga.
-Entonces... ¿Me habéis encontrado leyendo unos posos de café?
-Oh, no. Desde luego que no. A ver, sí­, tenemos una especie de "brújula"-dijo el capitán mientras se levantaba el parche.

Allí­ donde antaño habí­a un ojo ahora residí­a una esfera de cristal que, desde la vista ajena, tení­a cientos de luces.

-¿Pero qué demo...? -dijo mientras hací­a ademán de llevar el dedo al cristal.
-Fue un "regalo".
-¿Regalo?
-Un viejo amigo, El Ladrón.
-¿Pero... Un ladrón?
-No. El Ladrón. Era su nombre... Bueno, era más largo, más bravucón; "El Ladrón de Ideas" se hací­a llamar... Valiente gilipollas, aún se la tengo guardada por la que me hizo. En fin... Parece que hemos llegado a tu habitación.

Frente a ellos, habí­a una puerta de la cual emergí­an sonidos de maquinaria pesada y algún que otro destello. El capitán se adelantó y abrió la puerta. Un olor a podrido emergió como queriendo escapar con la credulidad de ser libre. Dentro de la sala sólo una leve luz tenue y pequeños destellos aleatorios.
Al fondo, con un centenar de cables enroscados al torso y a la cabeza, se hallaba el cuerpo de algo que parecí­a ser humano.
El capitán se acercó e instó al invitado a hacerlo. í‰ste avanzó hacia la persona que tendí­a de la maquinaria. Tení­a los ojos en blanco y daba espasmos cada poco tiempo. Los cables se incrustaban y atravesaban la piel por varias zonas: la cabeza, las muñecas, el pecho y las corvas.

-Pero... ¿Qué tipo de salvajada es esta?
-¿Salvajada? Ninguna. Es un alterador, como tú. El combustible de nuestro barco. Pero ya se está volviendo viejo y no nos sirve para navegar, por eso te necesitábamos.
-Si creéis que yo me dejaré hacer semejante majaderí­a estáis muy confundidos.
-Nadie ha dicho que tengas que hacerlo de buena fe. Siempre podemos obligarte. Es más, es nuestra especialidad.
-Pues esta vez os saldrá muy cara. No sabéis con quién estáis hablando-respondió mientras apretaba el puño, clavando las uñas en la carne y notando cómo la sangre fluí­a por la mano.
-¡Ey, Fred! Que dice que no sabemos con quién estamos hablando-todos estallaron en risas-Mira, puedes dejar que te pongamos los cables o... Te podemos dar una paliza y ponerte los cables. Tú eliges si quieres hacerlo con todos los dientes o sólo con los que te dejemos.
-Puede que a este infeliz le pudierais avasallar pero a mí­ no. Yo vengo de Dhurmen. He estado en su guardia y me he enfrentado a cabrones más grandes que vosotros. Yo soy Xelk y aquí­ es donde se acaba vuestro juego.

Xelk extendió las manos y comenzó a concentrarse. Un brillo rojo empezaba a formarse alrededor de sus palmas. Los piratas le miraban, con cierto aire despreocupado. Aquel juego lo conocí­an.
De las manos de Xelk manó una enorme bola de fuego que fue lanzada con virulencia a la tropa pero, a pocos centí­metros del capitán, se desintegró como si nunca hubiera existido.
Xelk miró al infinito, incrédulo.

-¿Pero qué...?
-¿Ves como eres un charlatán?-respondió el capitán.
-No es posible.
-No eres el primer alterador al que nos enfrentamos y, con los años, el diablo aprende algunos trucos.

Xelk volvió a concentrarse pero los piratas cargaron contra él. Antes de que la siguiente bola de fuego saliera de sus manos tení­a a dos tripulantes sobre su cabeza.
Los años en la guardia le habí­an dado unas aptitudes básicas en defensa al enfrentarse a todo tipo de bandidos, así­ que los evitó con una solvencia pasmosa y aprovechó para darle un codazo al más cercano, haciéndole tambalear y soltar la espada.
Con una floritura, Xelk, agarró la espada al vuelo y le dio un tajo en plena cara al segundo pirata al tiempo que se echaba un par de pasos hacia atrás.

-Esto es nuevo-bramó el capitán con una sonora carcajada que devoró las palabras-. No os dejéis sorprender y recordad: necesitamos al alterador vivo.

El resto de la banda desenvainó las espadas y se lanzaron al ataque.
Xelk hizo un recuento rápido; tení­a a un pirata en una esquina sangrando, otro sin espada y once más cargando contra él.
Lo siguiente minutos pasaron rápidos, demasiado. Entre esquivas y ataques. Lances y paradas. Cuando Xelk quiso darse cuenta, habí­a dejado a la mitad de la tripulación malherida y la otra comenzaba a mostrar sí­ntomas de fatiga. Xelk también notaba el cansancio surcando su espina dorsal pero no quiso dar cuenta de ello a sus rivales. Los años de errante habí­an mermado bastante sus capacidades.
El capitán se quitó el chaleco y el cinturón a la par que desenvainaba la espada. Aquello debí­a terminar se decí­a.

-Venga, niños, haceos a un lado. Es hora de que pruebe el acero de Orgal-dijo mientras besaba su espada.

Los piratas se apartaron y dejaron a su lí­der atacar.
Orgal se lanzó en una embestida que casi pilla desprevenido a Xelk. Con un pequeño movimiento, consiguió desestabilizar la carga y asegurar el pie en el firme. Las idas y venidas de las espadas iban inundando la habitación del ruido del entrechocar de sables. El pelo negro del capitán comenzaba a adherirse a la cara de este a causa del sudor y, Xelk, notó que el capitán no estaba acostumbrado a batirse en duelo con alguien experimentado. Eso le dio cierto espí­ritu combativo pero, al mismo, algo de arrogancia lo que hizo que se relajase y no viera el lance directo al brazo.
La espada le rozó como el beso de unos amantes, llenándolo todo de carmí­n.
Xelk tiró la espada a causa del dolor y se quedó cerca del cuerpo plagado de cables. Ahora sí­ estaba perdido.

-Bueno, rufianes, parece que el nuevo ya no tienes muchas oportunidades. Partidle los dientes, las piernas y, sobretodo, los brazos. Este cabrón ha encontrado su sino.

Xelk ya contaba los segundos que le quedaban de estar consciente. Veí­a su futuro, atado a aquella cosa para hacer funcionar ese barco del modo que fuera. Cerró los ojos. Si le iban a destrozar, no querí­a verlo.
En ese momento, algo en su interior le obligó a lenvantarse, a cargar contra aquella marabunta y así­ lo hizo. Sin mirar donde poní­a los pies, embistió como un toro bravo.
Una luz aplacó el negro que veí­an sus ojos y su avance fue detenido en seco. í‰l notaba cómo moví­a los pies pero no avanzaba.
Abrió los ojos.
Ante él, se hallaba una figura imbuida en luz y en una túnica gris. Todos los enemigos estaba flotando, hasta el capitán.

-¿Y tú...?

La figura le miró. Tení­a un ojo de cada color.

-No... No puedes ser él...

Aquella figura... Era él, no habí­a duda pero su aspecto... Era mucho más joven, a penas tendrí­a unos veinte años.

-Eres tú, ¿verdad? ¿Eres Fergüil?

Fergüil le miró y mostró una leve sonrisa
La figura cerró uno de sus puños y los cuerpos de los piratas se redujeron a poco más que partí­culas de polvo.
Xelk reparó en la manos de él. Tení­a casi todos los dedos de color negro, como si fuera el color de su piel.
Fergüil se giró, sin dejar de mantener a Xelk suspendido en el aire.

-Ay, Xelk, Xelk... Vaya lí­os en los que te metes... Aunque veo que has mejorado mucho desde nuestra última vez.
-¿Cómo es posible? Han pasado más de veinte años y tú...
-Todo a su momento. Pero, por ahora, tengo algo que proponerte.
-Y yo muchas preguntas que hacerte.
-Si me sigues tendrás tus respuestas.
-¿Y qué es esa propuesta?
-¿Me dejarás que te instruya?
-¿Qué? No, ¿estás loco?
-Pues entonces no me queda otra...

Xelk cerró los ojos.


El hombre con más suerte del mundo.

"Cuarta nota de suicidio:
Sí­. Esta vez me he cerciorado de todo. La soga está bien atada a mi cuello, le he hecho un nudo triple con tirabuzón que aprendí­ de un gran marinero. La roca es pesada como ella sola, he necesitado de dos porteadores para traerla hasta aquí­. La altura del puente al suelo es más que suficiente para no quedarme de pie ni para que un cualquiera me salve. Como ve, querido anónimo que ha encontrado mi cuerpo, me he tomado las molestias más que necesarias para que mi cuerpo fenezca de una vez y no es que las cosas me vayan mal, al contrario, todo me va bien. DEMASIADO bien y eso es lo que me molesta. La suerte, a veces, es mala compañera. Así­ que, por favor, queme mi cuerpo, entierrelo lo más profundo que pueda y si tiene algún contacto con la diosa fortuna haga como yo, sólo le traerá desgracias.
Hyrum."

Tras terminar de releer la nota, la dobló perfectamente y la guardó en el bolsillo derecho de su chaleco. Se asió la soga al cuello y se dispuso a saltar. Cerró los ojos y tomó un último aliente.

-Venga, ya queda menos para que todo esto acabe...
-¡AAAAAAAAAAAGH!-un grito ensordecedor rompió su momento de concentración.
-Lo siento, pobre infeliz, ya no es mi problema-respondió al aire con una sonrisa.

Después, dio el primer paso al vació y el segundo. Como una hoja en otoño cayendo del árbol, Hyrum se tiró del puente. Fue una lástima que no tomase un par de segundos más para comprobar el estado del mismo pues se habrí­a dado cuenta de que un pequeño saliente estaba lo bastante afilado como para rajar la cuerda. Es más, así­ ocurrió.
La cuerda se deshilachó y, lo siguiente, fue el ruido amortiguado de Hyrum cayendo sobre algo bastante blando.

-Pero qué cojon...
-¡Oh! Mi salvador-contestó una voz cercana, masculina.
-¿Qué ha pasado ya? ¿Sigo vivo?
-Claro que sigue vivo. Usted. Y yo. Me ha salvado de éste maleante.
-Oh, mierda... ¿En serio? ¿Otra vez?

Era su cuarto intento de suicidio frustrado y el tercero en el que salvaba la vida de alguien.

-Por favor, déjeme agradecérselo.
-No, mire... Verá es simple. Yo...
-Señor, me ha salvado la vida y no voy a permitir que me de una negativa por respuesta. Usted hoy cena caliente, en mi casa.
-Venga, no me jodas...-dijo para sí­ mismo.
-Verá, yo soy el señor de unas grandes tierras, aquí­ al lado y mi educación me impide no agradecérselo con un buen plato de comida y una cama caliente.
-Sí­, si lo entiendo, señor. Pero verá...
-¡QUE NO! Además, así­ le presento a mi hija, la menor. Aunque ya no es tan menor, ¿sabe? Queremos la desposar ya a ver si nos da una alegrí­a.

Era la octava vez en ese mes que alguien le ofrecí­a la mano de su hija pequeña.
Hyrum se quitó la soga del cuello y sacó el papel de la chaqueta: "Nota para el quinto intento: Comprobar los saliente." Pensó. Tras ello, rompió la carta en mil pedazos.
El hombre le tendió la mano para ayudarle a reincorporarse.

-Pues como le digo, yo poseo muchas tierras y...

Hyrum desconectó de la verborrea del hombre aquel. "¿En serio? Ni morirme en paz puedo... ¿Se puede saber qué hice mal para tener esta suerte?"-Hyrum miró al cielo. "Sí­, te lo digo a ti, maldito bastardo, ¿qué te he hecho?" levantó el puño y soltó un bufido.

-..., tenemos unos establos enormes y, como le digo, podrá dormir caliente. Venga, venga-seguí­a el hombre mientras le cogí­a del puño-, ya le digo yo, hoy comerá como nunca y comprobará que no hay mujer más hermosa que mi hija.

"Ya... Eso me dijeron los siete anteriores..."- Hyrum miró al suelo-"En fin, ¿qué demonios? Puta suerte la mí­a..."

-Entonces dice que comida, ¿no? Pues vayamos...-contestó mientras quitaba el polvo de la ropa.

La caminata hasta la casa del hombre fue más corta de lo que creyó Hyrum. Lo que a él le pareció una hora de agoní­a escuchando todo lo que aquel hombre querí­a darle, en realidad, duró poco más de veinte minutos.
La hacienda hacia la que se dirigieron era lo suficientemente grande como para albergar a varias familias en su interior. Y cada una con una familia de caballos y de criados, por supuesto.
Hyrum estaba acostumbrado a ese barroquismo. Llevaba años cenando en casa de ese talla, ya fuera por salvar al señor, a la señora o por impedir, de algún extraño modo y que no lograba comprender, el ataque de unos furtivos.

-Cariño, tenemos un invitado-clamó el hombre conforme abrí­a la puerta.
-¿De quién se trata esta vez?-contestó una voz de mujer, en la distancia-¿No habrás vuelto a traer al Sr. Dom, verdad? Sabes que no aguanto sus charlas y su intentos por llevarnos a ese credo suyo...
-No, tranquila. í‰ste es un héroe, no un charlatán de tres al cuarto.
-Bueno, héroe... -intervino Hyrum-. Creo que se está pasando señor...
-Chico, llámame Gund y déjate de formalismos. Me has salvado la vida y eso es un hecho. Y ahora sí­gueme, te presentaré a mi hija, Jullie.

Gund le hizo un tour a Hyrum, le enseñó la casa en menos de cinco minutos pese a que, la habitación que buscaba, estaba al lado.
Gund abrió la puerta del cuarto de su hija de par en par. Allí­ se encontraba ella, frente al tocador, repeinándose la gran mata larga de pelo rojo que le llegaba hasta más allá de la cintura, por donde la espalda pierde el nombre.

-Jullie, querrí­a presentarte a alguien. No querrí­a insistir pero...
-Padre, siempre lo hacéis. Acordaos: el hijo de Febren, el hombre aquel de la túnica rara, tu amigo el charlatán... Siempre que me presentáis a alguien es para lo mismo. No voy a-Jullie se giró para mirar a su padre directamente a los ojos pero, por un casual, reparó más en Hyrum, al cual repasó de arriba a abajo-... ¿Quién es el atí­pico invitado de mi padre, si puede saberse?
-Es un héroe, cielo. Me ha salvado la vida.
-Pues para ser un héroe no lleva ni un blanco corcel ni una brillante armadura...

Jullie se levantó, dejando el cepillo descuidadamente y ojiplática, dirección a Hyrum.
"Vale, sí­, es hermosa pero..." se dijo Hyrum.

-Pero bueno, ¿cómo se llama el héroe de mi padre?-preguntó Jullie con un leve colorear de mejillas.
-Emm... Morthaj. Sí­, me llamo Morthaj.
-¿Morthaj? ¿Cómo el Monstruo Cí­clope?
-Sí­, el mismo. Mi madre era bastante literata y siempre le gustó y eso... Bueno...
-Y acertada... Sois igual de bello.
-Sí­, puede... Pero yo conservo los dos ojos.

Aquella broma no tuvo el éxito esperado por Hyrum. Padre e hija empezaron a reí­r como urracas.

-Bueno, Morthaj, creo que la cena está ya casi lista. Será mejor que bajemos-dijo Gund.
-Si no es mucha molestia, necesito ir al escusado. Ya saben, uno es humano y...
-Sí­, claro. Allí­, segunda puerta a la derecha.

Hyrum fue dirección al baño. í‰ste estaba perfectamente adornado y engalanado en un blanco neutro que casi cegaba.
Lo bueno que tení­a aquel baño era que estaba lo suficientemente alejado del salón y lo más cercano a la verja. La huida era cosa fácil. Es más en poco menos de diez minutos, Hyrum, estaba fuera y volviendo a recorrer las calles maquinando un nuevo plan con el que dar por finalizada su vida de suerte y tortura.

Ya casi lo tení­a. Quizás algún tipo de pértiga donde la gravedad hiciera el resto. O contratar a algún cru de modo anónimo, esos tipos nunca fallaban sus misiones. O mejor aún, ¿y si optaba por cruzar el Otro Mar? Allí­ dicen que hay un bosque donde nadie vuelve con vida... También está el desierto, las leyendas cuentan que existen grandes galeones que surcan sus arenas; si no lo mataba el sol lo harí­an esos espectros piratas... La verdad, morirse, parecí­a cada vez más fácil. También podrí­a...

-Tú.

Hyrum seguí­a absorto en las ideas de su muerte. A cada segundo lo tení­a más claro.

-Te estoy llamando a ti, maldito farsante.

También podrí­a probar a vestir el negro cru, pero eran demasiadas molestias para algo tan pequeño.

-¿Pero me quieres hacer caso?

Otra opción era hacerse mercenario, total, no sabí­a ni blandir un arma.
Una mano se posó sobre el hombro de Hyrum.

-YA ESTÁ BIEN, ¿NO?

Aquellos ojos llenos de ira parecí­an un puñal. Nunca habí­a visto unos ojos así­. Bueno, sí­, cuando intentó suicidarse por primera vez y fracasó.
Su aliento olí­a a rosas y nueces y un mechón se colaba por los ojos ambos igual de ardientes.

-¿Tú qué haces aquí­?
-Te he visto huir de mi hacienda y querí­a saber qué tramabas. Algo me dice que no eres quién dices ser, ¿verdad, Hyrum?-contestó Jullie mientras mostraba un pequeño pedazo de papel lleno de tierra donde se veí­a claramente su nombre.
-¿¡EN SERIO!? ESTO YA ES LO íšLTIMO-gritó Hyrum mirando al cielo y alzando el puño con violencia.
-¡Eh! Tranquilo. Sólo quiero que te expliques, nada más...
-No es por ti. Es todo. Toda mi vida. Es como si hubiera algún maldito bufón escribiéndola.
-Pamplinas-contestó Jullie con una sonrisa-. Aunque me gustarí­a oí­r más acerca de esas quejas tuyas...
-¿Quejas? Estoy deseando morirme. Esto no es vida. Todo me sale bien, hasta lo que no quiero. Y no sólo para mí­, para los demás. Joder, que a mí­ no me gusta la gente. Lo único con lo que soñaba era con tener una vida tranquila, sencilla... ¿Tanto estoy pidiendo? Y ahora ni siquiera puedo morirme tranquilo y en paz.
-¿Y por qué no te alegras de ello? Piensa que a no todo el mundo le salen bien las cosas...
-¿Y eso de qué me sirve? Esto es un sinvivir. Como el trozo ese de papel... Si lo rompí­ cuando salvé a tu padre, ¿cómo demonios ha llegado hasta ti?
-El destino, quizá...
-¿El destino? Eso no existe, muchacha. Si juego contra él y siempre pierdo...
-Igual... No sé, no será tu momento.
-Mi momento llegó el dí­a de mi nacimiento. Nací­ marcado. Es más, te lo voy a demostrar.

Hyrum cogió a la chica de la mano y se la llevó calle arriba, donde estaba la fuente, de un modo tan rápido y violento que le dieron arcadas.
Al llegar, él, empezó a mirarlo todo. El sitio estaba tranquilo, a penas habí­an personas por los alrededores.

-¿Tienes una moneda?-preguntó.
-Sí­, pero sólo una...
-Es igual, dámela.

Jullie, con cierto recelo, le entregó una pieza de veinte sueños.

-Niña, ¿no tení­as algo más pequeño...? Bueno, imagino que valdrá.
-Pero... ¿Me la devolverás?
-Si me conozco tanto como creo, con creces.

Hyrum cogió la moneda y se puso de espaldas a la fuente. Cerró los ojos y la tiró por encima del hombro.
La moneda comenzó a rebotar por el agua de la fuente hasta llegar al parapeto y salió disparada hacia un árbol cercano donde descansaban unos pájaros de todo el ajetreo diurno.
A causa del impacto, emprendieron el vuelo. Uno de ellos, algo tozudo, se desvió del grupo y surcó parte del tejado más cercano donde, algún rufián, creyó haber elegido el lugar más secreto para ocultar una caja de madera.
El pájaro chocó contra la caja que se deslizó sobre las tejas y, tras caer a la calle, rodó hasta los pies de Hyrum. Allí­, por inercia, se abrió de par en par revelando su interior: más de doscientos cincuenta sueños.

-¿Ves? Ahí­ tienes tu rem y algún incentivo...
-Pero-Jullie estaba perpleja. No podí­a entender aquello-... El dinero no es tuyo.
-Ahora sí­.

Hyrum se echó a los bolsillos algunas monedas y comenzó a bajar la calle.

-¡Eh!-le gritó Jullie.
-¿Qué pasa ahora?
-Que... ¿Adónde vas?
-¿Pues dónde quieres que vaya...? A ver si consigo morirme de una vez...

Y Hyrum continuó su trayecto calle abajo, sin mirar atrás, refugiándose en todas las formas que se iban creando en su cabeza para, de una forma u otra, terminar muerto.

La calle enmudeció, sólo se escuchaban las pisadas y los murmullos de una sombra que se alejaba. Qué mala suerte que no echase la vista atrás por un momento.

Eggest

Junio 07, 2014, 02:57:19 #3 Ultima modificación: Junio 07, 2014, 03:06:50 por Eggest
Relo

La oscuridad era reinante en la ciudad pese a verse violada, de vez en cuando, por las luces que portaban los serenos. No eran muchos pero sí­ los suficientes para mantener controlado el lugar... O eso se creí­an ellos.
Un filo invisible cruzaba cada noche, de punta a punta, aquel amasijo de casas de madera y adobe en busca de material. Daba igual que fueran un par de onirs o un gorrino, todo lo que sirviera para llenar el buche era secuestrado con una sonrisa en la cara.
Se moví­a como una sombra y evitaba los faros; era mejor una jornada de calabozo que una muerte pues, total, en la cárcel se le daba alimento y cobijo.
Además, lo importante, ya lo tení­a cubierto. A primera hora de la noche se pasó por "El Corderito Feliz" y pidió una cerveza. Aún le aguardaba sobre la barra, estaba seguro.

La noche estaba saliendo bastante mejor que de costumbre. Habí­a entrado en la vieja casa de los Flynn y se habí­a "encontrado" unas mantas de buena calidad, un machete con el filo engarzado en oro y cerca de veinte onirs. Con ello podrí­a hacerse una cerveza y, seguramente, dormirí­a acompañado.
Después de ella se dirigió al este, querí­a quitarse aquel arma de las manos y sabí­a que le pagarí­an bien por ella: unos 20 sueños, por lo menos.

Iba caminando despreocupado y con una inmensa sonrisa cuando reparó, por un momento, en el espejo de un escaparate: "Ay, Relo, hoy sí­. Hoy hemos triunfado" se dijo mientras se despeinaba, con aire jovial, el pelo negro y rizado. Luego se llevó la mano a la barbilla, la barba comenzaba a aflorar: "Parece que necesitaré, también un afeitado..." continuó y sonrió.

Salió de la casa de empeños contento, le habí­an dado más de lo que creí­a. Pero la felicidad le duró poco. Al poco de salir, unos focos le alumbraron la cara.

-¡Pero qué...!

Relo salió corriendo, calle abajo, sin mirar ni reparar en la procedencia de las luces, sabí­a que sus portadores eran dos guardias.
Relo corrió y corrió, ya ni sentí­a las piernas. Pensaba que morí­a de asfixia cuando vio su salvación, una taberna abierta.
Entro a trompicones, llevándose la puerta por delante. La taberna estaba bastante desierta, lo normal en esas horas, ya habí­a sonado la tercera campanada.
Se sentó en un taburete alejado de la ventana pero donde podí­a verla con claridad. Pidió una cerveza y la acompañó con 5 onirs más y las palabras de que llevaba allí­ toda la noche a lo que el tabernero asintió y confirmó con una sonrisa.
El tiempo pasó y allí­ no entró nadie. Al contrario, la gente empezaba a irse.
Cuando Relo decidió que era la hora perfecta para marchar la puerta se abrió de par en par. El nuevo cliente era bastante fuera de lo común. Bajito, rechoncho y con más cabeza que cuerpo. Pero aquello no era lo extraño. Sus orejas fueron las que le llamaron la atención. Eran puntiagudas.
Relo se quedó contemplando a aquel ser. í‰l, por su parte, se dirigió a la barra con unos andares danzarines y se sentó en el taburete contiguo.

-Una cerveza cuando pueda-dijo. Aunque más que dijo, cantó.

Relo no podí­a apartar la vista de aquel hombrecillo. De su pelo pelirrojo y sus orejas puntiagudas.

-Parece que somos los únicos, ¿eh?
-¿Cómo...?-preguntó Relo saliendo del ostracismo en el que se hallaba.
-Pues eso, que estamos solos-le contestó, riendo y cantando. Era inquietante.
-Ah... Sí­... Sí­...

Pasaron unos segundos hasta que le sirvieron la bebida la cual ingirió como si llevase semanas sin probar ni gota.

-¡Ey! Pues no está nada mal esta cerveza. Nada que ver con la de mi tierra pero oye...
-¿Y de dónde es usted? Si no es mucha intromisión...-preguntó Relo, colorado.
-De lejos. De bastante lejos. De más allá de donde mueren los sueños...
-Pero... ¿Es nuevo en Dhurmen, verdad?
-¿Qué? No. Para nada. Llevaré como veinte años aquí­. Me gano la vida como puedo, ya sabe-le dijo mientras señalaba el laúd que portaba en la espalda-... A veces un poco más otras un poco menos. Pero siempre hay algún sitio dispuesto para dejar tocar a este bardo. ¿Y usted? ¿Es de aquí­?
-Sí­. Nací­ aquí­, crecí­ aquí­... Pero espero salir algún dí­a.
-Lo hará. Ya verá-le contestó con una amplia sonrisa.

Relo y el pequeño siguieron hablando durante largo tiempo. Hablaron de muchas cosas pero, al mismo tiempo, de nada. Hablaban y bebí­an. Y así­ terminaron, saliendo de la taberna, abrazados, como dos hermanos que llevaban mucho tiempo sin verse.
Los dos bajaron por la calle principal, dando tumbos, cuando unas luces emergieron de una de las esquinas. A Relo se le bajó la borrachera de golpe y enganchó al hombre de la casaca y comenzó a correr calle arriba.

-Venga, es hora de correr.
-¿Correr? ¿Estamos locos? Que mis piernas no saben correr.
-Pues ha llegado el dí­a de que aprendan.
-Sí­, hombre... Tú déjame a mí­-le contestó mientras se enfundaba el laúd entre las manos.

Mientras corrí­an, el pequeño, comenzó a tocar el laúd. De sus manos comenzaba a salir un brillo que detuvo el avance de Relo durante unos segundos.

-¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? ¡Que tenemos que correr!
-Te he dicho que me dejes a mí­, que sé lo que hago.
-Si supieras las veces que me han dicho eso y no lo sabí­an...
-Pues esta vez es de verdad-le dijo mientras reí­a.

Del laúd emergió un gran haz de luz que se posó a pocos metros de donde se hallaban.

-Ale, solucionado.
-¿Cómo que solucionado? ¿¡No ves que los guardias siguen acercándose!? Tenemos que seguir corriendo.
-Uff...

Al final, doblaron una esquina y se guarecieron allí­ durante unos minutos. Las luces ya no les seguí­an.
Relo se asomó un poco y vio que ya ni estaban.

-¿Se puede saber qué has hecho?
-Ya te he dicho que sabí­a lo que hací­a...
-Estás jodidamente loco, enano.
-Gnomo.
-¿Cómo que gnomo?
-Pues eso, que no soy un enano. Soy un gnomo.
-¿Y también tienes un nombre raro con multitud de consonantes y letras extrañas, no?
-No, hombre, eso es para los elfos. Yo me llamo Brim.
-¿Brim? Pues vaya nombre más estúpido...
-Mejor que Relo, la verdad-le contestó con sorna.
-Ya, claro... Bueno, será mejor que me largue. Ya es tarde y dudo que la noche me depare nada bueno... Ya nos veremos.
-Eso no lo dudes.

Relo se marchó del lugar, sin reparar en las calles que pasaba ni en lo que le rodeaba. Sólo tení­a una pregunta alborotando su cabeza: ¿cuándo le habí­a dicho su nombre?"

La noche pasó así­ como gran parte de la mañana. Relo se dispuso a salir del catre cuando el estómago le rugí­a, esa era la hora correcta.
Se dirigió hasta la alacena y secuestró un par de mendrugos de pan y un poco de queso así­ como un poco de vino que utilizó para deslizar mejor todo lo sólido por su gaznate.
El resto de la tarde siguió pasando y él, para variar, se dedicaba a contemplar el cielo deseoso de que se oscureciera. Al llegar la luna, se marchó.
Como de costumbre, sus primeros pasos le dirigieron hacia "El Corderito Feliz".

-Frank, una cerveza, cuando puedas.
-Aún tienes ahí­ la de ayer.

Relo miró el vaso de la noche anterior.

-Ya, bueno, pero no me la voy a beber, como comprenderás...
-¿Ah, que esta te la vas a beber?
-Sí­, esta sí­... Pero deja la otra ahí­, que aún no sé qué me depara la noche.
-Ay, granuja-le contestó con una gran sonrisa mientras le entregaba el vaso nuevo-... Y qué, ¿cómo te fue anoche?
-Pues curiosa, la verdad... ¿Sabí­as que hay un trovador errante por ahí­?
-Hay muchos, joder.
-Ya, pero este es distinto.
-Tú dirás. Sabes que siempre he estado dispuesto a oí­r historias-dijo señalando a los parroquianos.
-Era bajito.
-Pues como Fred.
-Y cabezón.
-Pues eso, como Fred.
-Y con orejas puntiagudas.
-Pues eso, como Fr... Espera, ¿orejas puntiagudas?
-Sí­. Y hací­a cosas raras con esa guitarra suya.
-¿Te dijo su nombre? A lo mejor lo contrato a ver si me espanta a los que no pagan- y echó una rápida mirada asesina a uno de los parroquianos.
-Brim.
-No me suena.
-Estoy por ir a buscarlo. Me debe dinero.
-Uuuh. Malo. Ya sabes lo que pienso de la gente que no paga-y volvió a echar otra mirada asesina al mismo parroquiano.
-Pues sí­, llevas razón. Bueno, aquí­ te dejo lo de hoy-contestó soltando una moneda negra sobre la barra-. Nos vemos mañana, Frank.
-¿Mañana? Pues yo te sigo viendo...
-Maldito cabrón-se despidió Relo con una risa mientras salí­a por la puerta.

Relo se volvió a dirigir a la taberna donde pasó la noche anterior. No le costó mucho y, al no tener el miedo en el cuerpo, no le importaban los faros que veí­a. Es más, a algunos, los saludaba de grato gusto. También es que era pronto.

El lugar estaba bastante concurrido. Al fondo, en la chimenea, habí­a un cru que miraba el fuego como quien mira el abismo donde se halla la propia alma y, de fondo, se escuchaba el cuchicheo de una aventurera que narraba historias del Otro Mar.
Relo se dirigió directo a la barra.

-¡Ey! Una cerveza.
-Sí­, claro-le contestó el camarero de la noche anterior. A los pocos minutos volvió a aparecer con la cerveza en la mano.
-Gracias. Oye, querí­a preguntarte una cosa.
-Tú dirás. Aunque yo también me estaba preguntado el cómo podí­as estar vivo con todo lo que bebiste ayer...
-Es sobre eso. ¿Recuerdas al pequeño que estaba conmigo aquí­?
-¿El pequeño?
-Sí­, ya sabes. Cuando se fue todo el mundo, nos quedamos nosotros dos solos. Bueno, los tres, contándote a ti.
-Emm... No. Estabas tú solo. Ahora, sí­ que es cierto que hablabas como si fuerais dos. No callabas ni bajo el agua-rió.
-¿Solo?
-Sí­, estabas solo. Te fuiste de aquí­ abrazando al aire. Que, oye, normal. Con todo lo que llevabas en el cuerpo...

Relo se quedó un momento pensativo. Aquello no le cuadraba. ¿Y todo lo vivido anoche?

-¿Alguna otra cosa o me vas a montar la misma de anoche?
-¿Eh? No, no... Toma, el sueño.
-Gracias.

Relo se bebió la cerveza y salió del lugar. Iba tan pendiente de sus pensamientos que no se dio cuenta de que chocó contra un hombre ni de que esté iba embadurnado en sangre.
Al salir se quedó un momento apoyado en la puerta.

-Brim... ¿Quién demonios eres?


Predicciones

La noche estaba en su cenit y las únicas luces provení­an de una gran fogata. Sobre ella, se erigí­a un monumento al año que acababa, un gran palo con una bifurcación y una tela elástica colgando de sus cúspides.
Rodeando la fogata se hallaba una gran cantidad de gente danzando a su alrededor al sonido hipnótico de una cantinela orquestada por un hombre mayor de largos cabellos plateados que cubrí­a su rostro con una máscara. La máscara era de madera y tení­a inscripciones en un crí­ptico y arcaico idioma que ya casi ni se veí­a. Al menos en el continente del este, al Otro Lado del Mar, en los antiguos y polvorientos libros de la biblioteca de Dhurmen.
Como cada año, para festejar el fin del ciclo, la gente se reuní­a allí­ para celebrar la llegada de la nueva época. El chamán y sus seguidores organizaban todos los preparativos con unos cinco o seis dí­as de antelación. Elegí­an el ganado que serí­a sacrificado a los dioses así­ como las mejores colectas para preparar un festí­n digno para dicha festividad.
Durante esos dí­as el caos era algo habitual en el poblado. Todo el mundo iba buscando qué llevar al templo donde su ofrenda serí­a catalogada. Ofrecer algo de poca calidad podrí­a ser considerado una ofensa o sí­mbolo de mala suerte. Especialmente si al encargado de valorarlo se le pasaba por alto. Ya se sabí­a de varios que habí­an perdido alguna extremidad, entre ellas la cabeza.
Todo regalo era llevado al santuario del poblado, rodeado de grandes construcciones con forma de pirámide invertida, para los foráneos, aquellas edificaciones les dejaban con la boca abierta. No concebí­an una forma lógica de crearlas pero los moradores de aquellas tierras decí­an que si sabí­as tejer la realidad podrí­as tejer la roca a tu gusto.
Con la llegada de cada año se construí­a una de estas. El hechicero hací­a las veces de arquitecto y organizaba qué tení­a que hacer cada pueblerino. Verlos trabajar era algo increí­ble: eran veloces, precisos y eficaces.

El primer saliente del palo cayó a la hoguera y, con él, gran parte de la tela comenzó a prender como si se tratase del mismí­simo infierno. Aquel acto llenó de júbilo a los congregados en el lugar.
No pasó mucho más hasta que cayó el segundo con el resto de la tela.
Fue en ese momento cuando el chamán se posó frente a la hoguera y extendió sus manos. Todo enmudeció de golpe.
El hombre comenzó a hacer aspavientos con las manos, tensó las rodillas y los ojos se le pusieron en blanco. De su boca comenzaron a emerger palabras inconexas, palabras en un idioma que nadie entendí­a y pequeñas motas de sangre. El hombre se desplomó súbitamente y empezó a convulsionar.
El tiempo se hizo largo para los presentes pero, en el fondo, era una costumbre. Todos los años eran iguales y, al final, el hombre se levantaba y decí­a algo que explicase cómo serí­a el año o qué traerí­a.
Era una tradición antigua, casi tanto como el sol o la luna.

Los minutos pasaron y él aún yací­a en el firme. Parecí­a que hablaba con alguien. Según la tradición, con los dioses.
Al final, como de costumbre, el hombre se levantó, sus ojos volví­a a tener el tono miel de siempre. Se quitó la máscara, y sonrió con la certeza de que ese iba a ser un gran año.

-Derdubars, nuc aten yesá. Aha doh aten "Bocadillo Chorizo" ettiks*.
-¡AHA BOCADILLO CHORIZO ATEN!-gritaron todos al uní­sono.

Tras ello, los bailes volvieron a comenzar. La gente estaba mucho más feliz que antes, como si supieran que, ese año, serí­a especialmente importante.
El anciano se acercó a otro hombre, rondarí­a los cuarenta, que habí­a a no muchos metros de él, le tocó el hombro y le indicó que le siguiera.
Se alejaron los suficiente para que no repararan en ellos, en la oscuridad y en el silencio.

-¿Qué ocurre señor?
-Creo que malos tiempos para ti.
-¿Cómo de malos?
-Tú tener que marchar de aquí­. Lejos. Haber alguien esperando. Alguien que ser llamado Eriel.
-¿Y por qué es malo?
-Porque no venir solo.
-¿Quién más vendrá?
-Tener gran cicatriz. Cruzar cara-el anciano le indicó con un dedo que iba de un lado al otro de la cara, en posición horizontal. El hombre palideció de golpe.
-No puede ser... Dardo.



*("Derdubars, nuc aten yesá. Aha doh aten "Bocadillo De Chorizo" ettiks" - "Amigos, este será un buen año. Decidle hola al año del "Bocadillo De Chorizo".)



El hombre se llevó la mano a la cara y se limpió el sudor frí­o que le corrí­a por la frente.

-¿Y no hay ninguna forma de evitarlo?
-No. El tiempo pasado, presente y futuro estar ya escrito. No poder evitar consecuencias, sólo prepararnos para ello.
-Y Dardo... ¿Me matará?
-Yo no poder decir eso. Rednar, entender que yo sólo mostrar camino, no llevar a meta.
-Está bien, Gulugue-le respondió con una sonrisa y descansando la mano sobre el hombro el anciano-. Imagino que tendré que partir. No quiero traeros problemas aquí­. Demasiado habéis hecho ocultándome...
-Tú no traer problemas. Tú traer conocimiento y sabidurí­a del Otro Lado del Mar. Tú ser como gran profeta para nosotros. Generaciones hablar de ti durante muchos años.

Rednar llevaba algo más de un lustro en aquellas inhóspitas tierras. Tras su enfrentamiento con Dardo en el norte vivió como pudo hasta que se recuperó de las heridas recibidas. Su estado famélico, la poblada barba y la suciedad le daban un aspecto completamente distinto al que se iba dibujando por las ciudades sobre él.
Una vez se hubo recuperado, se infiltró en una banda de mercenarios y consiguió un pasaje que le llevó al continente del Otro Mar.
Durante meses deambuló como pudo, aceptó misiones que, para cualquier otro, hubieran sido suicidas en muchos casos y acumuló un nivel de riquezas más que considerables. Habí­a matado a reyes, conocido a dioses y se habí­a emborrachado con el pueblo llano.
Finalmente, optó por refugiarse entre las tribus del interior hasta que encontró a los Ekals, la más antigua de todas, que lo adoptaron como un hijo.
En ese tiempo, Rednar, aprendió nuevos estilos de lucha perdidos en mundos civilizados y maquilló tu piel con las pinturas de la aldea. A cambio, ofreció conocimiento y seguridad.
Y, ahora, tení­a que volver a partir sin saber cuál serí­a su rumbo.

A la mañana siguiente ya lo tení­a todo preparado. Con los primeros rayos del sol se encontraba limpiando a Zulumi. Su verde filo relucí­a como el primer dí­a y bañaba el suelo con un fulgor que atraí­a las curiosas miradas de los más madrugadores. Y así­, como vino, se fue.
No se despidió de nadie, sólo del chamán y lo hizo ya la noche anterior.
Con un petate más que abultado comenzó su nueva andadura. Evitaba parar tanto como podí­a, estaba buscando un nuevo lugar donde nadie le conociera, donde no supieran de cómo era su rostro ni de su leyenda.
Tras varios dí­as de andadura se vio en una gran ciudad, Aregan. En cierto modo se sentí­a como en casa, la gente estaba más ocupada de mirar el suelo que pisaba que de las otras personas que le rodeaban. Sus gentes eran, en su mayorí­a, de color. Medí­an bastante más que él y tení­an unos ojos claros.
Con la capucha echada se adentró en la primera posada que vio. No era muy lujosa pero tampoco se caí­a a cachos. Pagó por adelantado todo el mes y, una vez puesto el dinero sobre la mesa, subió a zancadas hasta el cuarto. Dejó las cosas y se marchó a dar una vuelta por el lugar. Querí­a conocerlo, sentir que llevaba viviendo allí­ una eternidad, toda la vida, y no le costó mucho. Su cabeza tení­a un don insólito para formar mapas imaginarios y recordarlos como quien respira.
Las primeras semanas pasaron y, a Rednar, aquello se le hací­a monótono. No querí­a hacer ningún trabajo porque no lo necesitaba, tení­a el suficiente dinero como para vivir holgadamente durante varios años, así­ que deambulaba, como siempre, sin rumbo.
Las estaciones comenzaban a pasar y él seguí­a absorto en esa sensación de querer evitar su destino, fuera el que fuere. Perdí­a las noches en cualquier taberna, ajeno al barullo, pero todo eso cambió un dí­a.
Aquella noche hací­a un viento excesivo, especialmente por el lugar donde se encontraba; acostumbraba a hacer siempre sol. í‰l miraba la jarra de cerveza como cualquier otro mira el fuego, observando su alma, cuando los gritos del fondo le obligaron a observar. Un joven parecí­a haberse enzarzado en una pelea con cuatro tipos más. "Borrachos..." pensó. La cosa comenzó a irse de madre cuando el joven empezó a tirar a los primeros contra las mesas. No miraba hací­a donde los lanzaba, sólo se defendí­a. Finalmente, el tumulto de gente comenzó a aumentar, más de media taberna querí­a cruzarle la cara y, la mayorí­a, sin saber el motivo original.
Rednar se levantó, lentamente, y se acercó al joven.

-¿Va todo bien por aquí­?
-¿Es amigo suyo?-preguntó uno, alto como un roble e igual de fornido.

Rednar miró al joven. Era negro como el tizón, con los ojos claros como el agua y una leve perilla que ocultaba la barbilla.

-Algo así­-sonrió-. Venga, no os pongáis así­ con él. Son cosas de crí­os. Sentaos y pedid lo que queráis, invito yo-concluyó sacando una bolsa de cuero con varios sueños en su interior.
-Está bien, pero si tu amigo no sabe beber que se aleje de estos sitios.
-Ya se lo recordaré....

Los hombres se fueron directos a la barra, con la bolsa en su poder.

-¿Se puede saber qué has hecho para meterte en semejante lí­o?
-Ellos empezaron. Yo sólo le respondí­ a uno que su madre era una burra.
-Ay... Jóvenes... Ven, anda, te invito a algo. Por cierto, me llamo Rednar.
-Se agradece, Rednar. Yo soy Eriel.

Los siguientes dí­as pasaron más rápidos para Rednar. Por las mañanas deambulaba por la ciudad, se hací­a con algunas provisiones y materiales y, por las noches, vagaba hasta la taberna para echar unas cervezas con Eriel y hablar un rato.
El joven se interesaba por las aventuras del cru y éste le contaba todo lo que habí­a aprendido de las tribus del interior así­ como historias y vivencias en el otro continente.
Lo que más le llamaba la atención a Eriel eran las monedas que se usaban en Dhurmen. En Aregan tení­an una moneda, el kuren. Esta era una moneda hecha con materiales bastante básicos como el cobre y la amatista y, después, se recubrí­a en oro. Con treinta kurens podí­as comprar una cerveza y, al cambio, 18 kurens eran un onir.
Además, en Aregan, tení­an un papel moneda que juntaba grandes cantidades de kurens pero a Rednar no le gustaba. En Dhurmen también existí­a, les llamaban promesas, y, entre los cru, existí­a el dicho de que "las promesas mueren al caer la noche."
Esa era otra de las cosas que más llamaba la atención de Eriel, la cantidad de normas, leyes y códigos que tení­a Rednar impuestos sobre su forma de vivir y pensar.
Todo parecí­a que estaba más que en orden pero Rednar no podí­a de dejar de pensar que, en breves, aparecerí­a Dardo pues, Eriel, ya estaba allí­ como habí­an profetizado tiempo atrás.

Con el paso de las semanas y el ir conociendo más y más a Eriel, Rednar, fue relajándose. A veces salí­a a hacer alguna misión que no le tomase más de tres dí­as pues no querí­a pasar tiempo alejado de la ciudad y de su nuevo amigo.
En una de esas vueltas vio que la ciudad estaba más excitada que de costumbre. Las luces inundaban las calles y habí­an carteles por todas partes, por lo visto, un grupo de feriantes habí­an llegado al lugar.

-Deberí­amos ir-le dijo Eriel en la noche de su regreso.
-¿Para qué? La magia como la pintan es pura fantasí­a, muchacho.
-¿Y qué? Quiero escuchar cantar al bardo que traen y, seguramente, hagan alguna representación teatral.
-Seguro que no tiene nada que ver con las historias que yo he vivido... Allí­, en mi pueblo, se cuentan grandes hazañas de valerosos guerreros. Mi madre, antes de dormir, siempre me contaba el cuento de Hyma.
-¿Y esa quién es?
-Hyma era una reina que tení­a el corazón aprisionado en hielo y, un guerrero, se aventuró en su castillo.
-¿Para qué? ¿Buscaba el suicidio?
-No-contestó Rednar entre sonoras carcajadas-. Querí­a enamorarla.
-Pues eso, que estaba loco... Nada que ver con las leyendas de aquí­. Seguro que ni las conoces y por eso las menosprecias...
-Alguna he oí­do.
-Ya... Pero deberí­as verlas. Seguro que la troupe esta hacen la de Dualabel. O la de Ordila y Fereil.
-¿De verdad tienes tantas ganas de ir?
-¿Si no fuera así­ crees que te insistirí­a tanto?-preguntó Eriel con una sonrisa.
-Bueno... Va, qué demonios. Imagino que a mí­ también me vendrá bien desconectar un poco...

Rednar pagó las cervezas y, ambos, salieron de la taberna en dirección a la plaza donde estaba la troupe. Habí­a un gran número de gente allí­ congregada, casi parecí­a que se sortease algo muy importante. Empezaron a hacerse un poco de hueco entre la muchedumbre para poder verlo todo con mayor atención.
Lo primero que descubrieron sus ojos fue un fogonazo que, por poco, quema las cejas del mayor. Tras ello, siguió el espectáculo.
Primero salió una mujer a escena. Su pelo era largo, alborotado y de un color negro azulado, exótico, que recordaba a la noche. Desenfundó una ocarina y comenzó a tocarla como si extirpase las agujas de un corazón herido. Eriel reconoció la melodí­a, era la balada de "Suren doh dim".
Cuando terminó, la mayorí­a de los presentes se limpiaron unas cuantas lágrimas y estallaron en un aplauso multitudinario.
Tras la chica, salió un montón de gente y, uno de ellos, hizo las veces de portavoz.

-Buenas noches, damas y caballeros. Somos el gremio de teatro de Dhurmen. Venimos de más allá del mar y, como obsequio, querí­amos darles una pequeña parte de nuestro pueblo. Es una historia que se lleva narrando varios años y que, en cierto modo, cuenta el origen de nuestro reino. Así­ que, sin más dilación, les presento "El monstruo cí­clope".

Rednar se quedó boquiabierto, no esperaba que el grupo fuera de su continente y, menos aún, que fueran a hacer una pieza tan grande e importante como era aquella.
Los actores comenzaron a desfilar. El que hací­a de Morthaj era alto, con una larga cabellera y la mandí­bula tan cuadrada que parecí­a tener un ladrillo metido entre los carrillos.
La obra siguió su curso y, según Rednar, respetaba todas y cada una de las cosas que ocurrieron pero, claro, nadie de los que conocí­a en aquel entonces la historia la vivieron...
Al final, Morthaj, llegó al trono del rey. El actor habí­a sido maquillado y su rostro ahora estaba completamente irreconocible. Tení­a sangre de cerdo por todas partes y le habí­an atado un brazo a la espalda además de haberle puesto un parche para representar la pérdida de dicho ojo.
El rey estaba de espaldas al público cuando Morthaj irrumpió.

-Este es mi reino y he venido a mataros-bramó Morthaj mientras el gentí­o contení­a la respiración.
-Primero tendrás que arrebatármelo-contestó el rey mientras se levantaba lentamente y desenvainaba la espada.

El arma del monarca llamó la atención de los presentes pero aún más la de Rednar. Su hoja era verde. Del mismo tono que la que él tení­a guardada en el arcón de la posada.

-Venga, Morthaj, luchad por lo que tanto anheláis. Os es que mis guardias os han destrozado-dijo el rey mientras daba una sonora carcajada.
-He venido a luchar por Dhurmen. Y me es igual que me falte un brazo, un ojo, las piernas o el propio corazón. Si mi idea sigue viva, mi lucha también lo estará. Bajad y combatid.

El rey se dio la vuelta y contempló al público y éste le contempló a él. Tení­a una nariz chata, una barba de tres meses que le cubrí­an la boca y los ojos llenos de ira. Ira que creció al ver a Rednar e ira aún más grande que la que sintió Rednar al ver al monarca con esa cicatriz que le repasaba la cara de un lado al otro de la cara.


Chaor Koumnit

Cuando la última noche acaba, en lo alto de la pirámide invertida aparece.
Sus ojos miran al suelo, fija la mirada en una persona y le muestra el futuro.
Desciende hasta él, con plumas en vez de brazos y la piel tan negra como el propio miedo.
Silencioso, se acerca a su objetivo y pasa las siguientes horas hablándole al oí­do.
Invisible para todos, visible para su presa.
Todos los años elige al mismo hasta que siente que no le sirve.
Cada vez que selecciona a uno nuevo, lo despierta.
Abre sus ojos y limpia su vista para ver y comprender el mundo.
Ellos ven, él interpreta. Ellos sienten y padecen el futuro, él les dice el nombre.
í‰l ha visto otros tiempos y, los que le han visto, aseguran que sus ropas no son de aquí­.
Se dice que caminaba antes de nuestra existencia y la de cualquier otro. Dicen que es tan antiguo como el sol, la luna o la roca viva. Que su voz, aunque no nos haya creado, puede construir cosas inimaginables.

Nos prometió la salvación y nosotros celebramos la última luna del año y el primer sol esperando que, esa aparición, sea la que nos lleve a nuestra plenitud.
í‰l es un dios y lo sabemos.
í‰l es un dios y lo sabe.
Nos vio nacer, nos vio crecer y, ahora, nos verá volar junto a él.

Te alabamos, Chaor Koumnit.

Eggest

Junio 07, 2014, 02:57:52 #4 Ultima modificación: Junio 07, 2014, 03:07:29 por Eggest
Relo II

-Perdona, ¿has dicho Brim?

Relo estaba tan metido en sus pensamientos que ni se dio cuenta de que habí­a un joven a su lado.

-Emm... ¿Sí­? ¿Lo conoce?
-¿El mismo Brim que gasta más de cabeza que de cuerpo?
-Eso creo.
-¿El pelirrojo con laúd?
-Sí­.
-Espera... No me lo digas, ¿a ti también te debe dinero?
-Bastante, la verdad.
-Pues parece que este es tu dí­a de suerte, chico. Sé donde vive y me dirigí­a ahora mismo hacia allí­. Si quieres te puedes venir conmigo.
-¿Por dinero? Como si me tengo que ir al mismí­simo infierno.
-Pues no se diga más.

Relo accedió a ir con el desconocido. En cierto modo, su aspecto, le dio cierta confianza por su aire familiar. Era esbelto y tení­a el pelo largo, en coleta, en tonos caoba. Vestí­a elegante pero, al mismo tiempo, vulgar. Sus andares eran prácticamente hipnóticos, cada vez que daba un paso, todo lo que le rodeaba, revoloteaba.
Conforme comenzaron a andar, de la taberna, emergió un brillo que apagó los farolillos de las calles.

-Ni te molestes, tenemos cosas más importantes-le espetó el joven.

El camino fue bastante largo. Brim viví­a a las afueras de la ciudad, allí­ donde habí­an más vacas que personas. Su casa no era, para nada, ostentosa. Era más bien un cuchitril, cuatro paredes mal puesta y un montón de paja que hací­a las veces de tejado.
Como dos posesos, se abalanzaron sobre la puerta y la golpearon como si estuvieran sedientos de la sangre del morador. Aunque, claro, estamos hablando de dinero...
Brim no tardó en abrir la puerta. Iba ataviado con una camisa holgada y mugrienta y unos pantalones bastante roí­dos.

-¿Qué hacéis vosotros aquí­?
-Hemos venido a por nuestro dinero-contestó el desconocido.
-¿Otra vez tú?-preguntó Brim a la par que bostezaba, mostrando todos sus dientes.
-¿Cuánto te debe?-preguntó Relo.
-Casi un rem... Es un maldito granuja.
-¿Granuja? ¿¡Pero y la fiesta que nos pegamos!?
-¿¡QUE QUí‰!? ¿¡UN REM!? ¿Pero qué hicisteis?
-Fue una noche muy larga...-respondió el joven.
-Mira, Elviowyn, comprenderás que...
-¿Te llamas Elviowyn? ¿Qué tipo de nombre es ese?-estalló Relo en una carcajada.
-¿Qué te dije de reí­rte de los nombres ajenos?-bufó Brim.
-No me lo digas... Eres un elfo-dijo Relo volviendo a reí­r sonoramente.
-Pues sí­. Lo soy-sentenció Elviowyn y mostró las orejas puntiagudas que ocultaba tras la mata de pelo. Relo enmudeció.


Negociaciones

-Sigo sin entender qué interés puede tener su ciudad en nuestra selva, señorita-dijo un hombre con marcado acento norteño. Arrastraba las erres y las eses como quien clava el hacha en el suelo.
-Nos interesa la vida que alberga. Las pieles de sus lobos son muy queridas en Dhurmen. Pensad que allí­ no tenemos una fauna y una vegetación tan rica como la que poseen en el norte. Además, sus árboles producen una excelente madera que, una vez prendida, cuesta de apagar y de la que a penas sale humo. Nuestros guardias la utilizarí­an de grato gusto en sus vigilancias nocturnas.
-Pero los lobos de ese lugar son poca cosa. El más grande no llega ni a los dos metros.
-Es la cosa, nuestros hombres no están acostumbrados a grandes presas.
-Los del sur estáis mal de la cabeza...-respondió el hombre con una sonora carcajada que hizo enrojecer a la joven. Sus ojos se veí­an reflejados en los dientes de plata del orador.
-Además, el lugar donde se encuentra es el sitio idóneo para poder crear una ruta entre su ciudad y la nuestra. Piense en los beneficios que eso nos puede traer. Serí­a un buen negocio para ambos, ya no sólo por la mina de cobre negro que le vamos a ofrecer.
-Visto de ese modo-el hombre se llevó la mano a la barba-... Sí­, puede que sí­ sea productivo. A nuestro señor le gustaba visitar tierras extranjeras y saber que tiene otro lugar que pueda llamar casa le podrí­a volver a hacer salir de palacio de vez en cuando. Pero, como le digo...
-Pero no piense sólo en el beneficio para su señor, piense en el de todos los que viven aquí­.

La respiración de ella iba acelerada. Notaba cómo la tensión le iba bajando y sentí­a que la piel le palidecí­a por momentos. Estaba ante el momento más importante de su vida, o eso era lo que le habí­an dicho. Ya no sólo su futuro dependí­a de ese momento, también lo hací­a el futuro de Dhurmen. Si sus palabras no eran concisas, si su mente no era ágil, seguramente, estarí­a todo perdido.

-Debemos entablar relaciones con el norte. Ese maldito Invierno es una algarabí­a y cualquier dí­a podrí­a darle por atacarnos-bramó con fiereza el lí­der.
-¿Y cómo podemos adentrarnos allí­?-preguntó uno el vocal del gremio de tabernas y posadas.
-Eso es lo que querí­a discutir con ustedes-respondió mientras señalaba al resto de los presentes-. Debemos encontrar una razón por la que acudir al norte. Ofrecer algo que les interese como pretexto. Una vez abiertas las ví­as de comunicación y, llegados a un acuerdo, podrí­amos ir mandando caravanas y asentamientos para tener vigilado el lugar y saber cómo funcionan allí­.
-En Dhurmen siempre han gustado las pieles de quimer, el lobo ártico...-sugirió el vocal del gremio de curtidores-. Podrí­amos solicitar un coto de caza.
-¿Y qué les ofrecemos?
-¿Sueños?-comentó el vocal del gremio de orfebrerí­a.
-No, demasiado manido. Además, Dhurmen no está ahora mismo como para repartir dinero...
-¿Y si les cedemos algo de nuestro terreno? No supondrí­a un gasto para el pueblo y, además, estarí­amos sacrificando una zona "nuestra" por otra "suya". Serí­a un intercambio más justo. ¿Pero qué tenemos para darles?-dijo el vocal del gremio de costura.
-Eso lo veo más viable. Además, en el norte son dados a los viajes...
-Yo hablaba, más bien, de algo que ellos también pudieran explotar. No sé, una mina de cobre negro.
-¡ESO Sí QUE NO!-se quejó el vocal de orfebres-¿Con qué vamos a trabajar nosotros?
-Por una mina dudo que se acabe el mundo-siguió el lí­der-. Además, lo de la mina, es algo que, seguramente, funcione.
-¡Claro que funcionará! En el norte siempre han alabado nuestro metal.
-Normal. Es un metal excelente. ¡Repele los rayos!-argumentó el vocal de orfebres.
-Pues, entonces, si nadie tiene una idea mejor la cosa queda así­: cambiamos una de nuestras minas de cobre negro por un coto de caza.
-Pero el coto cerca de la cordillera de Valender-dijo el vocal del gremio de geografí­a e historia.
-¿Qué más dará eso?
-Pues que esa zona, en el norte, es poco valorada. Así­ ellos podrán pensar que el cambio es una ganga y salimos ganando todos. Ellos se quitan un lugar "pobre" y nosotros les damos algo bastante rico.
-Vale. Pues recapitulando: intercambio de mina de cobre negro por coto en Valender. Votos a favor.

Una doce de manos se alzaron al uní­sono en la Coral.

-Votos en contra.

La mano del vocal de orfebrerí­a se alzó.

-Pues parece que hay acuerdo. En las próximas horas mandaremos un mensajero con la carta al norte. Así­ informaremos a Invierno de nuestros planes y esperaremos su respuesta. En caso de ser afirmativa, necesitaremos un mediador. ¿Alguna propuesta?

Una mano se alzó.

-Usted dirá, Delen.
-En nuestro gremio hay una joven que tiene un don increí­ble de palabra. Es como si pudiera leer las mentes.
-¿Pondrí­as tu cargo en sus manos?
-El mí­o y el de toda mi familia.
-Muy bien. ¿Cuál es su nombre?
-Shivila. Shivila Galeth.

El mes siguiente habí­a pasado rápido y, ahora, se encontraba ella allí­. Mediando con el portavoz del Invierno. Mediando por el futuro y la seguridad de Dhurmen.

Con las últimas palabras, Shivila, bebió un largo trago de agua mientras aguantaba la mirada a su acompañante.

-La verdad que sí­, podrí­amos ampliar nuestras propias rutas, ir hacia el sur...
-De eso es lo que trata este intercambio, no es algo únicamente fí­sico o territorial, es una mejorí­a para nuestros dos pueblos.
-Dudo que el Invierno se queje, pero habrí­a que hablarlo con él. Es bastante comedido con todas esas cosas. Pero, como le digo, dudo que ponga reparos. Es más, le gustará ampliar fronteras.

Shivila respiró, aliviada, al ver que todo estaba saliendo a pedir de boca.

-Señora Galeth, creo que por hoy hemos terminado. Un guardia le acompañará a sus aposentos y, mañana, cerraremos el trato.

El hombre se levantó y se marchó. Los norteños eran, además, conocidos por unos modales frí­os y distantes.
Shivila salió por la otra puerta donde, como le habí­an dicho, le estaban esperando.

-Señora Galeth si me sigue...
-Perdone, pero me gustarí­a ver un poco el lugar. Si no es molestia, claro...
-Para nada. Pero, de todas formas, le indicaré el lugar donde se ubican sus aposentos y, una vez allí­, podrá indagar cuanto guste.

Shivila sonrió comedida y siguió al guardia. Su habitación estaba a pocas puertas del lugar de la reunión. Era bastante espacioso y algo lúgubre, vací­o de vida.
Tras dejar un par de cosas en una mesa, dio puerta y salió a ver qué cosas habí­an en aquel lugar.
Shivila deambuló por el lugar hasta perderse por un jardí­n cuando una mano se posó en su hombro.

-No puede ser...-balbuceó una voz masculina a sus espaldas.

Shivila se giró y, como un recuerdo del pasado, la imagen del orador le golpeó de frente. Aquella voz, aquel olor, aquella barba...

-Eres tú.
-Sí­ -le respondió mientras se tiraba a abrazarla-. Llevo vidas buscándote.

Shivila lo entendió al momento y le correspondió el abrazo.

-No has sido el único.

í‰l la besó como si, realmente, llevase siglos esperándola.

A la mañana siguiente despertó, tendida, sobre el cuerpo de aquella vieja alusión.

-Buenos dí­as-le dijo mientras sonreí­a. í‰l abrió los ojos y la besó.
-Tienes tanto que contarme...
-Tampoco te creas. Sólo seguí­ tu consejo: He aprendido, he viajado... Pero aún no sé quién querí­as que no me viera...
-¿Cómo?-él se quedó descolocado-. Pero... Pero... Tú. í‰l te atrapó, nos privó de nuestro reino.

í‰l se levantó y comenzó a andar por el lugar como si estuviera poseí­do mientras murmuraba cosas inaudibles. Ella se quedó contemplándolo como quien ve pasar las horas.

-Dime, ¿cómo escapaste?-le preguntó finalmente.
-¿Escapar? ¿De dónde?
-Del bosque-gritó.
-¿Qué bosque?
-El bosq... ¿Qué recuerdas?
-Te recuerdo a ti, por las calles de Dhurmen. Lo recuerdo todo.

í‰l reparó, por un momento en sus ojos. Eran de un azul claro, como el mar, donde se podí­a reflejar su propia cara. No eran los de ella pese a que ésta fuera su viva imagen.

-No... Ese maldito cabrón me la ha vuelto a jugar...
-¿De qué hablas?
-Esto no quedará así­, ¿sabes?-volvió a gritar, mirando al techo- Voy a hacer que se tambalee tu mundo, maldito cabrón. Me arrebataste lo que más querí­a y, encima, juegas conmigo... Prepárate, hijo de puta, prepárate...

Y, como vino, se fue. Con un portazo y dejando a Shivila como se la encontró; sola.
Ella se quedó mirando la puerta, como si esperase su regreso. Pero no ocurrió. No ocurrió ese dí­a. Ni al siguiente. Ni al que aconteció a éste.
No le volvió a ver. O al menos a él como tal.

Robos


El filo de la navaja pendí­a frente a su cara. Los sudores comenzaron a recorrer la frente de él, escurriéndose por su ojo azul y surcando su nariz como un trampolí­n.

-No te muevas...-le contestó la portadora del arma.
-¿O qué? ¿Me cortarás?
-Pues sí­.
-En serio... No entiendo qué tipo de cruzadas tenéis las mujeres con los hombres con barba, ¿tanto os molesta?
-¿Alguna vez has besado a alguna mujer con barba?
-No.
-Pues entonces...

Desnea rió y le dio una pasada de lo bajo del cuello a la barbilla, llevándose parte del jabón y pelos de la barba.

-Además, que así­ estarás más suave. Y eso, a las mujeres, nos gusta.
-Pues no sé para qué tanta floritura...
-Fergüil, que tienes que ir afeitado.

El joven resopló y dirigió su mirada hacia otra parte. Su otro compañero parecí­a alterado, llevaba toda la mañana agitado, de un lado para otro, revisando las tiendas y los alrededores, como si buscara algo.

-¿Va todo bien, Eriel? No te has tomado ni el desayuno.
-Joder...
-¡Eriel!
-¡Que no te muevas!-le gritó Desnea.
-... Y aquí­ tampoco está...
-¿Qué buscas?-preguntó Desnea.
-Mi capa. Ha desaparecido mi capa...
-Bueno, si es eso, compraremos otra en el siguiente pueblo...
-Nos es sólo por la capa. Es todo lo que representa... Pero bueno, tampoco quiero que lo entendáis.
-Mira, Eriel, cuando termine de afeitar a este, te echamos una mano. Si tan importante es...
-¡Pues claro que es importante! Es mi capa. Mi capa de cru.
-Bueno, así­ podremos ir a cualquier sitio sin que se te acerque gente extraña para pedirte misiones suicidas...-bromeó Fergüil.
-Claro, ¿¡y cómo conseguiremos dinero!? ¿¡Afeitando!? No me toques los...
-¡Eh! Eriel, que sólo era una broma.
-Ya os dije que no lo entenderí­ais... No es sólo una capa.
-¿Entonces?
-Es lo único que me queda de mi maestro. Era su capa. Y si la he perdido...
-¿Maestro? ¿Los crus tenéis maestros? Yo pensaba que nací­ais de huevos...-volvió a decir Fergüil.
-Además-siguió Desnea-, tu capa no era del negro cru al uso. Tení­a motas rojas.
-El sí­mbolo de mi maestro, El Rojo.
-¿El Rojo?-preguntó Fergüil-¿Tu maestro era Rednar? ¿Rednar, el Rojo?
-El mismo-contestó Eriel con una amplia sonrisa.
-Yo no dirí­a eso tan alto... Y más por estas tierras. Quizá...-sugirió Desnea.
-Lo digo bien alto porque estoy orgulloso de mi mentor. Rednar fue un buen hombre aunque aquí­, en sus tierras, no se le venere. Yo viví­ con él casi cinco años, me adoptó como el hijo que nunca tuvo y me enseñó todo cuanto sé. í‰l hizo muchí­simo por la gente del Otro Continente pero, claro, esas historias no llegan. Las historias buenas nunca tienen eco, sólo las malas y ya sabemos lo que ocurren con los chascarrillos, que depende del cristal es más o menos opaco.
-Pero, oye-comenzó Fergüil-... ¿De verdad intentó matar al Invierno?
-Sí­, y le robó la espada...-respondió Eriel, con voz cansada mientras poní­a los ojos en blanco.
-¡Eh, Eriel! Sólo era una broma. Pero, ahora, en serio... ¿Alguna vez viste esa espada? ¿La blandiste?
-La espada no existe.
-¿Cómo que no existe? Pero... ¿Y todos rumores que se han contando? ¿Y las leyendas?
-Pues eso, Fergüil; rumores y leyendas. No hay nada. í‰l me contó la historia.
>>Durante sus primeros meses en Dhurmen hizo varias misiones de poca monta, que si cuidar un rebaño de cabras, que si vigilar unos carros... Lo normal para que un cru se haga un nombre, vamos, pero, una noche, se le acercó un hermano suyo, otro cru, y le propuso compartir gesta. A él, un tipo del norte, le habí­a encomendado ir al palacio del Invierno, allí­, debí­a quitarle la vida al Invierno y a su amante.
-¿El invierno tení­a una amante?-exclamó Desnea.
-Sí­. ¿Puedo seguir? Rogarí­a no ser interrumpido...
-Sí­, perdón, perdón-contestó mientras se sonrojaba.
-Pues eso... La amante del invierno era una extranjera, fácil de reconocer, de ojos azules. A cambio de dichas muertes les pagarí­a más sueños de los que nunca verí­an y, como era de esperar, aceptó.
>>El trabajo era simple y, además, daba igual si alguien más caí­a por el camino, lo importante era que esas dos personas murieran. Cuando mi maestro escuchó la respuesta aceptó, habí­a escuchado historias del Invierno y sabí­a que no era un buen tipo y, de seguro, la amante tampoco. Así­ que, a la mañana siguiente, ambos se encaminaron al norte junto con una caravana que partí­a hacia allí­, decí­an que habí­a comenzado la temporada de caza de quimera ártica, aquello les hizo el viaje más ameno. Al llegar al lugar se separaron, decidieron que cada uno inspeccionarí­a el lugar y trazarí­an un mapa sobre el sitio para, al dí­a siguiente, poder establecer un plan que pudiera ser ejecutado rápidamente y de forma precisa, a mi maestro no le gustaba perder el tiempo, como a ningún cru.
>>La mañana llegó con gritos varios y un caos desproporcionado, eso trastocó sus ideas pero aprovecharon el tumulto para adentrarse y acabar cuanto antes. Primero acudieron buscando a la amante, pero no la hallaron así­ que optaron por ir a la habitación del Invierno, dejarle moribundo y obligarle a decirles dónde se hallaba.
>>Mi maestro siempre me contaba esta parte como una de las más duras que vivió. La habitación del Invierno era, justamente, lo que la estación representa: Frí­o. Y Frí­o con mayúsculas. Del techo colgaban estalactitas y, cuando respirabas, expulsabas vaho. Y, el Invierno, no era una persona. Mi maestro me lo describió como una especie de simio gigante, de brazos fuertes y larga melena que se juntaba con la barba. Todo su vello era blanco como la nieve. Tení­a colmillos por dientes y, sus ojos, ya no pertenecí­an a este mundo... Según él, era una criatura venida de algún infierno.
>>En la lucha, su hermano, murió y él consiguió escapar de milagro. Le cercenó el pie derecho y, aún así­, seguí­a moviéndose como un animal lleno de furia. Mi maestro me contó que, antes de huir, el Invierno le lanzó contra un sepulcro de cristal que allí­ habí­a, en mitad de la sala, y él se defendió lanzándole los trozos rotos. El Invierno se quedó allí­, mirando al sepulcro, y gritando un nombre que jamás podrí­a olvidar: "Zulumi".
-¿Zulumi?-preguntó Desnea.
-Mi maestro tení­a la teorí­a de que Zulumi era su amante y que yací­a allí­ pero...
-¿Entonces para qué ir a matarla, no?-dijo Fergüil.
-Exacto. Pero bueno, eso es algo que nunca supo y que, en cierto modo, nunca sabremos... Y, ahora, si me permití­s, me iré dando un paseo hasta el pueblo. Necesito una capa, como comprenderéis.
-Está bien, Eriel-contestó Desnea con una sonrisa-. Y yo a ver si termino de afeitar a éste muchacho...
-¿Pero no habí­amos terminado?
-¿Ahora quieres llevar bigote...? Mira, no me seas... Y, por cierto, devuélveme la cuchilla.
-¿Qué cuchilla?
-Pues la de afeitar.
-Yo no la tengo.
-¿Cómo que no? ¡Si la he dejado justo aquí­!
-Pues no la tengo. Te dejo registrarme.
-Jamás tocarí­a a un hombre con bigote.
-Ya, seguro...

Los tres rieron.

-Bueno... Os traigo una cuchilla... Vosotros buscad, por si acaso aparece mi capa con vuestra cuchilla.
-Pero es que tiene que estar aquí­...
-Déjalo, Desnea, vamos a echar un vistazo. Eriel, te vemos para la cena.

Y, conforme crecí­a el sol, Eriel bajaba la cuesta que llevaba al pueblo, dejando atrás a sus compañeros de infortunios. Ya llevaban casi cuatro estaciones viajando juntos y, aún, no sabí­an todo lo que les quedaba.
Mientras Desnea y Fergüil rebuscaban entre las tiendas y los enseres la capa de Eriel y la cuchilla, el cru, volvió del pueblo. Consigo traí­a una capa nueva con el mismo tono cru que la que habí­a perdido pero sin las motas rojas y una hoja nueva para ella.
Tras la comida llena de preguntas para Eriel, Desnea, cogió a Fergüil por banda y le terminó de afeitar.
El campamento no estaba muy lejos del pueblo, pero preferí­an estar allí­ para poder partir en el momento que hiciera falta y, además, tení­an una visión mejor del campo en caso de que apareciera el dragón.
Con la noche, el humor, empezó a reinar el lugar. Bromas por parte de Fergüil hacia el cru y su maestro que éste mataba con algún improperio pero, siempre, sin perder la sonrisa de la cara.
Finalmente, con los ecos de la primera campanada, comenzaron a apagar la hoguera y guarecerse en sus respectivos sitios.
Eriel no tení­a un sueño muy profundo y, cada poco, se levantaba para hacer guardias. En una de estas, escuchó un ruido proveniente de un lugar cercano.

-¡Ey! ¿Quién va?

Silencio. El cru se acercó al lugar del rumor sin mucho éxito. Observó el terreno pero, con la poca luz, no pudo divisar mucho aunque ya tení­a la mosca detrás de la oreja.
Durante la siguiente media hora se quedó parado en un tocón por si el asaltante volví­a.
Al poco, y viendo que podrí­a haber sido más un animal que una persona, optó por volverse a dormir.
Las siguientes horas siguieron sin incidencias. El único ruido era algún ulular de búhos, los ronquidos de Fergüil y alguna voz de Desnea, perdida por sus mundos oní­ricos.

-Ahora-susurró una voz, casi imperceptible.

Como un relámpago, se acercó a la tienda de Fergüil y entró en ella con tanto sigilo como una pantera. Llevaba una capa oscura, como la noche, que le conferí­a un aspecto casi fantasmal y, en caso de incidente, podrí­a defenderse con el arma que le colgaba del cinto.
A tientas, rebuscó entre las cosas del joven.

-Aquí­ estás-dijo para sí­ mientras cogí­a un bastón-... El báculo de la sentencia.

Como entró, salió. En silencio, sin perturbar el sueño del que allí­ dormí­a ni el susurrar del aire en el ambiente. A su salida le esperaban dos seres. Uno menudo y cabezón. El otro era más alto y estilizado, con una larga melena.

-¿Ya lo tenemos todo, no?-preguntó el alto al cabezón.
-Sí­, con ello podremos entrar en la mazmorra donde se halla la corona. El despertar de Katala está más cerca y, con ello, todas las riquezas con las que siempre habéis soñado.
-Pues al lí­o, no hay tiempo que perder.

Los tres comenzaron a caminar en dirección al poblado cuando, el que habí­a entrado, tropezó con uno de los troncos de la hoguera.

-Mierda-exclamó.
-¡Ey!-gritó Eriel, rápido como el trueno, mientras salí­a de la tienda, con la espada desenvainada-¡Nos roban!.
-¡Corred! ¡Corred!
-Nos vemos en Arri-gritó el cabezón.
-Pero yo no sé dónde está-dijo el del báculo.
-Pues pregunta-respondió el alto.

Los tres salieron corriendo en direcciones distintas y, a su vez, Desnea y Fergüil emergí­an de sus tiendas.

-¡Será cabrón! ¡Mi bastón!-vociferó Fergüil.
-¡Y mi cuchilla!

Eriel y Desnea salieron corriendo sin mucho éxito tras él. A los pocos metros y, con la oscuridad reinante, lo habí­an perdido.
Los dos volvieron, cabizbajos, al campamento.

-Mi capa...
-Mi cuchilla...
-Bueno, no pasa nada. Sólo son cosas...
-Ya, como lo tuyo sólo era un bastón...-dijo Eriel.
-Cierto, ¿para qué lo quiero?-respondió con una sonrisa.
-Eriel, lleva razón. Sólo son cosas. Además, ya las tenemos repuestas. No hay de qué preocuparse.
-Y ha estado en mi tienda. ¡Podrí­a haberme violado!
-¿Y quién querrí­a hacerte eso?
-¡Nadie! ¡No ves que llevaba bigote!-siguió Desnea.

Los tres se rieron y, por un momento, olvidaron el suceso. Tras ello, volvieron a sus tiendas y durmieron tranquilamente el resto de la noche. La mañana siguiente serí­a más dura. Y la siguiente más. Pero ya lo irí­an descubriendo, poco a poco, con el devenir de los dí­as. Y aún tendrí­an vivir juntos muchos más.

Eggest

Junio 07, 2014, 02:58:22 #5 Ultima modificación: Junio 07, 2014, 03:07:57 por Eggest
Asesinatos

-Pues no lo entiendo... ¿Pero ustedes no querí­an dinero? ¡Pues yo tengo dinero!-dijo mientras sacaba una bolsa llena de rems.
-Mire, señor. Su oferta es muy tentadora pero... Es que nosotros no funcionamos así­.
-Pues vaya mierda. No tiene sentido. A ver, su culto de asesinos es de eso, ¿no? Asesinos.
-La palabra "asesinos" no es la más correcta para referirse a nosotros. Preferimos llamarnos "La mano ejecutora de Katala". Eso de asesinos suena a bandidos, a...
-A gente que mata a otra gente por dinero. Y eso es lo que hacéis. ¿O no?
-No. Nosotros sólo negamos la vida a la gente que lo merece.
-Pues eso. Y yo lo merezco. Merezco morir.
-Pero es que no tiene razones, señor.
-Hyrum. Puede llamarme Hyrum. A ver, a mí­ me han dicho que, ustedes, por un módico precio acababan con vidas ajenas, ¿no?
-Sí­. El dinero es una ofrenda para Katala y, nosotros, ejecutamos al susodicho.
-Pues ya está. Yo os pago y me matáis, ¿qué dificultad puede ofrecer eso? Prometo estarme quieto y no ofrecer resistencia.
-Pero es que no funciona así­. El suicidio asistido no está contemplado en las escrituras.
-¿Escrituras? ¿Qué escrituras?
-Pues nuestros textos sagrados, las enseñanzas del Portavoz de Katala.
-¿Relo?
-Ese sólo era su nombre mortal.
-Bueno, tampoco me importa. La cosa es que quiero que me "ejecute Katala".
-Lo siento, señor Hyrum, no será posible.
-Maldito fariseo... Pues ale, se quedan sin todos estos sueños. A ver quién les ofrece tal cantidad por algo tan simple...

Hyrum cogió la bolsa de dinero y se marchó a grandes zancadas de la iglesia mientras murmuraba cosas para sí­ mismo.

-¡LOCOS! ¡ESTÁN TODOS LOCOS!-gritó mientras salí­a por la puerta.

Al cruzar el umbral chocó contra un hombre que entraba, el cual le pidió disculpas con una voz que le resultaba vagamente familiar.
Conforme se fue, un joven adepto se acercó al parroquiano.

-¿Y éste qué querí­a, maestro?
-Que le matásemos....
-¿A él?
-Sí­.
-¿Y cuánto ofrecí­a?
-Más dinero del que ha visto esta iglesia jamás...
-Maldito loco...
-Pues sí­. Pero bueno, ya sabes que ese tipo de encargos no podemos hacerlos. Ya se encargará la rama de Atamagathi. A ellos les gustan esos trabajos, no requieren complicación.
-Pero, maestro, unos ingresos de ese tipo...
-No digas chorradas, Rameth. Sabes que no podemos hacerlo.
-Está bien...

El joven se dio media vuelta y se volvió a concentrar a sus libros. El hombre que habí­a entrado se acercó al maestro.

-Buenas tardes, Dom.
-Buenas tardes, ¿qué puedo hacer por ti, Gund?
-Tengo un encargo de ejecución y podrí­a pagaros hasta 2000 rems.
-¿2000 rems? Parece que esa persona es digna de ser llamada hereje.
-¿Hereje? ¡Hereje es poco! El muy malnacido contrató a un bandolero para simular un atraco para salvarme y, así­, engatusar a mi hija, ya sabe, la menor, y secuestrarla. Seguro que hasta la ha violado. ¡Ese bellaco merece ser torturado y ejecutado!
-Bueno, Gund, no se preocupe. Encontraremos a Jullie y daremos caza a ese bandido. ¿Cómo dice que se llama?
-Morthaj.
-Muy bien... Rameth, ven, que tienes trabajo. Gund, cuéntale a mi pupilo todo lo que sepas sobre ese hombre. Verá como en menos de una semana tiene la cabeza de ese maldito colgando como un trofeo.
-Eso espero, Dom. Eso espero...

El maestro se retiró a sus aposentos, para descansar.

-¿Por qué me tienen que pasar a mí­ estas cosas, Señor, por qué? Quererse suicidar por ese precio... ¿Qué habrá hecho ese pobre desgraciado...?


Júl

La batalla ya habí­a terminado y los angustiosos gritos de dolor que se solí­an escuchar en las llanuras ahora eran cantos de ruiseñor y jilguero.
Con el leve trotar del caballo se habí­a echado un sueño, todo estaba seguro pues le guiaba su fiel escudero y, de seguro, no tendrí­an problemas en la vuelta. Todo lo grave ya habí­a pasado.
El rey Júl llevaba más de un lustro fuera de su hogar, combatiendo a capa y escudo por velar la seguridad del mismo. Más de un lustro sin ver su palacio... Sin ver a su amada...

Durante el trayecto de vuelta, decidieron hacer una parada para recuperar un poco de fuerzas y aliento.

-Señor, ¿qué será lo primero que haga cuando llegue a palacio?
-Abrazaré a mis hijos, comprobaré cuán grandes son y, por último, me besaré a mi esposa y le daré todo el amor de estos años. ¿Tú qué tienes pensado, Thorri?
-A mí­ no me espera ninguna mujer, señor. Así­ que imagino que iré a beber hasta caer rendido, me enzarzaré en una pelea y, con el calor del alcohol y la lucha buscaré una mujer de esas que dicen remendar la ropa.
-¿Tan fuerte el primer dí­a? No vas a dejar nada para el resto de tu vida...
-Señor, ¿qué vida puedo llevar? Las mujeres no quieren posar su precioso trasero en mi cama por más de una noche. No tengo tierras ni dinero.
-Pero llevas el escudo de nuestra tierra tan alto como el corazón. Ten por seguro que encontrarás mujer. Yo me encargaré de ello-le respondió mientras bebí­a.
-Ojalá fuera así­, señor.
-Verás como es serás así­. Eres mi vasallo. Y a mis vasallos no les falta de nada. Es más, esa ronda que decí­s, correrá de mi cuenta.

El rey y su hombre continuaron hablando largo y tendido hasta bien entrada la noche. Comentaron ideas de futuro y de cómo podrí­a el rey ayudarle en todo ello hasta que, finalmente, cayeron rendido por el sueño.

La mañana siguiente llegó y no fue a golpe de corneta. Los primero rayos de sol se filtraron por la comisura de los párpados y les indicaron que era el momento de llegar a palacio. De llegar a aquello que llamaban casa.
Durante la mañana no hubo percance alguno, los aires olí­an a comida caliente, a cordero al horno con una buena ración de patatas. O eso decí­a Thorri.
Se pararon en un claro para comer lo que habí­an cazado volviendo, un par de conejos aderezado con setas.

-¡Esto sabe a gloria!-exclamó Júl mientras devoraba aquel plato.
-Tampoco exagere, señor...
-Para nada. Tendrás que enseñarle cosas de estas a mi cocinero real.

Con la barriga llena volvieron a emprender el viaje.
A las pocas horas, escucharon un ruido proveniente del bosque. Tras virar la cabeza en dirección al barullo vieron cómo emanaban de allí­ un par de rufianes que buscaban la forma de hacer dinero rápido.
Thorri no soltó las riendas del caballo ante la llegada de aquellos dos.

-¿Qué buscáis?
-Po' ese caballo... Tiene pinta valer su dinero. ¿Tú qué ice?
-Po' que podrí­amo llevalo.
-Antes tendréis que bajarme de él.

El rey desenvainó la espada que brilló con un haz de luz que casi cegaba. La espada era verde, como el césped que se extendí­a bajo sus pies. Al tiempo, uno de los maleantes, se abalanzó sobre el potro y lo derribó dejando al monarca bajo el equino.
Thorri soltó las riendas y golpeó al que tení­a más cerca, sintiendo como uno de sus dientes se desplazaba varios milí­metros. El hombre escupió sangre y le devolvió el golpe, en el estómago, haciendo que se doblase del dolor.

-Parece que será ma fácil esto que el escupí­.

Los dos rieron.
El rey se deshizo de la presa y arremetió con la espada al que habí­a derribado al caballo. Pese a la agilidad que denotaba el rey, el bandido, se zafó del ataque con una finta y le golpeó con el codo en la cara. Con una velocidad pasmosa, desenvainó una pequeña daga y le dio un tajo certero en el costado, manchando el suelo de carmí­n.
Júl apretó los dientes y volvió al ataque. Thorri, por su parte, estaba enzarzado en una pelea parecí­a sacada de cualquier taberna; los puñetazos, las patadas y los insultos volaban como tejas en un fuerte tornado. Un golpe certero acudió a la nuca de Thorri que le dejó tirado al suelo, inconsciente.
Los dos forajidos se fueron a por el rey que, con una mano, cubrí­a la herida y, con la otra, blandí­ la espada como el perro que defiende la comida.
Júl dio varios estoques, casi a ciegas, que los acechantes esquivaron sin problemas a la par que contraatacaban.
Finalmente, uno de ellos, le arremetió un tajo con la daga, en el cuello. El rey se tiró al suelo y, a rastras, comenzó a moverse, agonizante, hasta lo que parecí­a el final de su vida.
Los dos hombres le miraban, desde arriba, jocosos de su actuación. Viendo el espectáculo decidieron coger al caballo e irse dejando al rey a su suerte que iba camino de tirarse a un lago cercano. Lago donde encontrarí­a su sino.
Ya casi veí­a la luz al final del túnel, notó cómo unas manos le toqueteaban y le arrebataban lo material que le quedaba.
Despojado de todo le brotó la ira, una ira fuera de lo común. Una ira propia de quien pierde lo que ama.

-Zulumi...

Como un estallido, Júl, emergió del valle pero se encontró desierto ante sí­. Lo único que le esperaba era el cuerpo yaciente de Thorri a varios metro de él.

-¡Thorri! ¡Thorri! ¡Dime algo!-le gritó el rey mientras agarraba la cara del escudero y caí­an las lágrimas que se mezclaban con el agua de su rostro.

Pero sólo recibió silencio.
Se echó el cuerpo al hombro y comenzó a recorrer un sendero que conocí­a como su palma. Un sendero que le conducirí­a a su hogar.
Con sus pasos llegó la noche e hizo campamento. Con un par de ramas formó una hoguera y, con su maltrecha capa, cubrió el cuerpo de Thorri.

-No te preocupes, verás como todo sale bien.. Zulumi me estará esperando, siempre lo hace. Por lejos que esté de ella sabe que siempre regreso. Sólo es una señal, Thorri, es una señal de que volveremos a casa, ya lo verás, confí­a en mí­... Y descansa... Mañana será un dí­a duro...

Con las últimas ascuas de la hoguera, Júl, se quedó dormido.
Las pesadillas llegaron a la mente del rey; pesadillas donde habí­a sangre y una mujer vestida de blanco.

-¡Están contra mí­!-gritó Júl segundos antes de despertar.

Allí­ no habí­a nadie. Ninguna mujer, ni sangre. Sólo el cuerpo de Thorri y los restos de la fogata.

-Será mejor que partamos, Thorri...

Se volvió a echar el cuerpo al hombro y partió.
La mañana fue larga y monótona. De vez en cuando, Júl, compartí­a anécdotas con Thorri. Le contaba historias de su juventud, de cuando reinaba Wotan, de cuando la corona le taba la nariz y sus pies no tocaban el suelo estando sentado en el trono.

-Parece que hoy acamparemos aquí­-dijo el monarca cuando la luna comenzaba a despuntar-. Si seguimos a este ritmo llegaremos a casa en poco más de dos dí­as. Estoy deseando llegar, seguro que ella ya estará allí­, aguardando mi regreso. Tan hermosa como siempre y con esa enorme sonrisa que tiene para todos.

Júl comenzó a contarle cómo se conocieron hasta que cayó rendido al sueño.
Nuevamente, las pesadillas, volvieron a interrumpir su descanso. Cuando abrió los ojos aún creí­a tener sangre en sus manos.
El monarca no medió palabra, desmontó el campamento y volvió a ponerse en camino.
A lo largo del dí­a, Júl, le confesó a Thorri su miedo a volver, le contó sobre sus pesadillas y de que, seguramente, auguraba algo terrible.
Júl tení­a la certeza de que alguien planeaba matarle y que, los maleantes aquellos, sólo habí­an sido un aviso.
Al llegar el medio dí­a sus miedo se confirmaron. Júl quedó pálido del temor ante la imagen que se mostraba frente a él. Un árbol alto, de corteza oscura y rama entrelazadas tení­a en su haber dos cadáveres colgando. Los cuerpos estaban completamente destrozados, llenos de estocadas, sangre y ví­sceras. Los cuervos se habí­an dado un festí­n.
Júl se acercó y comprobó lo que ya creí­a, aquellos cuerpos eran los bandidos que les habí­an atacado. Rebuscó entre los bolsillos y comprobó que los cuerpos aún estaban calientes, llevarí­an pocas horas muertos. También encontró una pequeña daga. Una daga manchada en sangre, su sangre.

-Thorri, sea quien sea el que esté detrás de esto no sabe dónde se ha metido-dijo mientras se enfundaba la daga-. Pero yo le enseñaré la salida.

Con la llegada de la noche volvió a asentarse. Júl comenzó a contarle el plan a Thorri. Le contó mil ideas perversas, maquinaciones sobre quién podrí­a estar detrás de todo ello, gente que querí­a ver su cabeza en una pica y razones, a cada cual más ilógica de porqué querrí­an verle muerto. Divagó tanto que llegó a imaginar qué harí­a con el responsable de aquel complot, cómo lo despellejarí­a, cómo le arrancarí­a las uñas, cómo todo...
Estaba ensimismado en aquella sarta de maquinaciones que casi no percibió el murmullo que nació tras su espalda. Cuando quiso reaccionar, unas fauces, se abalanzaron a su tez. Júl se revolvió a tiempo y agarró un trozo de madera candente con la que atizó al animal en pleno lomo. í‰ste soltó un bufido y volvió al ataque, enfurecido.
Júl se levó la mano al cinto, buscando a tientas la daga. Cuando ya la tení­a en la mano, la bestia, arremetió con un mordisco en la misma haciéndole perder el arma entre la nieve y la hojarasca.
El monarca se quedó mirando a la fiera. Era una quimera ártica, media casi tres metros de la cabeza a la cola y otros dos desde las patas a las orejas y cada colmillo era como el dedo más grande de Júl, pero eso no le amedrentó.
Con ambas manos, se lanzó al ataque, era como ver a dos colosos luchando. El gigante parecí­a un oso real, con la melena al viento recordando a las coronas de los oseznos y, la quimera, un perro cualquiera a su lado. La lluvia de golpes comenzó y, con ella, el aluvión de mordiscos, de los cuales, uno paró el rey. Le cogió la mandí­bula con ambas manos y un cierto nivel de delicadeza impropio para alguien de su tamaño. El animal se intentó zafar de la presa pero fue inútil, Júl, tení­a la intención de partirle la mandí­bula. Notó el crujir de huesos, tendones y cartí­lagos, escuchó los gemidos del animal y el correr de la sangre, propia o ajena, por sus dedos pero nada de eso le hizo vacilar; hincó los dedos en el paladar y en la lengua y siguió tirando. El carmí­n ya salpicaba el firme tiñendo el blanco de la nieve, Júl, asentó bien los pies sobre éste y, con un último aliento, tiró con toda la fuerza de su cuerpo. La mandí­bula cedió hasta partirse como una rama seca. El rey habí­a acabado con el monstruo.
A las pocas horas tení­a la carne del animal haciéndose en el fuego, Thorri seguí­a tendido con la capa del monarca sobre él y Júl se atavió con la piel aún sangrante de la quimera.

-Hoy sí­ vamos a cenar bien, ¿eh, Thorri? -comentó mientras reí­a-. Se creí­a que podrí­a conmigo... Iluso.
-Y porque no he estado yo ahí­ para protegerle, señor...-respondió entre toses y voz pastosa.
-¿Thorri?
-¿Señor?
-¿Thorri? ¿Estás vivo...?
-Sí­, señor. ¿Creí­a que habí­a muerto?
-Sí­.
-Y, entonces, ¿por qué ha estado hablando conmigo estos dí­as?
-Para no volverme loco...

Júl celebró la vuelta a la vida de su compañero con el festí­n de carne. Luego, estuvieron hablando hasta caer somnolientos pero ambos se prometieron que, al dí­a siguiente, llegarí­an a casa.
Las pesadillas volvieron a irrumpir como elefantes en una cacharrerí­a. Esta vez, el sueño, fue más vivo, más real. Júl casi podí­a saborear el aroma del hogar. Se encontraba en una especie de iglesia, con mil ornamentos a su alrededor. Velas de las que notaba el calor que desprendí­a y una fragancia a arce que se le incrustaba en la nariz. Se acercó y notó que podí­a tocar aquella tela que cubrí­a el altar. Luego se fijó en lo alto, habí­a una dama con un traje de lino, blanco puro. Sobre el altar se encontraba su espada, verde como el campo, y, tras él, Thorri cubierto en sangre como los asistentes de aquella capilla. La mujer abrió la boca, pero no dijo nada. í‰l la miró como quien mira a la vida y le llevó una mano a la garganta. Notó cómo la apretaba con fiereza, como si le hubiera traicionado. Thorri, por otro lado, reí­a divertido, como si aquello no fuera con él. La guardia le seguí­a y, en el suelo, estaba el cuerpo partido en dos de lo que antes era una persona. Sus pasos le llevaron hasta la sala del trono donde, una mano le cogió del hombro.

-Júl, ya está hecho-le dijo la mujer con una voz que no le correspondí­a.
-Aún no.
-Abre los ojos y mí­ralo tú mismo.
-¡QUE ME DEJES!-gritó.

O eso intentó, las palabras parecí­a que no querí­an salir. Júl comenzó a agobiarse, notaba sudores frí­os en su frente, su cuerpo ya no le respondí­a por más que intentase moverlo. Nuevamente, intentó hablar, pero nada, era como si alguien se lo impidiera. Ante él, la mujer, comenzó a descomponerse como lo hacen los cadáveres; la piel se fue pudriendo, la sangre manaba de cada poro hasta dejar el hueso a la vista. Júl lloró.

-¡SEGIL!-gritó. Y abrió los ojos.
-Ya pasó, señor-le dijo Thorri mientras le tendí­a un trozo de tela-. Parece que ha tenido una pesadilla.
-Debemos de llegar. Hoy. Hay algo que no va bien.
-Está bien, señor. No debe quedar mucho, ya veo a las Gemelas desde aquí­.

El rey no habí­a reparado en el paisaje hasta que su acompañante se lo mencionó. Tení­a razón, se veí­an los picos de las montañas Gemelas a no mucho de su lugar, aquello le dio cierta esperanza.

-Pues pongámonos en marcha...

Las primeras horas las pasaron en silencio, como si alguno de los dos hubiera hecho algo terrible y no lo quisiera admitir. Finalmente, Thorri, rompió el silencio.

-La echa de menos, ¿verdad?
-Como el que añora a una madre... Además, son muchos años sin verla, Thorri, ¿cómo no voy a echarla en falta?
-También pero... No sé, nunca le habí­a visto así­. Durante la batalla nunca tuvo pesadillas y, ahí­, sí­ tení­a razones para soñar con la mismí­sima muerte.
-Imagino que, durante la guerra, no tení­a la sensación de que alguien fuera a por mí­ pues todos los hací­an-aquella frase hizo reí­r a Thorri.
-Bueno, pero estaba yo para cubrirle las espaldas.
-Thorri, has sido un buen aliado, un mejor compañero y, desde luego, el mejor amigo que alguien pueda tener. No puedo permitir que me sigas tratando como a un superior.
-Pero, señor...
-No, no-le reprendió Júl con un chasquido de lengua.
-Júl...
-Eso está mejor. Sabes, cuando lleguemos, quiero montar algo grande.
-¿Para celebrar su vuelta?
-No. Para celebrar la tuya. Vas a ser mi mano derecha.

Thorri paró en seco. Se le quedó mirando al rey con los ojos abiertos como platos.

-Pe... Pe... Pero... Señor...
-Te he dicho que me llames Júl. Y sí­, te quiero a mi lado. Has sabido protegerme en la batalla y, de seguro, sabrás hacerlo en la seguridad de palacio.
-Pero... Yo soy un nadie. Sale más barato contratar a un cru para que acabe con mi vida que el dármela. ¿Qué bien voy a hacer?
-Pues el mismo que has estado haciendo durante estos años. Proteger lo que estimas.

El resto del camino fue un ir y venir de ideas, de cambios que querí­a realizar el rey y de consejos por parte de Thorri. Cuando quisieron darse cuenta, las murallas de palacio ya se veí­an y, en lo alto, ondeaba la bandera con el oso real liderando el escudo de armas.

-Llegamos, señor-dijo Thorri, mientras poní­a un brazo en el hombro de Júl y mostraba la sonrisa tí­pica de cuando uno se sale con la suya.
-Al fin... Mi hogar-contestó Júl, con unas lágrimas asomando por los ojos.

Los dos entraron a la ciudadela. Las calles estaban desiertas, pero se escuchaba un gran rumor. Los dos caminaron, sin rumbo pero con determinación; si habí­a ocurrido algo, estarí­an en palacio. Y allí­ les dirigieron los pies.
Las puertas del palacio estaban abiertas de par en par y, de dentro manaba un gran bullicio, como si todo el pueblo estuviera allí­ reunido. Júl, antes de entrar, se miró y descubrió que daba asco. Tení­a sangre reseca en las manos y por la cara, llevaba la piel de la quimera a modo de capa y, sus ropas, estaban aún peor aunque tampoco le importó. Con paso firme se adentró y, por el lugar, comenzaron a resonar cada una de sus pisadas. Ya casi estaba, frente a él, dos portones inmensos que daban a la iglesia del castillo, puso su mano firme, sobre una de ellas, y empujó.
Las puertas se abrieron de par en par y, ante él, se volvió a dibujar la escena de sus sueños: una mujer de blanco, un altar y una muchedumbre sentada. Al lado de la dama se hallaba un hombre que portaba su espada y la blandí­a como si fuera propia, aquello le hizo enfurecer. Ahora todo parecí­a tener sentido, aquellos bandidos, el robo de su espada...
Júl se dirigió al altar ante la mirada atónita de los asistentes mientras Thorri, de los nervios, soltó una risotada fuera de lugar que hizo enfurecer más al rey y cuestionarse si él no estarí­a también metido en el asunto.

-Creo que esto me pertenece-sentenció al llegar al altar y arrebatarle la espada al hombre con la que, de un simple movimiento, partió en dos.
-Júl...-susurró la dama.
-Sí­. Estoy vivo. Pero parece que ni el luto sabes guardar, maldita ramera.
-Pero... -Júl no dejó que terminase de hablar, agarró a la mujer del cuello y la posó a pocos centí­metros de su cara.
-Ahora hablaremos, Segil... ¡Y VOSOTROS, PUEBLO MíO, SI NO ESTÁIS CONMIGO, ESTÁIS CONTRA Mí!

Júl arrastró a la mujer hasta la sala del trono mientras, de fondo, los pueblerinos y los guardias habí­an parecido entrar en una especie de guerra civil.
El rey llegó al trono y soltó a la mujer en el firme.

-Déjame que te explique, no es lo que crees.
-¿QUE NO LO ES? ¿CREES QUE SOY ESTíšPIDO? Sí‰ PERFECTAMENTE LO QUE ESTABA PASANDO. Ya me avisaron los sueños. Ya me avisaron los bandidos que contrataste. Ya me lo avisó Zulumi. Por esto tení­a que volver, para poner fin a tu plan. Para acabar contigo.
-No. ¡NO! ¡JíšL! ¡Dí‰JAME QUE TE EXPLIQUE!

El rey, con una agilidad pasmosa, atacó a la mujer clavándole la hoja en el estómago y apretando el cuerpo de ella con el suyo.

-Segil... ¿Cómo has podido...?
-Júl... Era tu funeral, no mi boda...

Júl se alejó del cuerpo, dejándolo en el suelo, sangrando, con la espada sobre éste y se sentó en su trono. Con la mirada perdida en las puertas y el sonido del batallar de cientos de personas tras ellas. Con los pensamientos perdidos y confusos. Con un vací­o en su interior que ya nada podrí­a llenar.
Y fue así­ cómo el Invierno se congeló.

Entremeses

-¿Se puede saber qué es eso tan importante?
-Cuando lleguemos lo entenderás...
-¿Pero no puedes decirme nada?
-Si te lo digo no querrás verlo. O peor, no me creerí­as.
-¿Que no te creerí­a? ¿Estás loco? Llevo casi cuarenta años vagando sin rumbo y, desde que te encontré, otros tantos. He visto cosas que jamás podré explicar, he vivido cosas que no sé ni definir y, ahora, me dices que no te creeré si me cuentas algo. Lo dicho, estás loco...

El joven se paró y le miró directamente a los ojos.

-Esto es aún más confuso que todo ello. Es confuso hasta para mí­, por eso te necesitaba.
-Necesitar... Llevas diciendo eso desde que me sacaste de aquel barco... ¿Qué puedo hacer que tú no puedas? Si hasta has cambiado tu aspecto desde la última vez que te vi. Han pasado casi cuarenta años y aparentas una mí­sera parte de cuando te conocí­.
-Xelk, el mundo está cambiando.Y mi-pensó-... "poder" no es suficiente. También necesito del tuyo.
-¿Y por eso me llevas a la otra punta del mundo?
-¿Te parece poco?-rió.
-Me parece una locura.

Ambos siguieron caminando.

-¿Qué sabes de mí­?-preguntó el joven.
-¿Además de tu nombre?
-Además de mi nombre.
-¿Y de que eres raro de cojones?
-Y de que sé hacer cosas extrañas, sí­...
-Lo poco que me has contado.
-Entonces... No conoces nada.
-¿Deberí­a?
-Deberí­as. ¿Conoces la leyenda del dragón?
-¿Y qué niño no la conoce?
-¿Y si te digo que no es una leyenda?
-Como todas, entonces...
-Como todas no... ¿O me dirás ahora que te crees esa patochada de Hyma y su corazón congelado?
-Hyma sé que no existió como tal pero...
-No hay pero, no estamos aquí­ para discutir sobre la mitologí­a nórdica-volvió a reí­r-. Vamos a ver, ya que quieres saber... ¿Y si te digo que sé de dónde nació el dragón...?

Xelk paró en seco.

-Fergüil-le miró serio-. Los dragones no existen. Sólo se sabe de uno y pertenece al romance de Eriel y Desnea.
-Estás muy equivocado. Los dragones existen o, al menos, los monstruos.
-¿Y por que sólo se sabe de uno?
-Porque, como tú y como yo, tienen su sitio donde vivir y morir. Existen en un lugar donde los humanos no podemos ir.
-¿Y cómo pretendes llegar?

Fergüil miró directamente a Xelk, clavando sus ojos, cada uno de un color.

-Porque nosotros somos distintos al resto. Porque nosotros somos quienes podemos cambiar el mundo, los que podemos devolver al mundo su equilibrio natural. ¿O no te has dado cuenta?
-¿Cuenta de qué? Te recuerdo que llevo una eternidad sin conocer la civilización. Joder, que las últimas personas que conocí­ eran piratas de las arenas...
-Pues, como te digo, el mundo parece haberse vuelto loco.
-Pero el mundo ya estaba loco de antes...
-No tanto-Fergüil se paró-. Hemos llegado.

Ante ellos se levantaba lo que parecí­a un bosque. Un bosque negro como la misma noche del que manaban gritos de dolor y sufrimiento.

-Ajá, un bosque... ¿Y ahora qué?
-¿Ahora? Ahora tenemos que ir a Dhurmen. Si queremos pararlo, necesitaremos a alguien más.
-¿Pararlo? ¿A quién? ¿Y a quién necesitamos? Es decir, nos hemos pegado la pateada hasta aquí­ para ir a Dhurmen... Joder, Fergüil, ¿no te das cuenta de que nada de esto tiene sentido?
-Entiéndelo. Si te contase mi plan desde el principio no me hubieras creí­do. O, a caso, ibas a volver a Dhurmen y buscar a alguien sin saber el porqué.
-Pues no. Y, bueno, ¿quién es el otro?
-Aquel al que llama Brim cada noche. Dice llamarse Hyrum.
-¿Brim? ¿El mismo de Relo? No supiera que fueras religioso...-contestó Xelk, mirando al cielo y jugando con los pulgares.
-El mismo... Creo que es algún tipo de señal... Y no es que sea religioso pero la otra vez, cuando Relo, el mundo cambió... Yo estuve allí­ y lo vi.
-Relo estaba loco-sentenció Xelk.
-¡No estaba loco! ¡Te estoy diciendo que lo vi! Presencié su muerte. Mira, entiendo que, con los años, las cosas no son como uno cree, que las historias de boquilla y humo se van esparciendo y perdiendo veracidad pero yo estuve allí­ y podrí­a contarte todo con total detalle pues fue algo sumamente vivido, como si hubiera ocurrido ayer.
-Fergüil, ¿cuántos años tienes?
-He perdido la cuenta.
-Dime... ¿Eres inmortal?
-No, para nada-rió-. Pero creo haberle encontrado sentido a la realidad y puedo manejarla a placer.
-¿Alterarla?
-Algo así­...
-¿Por eso me buscaban los piratas, verdad? Porque sabí­an que era como tú o, a lo mejor... A lo mejor...
-¿A lo mejor qué?
-A lo mejor te buscaban a ti y yo sólo era un cebo. Sabí­an que vendrí­as a por mí­.
-Pudiera ser. Lo importante es que sigues vivo y que estamos aquí­.
-Sí­, aquí­... En mitad de la nada.
-De la nada, no. Estamos al lado del Bosque.
-¿El Bosque?
-Sí­, ¿recuerdas el dragón del que te hablé?
-Sí­.
-Nació aquí­.
-¿Y cómo sabes eso?
-Porque tuvimos que venir aquí­... Aquí­ matamos al dragón. Aquí­ murió Desnea...
-Pero Desnea... Desnea murió a manos de Eriel.
-Eso fue luego, muchacho... Desnea perdió aquí­ su alma y nos llevamos sólo un cuenco con una pesadilla en su interior
-¿Cómo que os llevasteis?
-Porque yo estuve con ellos, yo viajé con Eriel y Desnea-le dijo mientras le mostraba a Xelk una pequeña marca que portaba en la mano-. Las historias no son siempre como las cuentan, recuérdalo.

Xelk y Fergüil continuaron la andadura y la charla demasiado despreocupado como para fijarse en que unos ojos les acechaban.

Kelemvor Freshbane

Os dejo las convenientes conversiones para ereaders:

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Eggest

Cita de: Kelemvor Freshbane en Junio 07, 2014, 16:20:10
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De lujo :)

Eggest

El precio de una corona

El sol era de justicia, algo poco visto en el norte, como si vaticinara lo que allí­ iba a tener lugar.
La gente se agolpaba como iba pudiendo en torno al escenario que se habí­a montado en la plaza. En el centro de este habí­a un gran mástil del que pendí­a una soga, a la espera de que llegasen los guardias con el maleante. Mientras, las voces y murmullos del gentí­o iban cubriendo el silencio.

-¿Y se sabe quién es?-preguntó una chica.
-Un extranjero, dicen-respondió un hombre, de cabellos rubios.
-¿Y qué ha hecho? Porque para que le cuelguen...
-¿¡NO LO SABES!?-gritó un tercero, con barba poblada-. ¡Mató al Invierno!
-¿Cómo? ¿Que el Invierno está muerto?
-Sí­, sí­, como lo oyes. Dicen que acabó con la vida de la escolta para poder entrar en sus aposentos.
-Pues debe ser bien fuerte para haber hecho todo eso...-volvió a hablar el rubio.
-E inteligente-respondió un hombre de tez oscura.
-Un vil sanguinario es lo que es... Matar al Invierno. Es una osadí­a... No saben dónde se han metido-arremetió el de la barba.
-Pero... ¿Cómo lo hizo? ¿í‰l solo?-volvió la chica, de cabellos dorados.
-Eso parece.
-No tiene sentido, serí­a un suicidio.
-Pues si la muerte es lo que buscaba, la ha encontrado-sentenció el hombre de barba.

Pocos segundos después, hicieron acto de presencia dos guardias que iban escoltando al preso. Cerrando el paso, iba Thorri, vestido con sus mejores galas.
Thorri se posó delante del estrado.

-Pueblo de Norse, se hace saber que, en el dí­a de hoy, será ajusticiado a este hombre que dice responder al nombre de Relo por el asesinato de nuestro querido rey Júl, nuestro Invierno. Será condenado con la pena máxima, la horca.
>>Este ser despreciable se hizo pasar por bufón para ganarse el favor de nuestro soberano, ¿y cómo se lo pagó? Entrando en sus aposentos mientras dormí­a y acabando con su vida con este arma-siguió mientras levantaba una cuchilla de afeitar en alto.
-¿Esa no es tu cuchilla?-le susurro un joven a la chica.
-Pues...
-¡Y esa es mi capa!-exclamó el hombre de tez morena.
-Pero... Ese color... ¡Es un cru! ¿Cómo se atreve?-vociferó el hombre de barba.
-¿¡UN CRU EN EL NORTE!?-gritó otro.
-¡DEBERíA ESTAR LOCO DE ACERCARSE AQUí! ¡LOS CRU SABEN QUE NO SON BIENVENIDOS!
-Pues menos mal que te robó la capa-le dijo la chica al moreno.
-No sé qué es peor... Te recuerdo que tu hoja es el arma de un crimen. Y no de un crimen cualquiera, precisamente...
-Pero yo no la he empuñado...-resolvió la chica con una sonrisa.
-Bueno, pues de paso, que diga dónde está mi bastón y nos podremos ir...-volvió a hablar el joven.
-Pueblo de Norse, este hombre no es un cru. Que lleve la capa con dicho color no implica que lo sea. Chico-se dirigió a Relo-, en un acto por salvar algo de tu alma, ¿te arrepientes de lo hecho?

Relo miró a Thorri con cierto aire desafiante y buscó, entre el gentí­o, a sus dos acompañantes.

-No, sólo hice lo que me pidieron. Además, aquello no era un hombre, era un monstruo.

Thorri abofeteó la cara del joven, dejando bien marcada la mano.

-¿Por qué lo hiciste?
-Querí­a mi corona. Y, como ya he dicho, me lo pidieron. El elfo tení­a hambre. Y la única cosa que comen los elfos es la vida humana, eso les hace inmortales.
-Pues aquí­ tienes otra corona...-dijo Thorri mientras señalaba la soga y recordaba todo lo que le habí­a dicho Relo horas previas.

-¿Elfos? ¿Corona? ¿Qué corona?
-Pues mi corona, la que me proclamarí­a juez y verdugo de todas las almas que hay. Serí­a el justiciero de Katala. Brim me lo dijo, él me escogió para despertar a Katala y guiar al mundo.
-¿Querí­as usurpar la corona del Invierno?-preguntó enfurecido Thorri.
-¿Qué Invierno? ¿Cómo voy a robarle el poder a una estación...? Además, aquel que maté era un monstruo.

Thorri golpeó al joven, sin compasión.

-Podéis golpearme las veces que queráis, no me callaréis. Era un monstruo-una bofetada irrumpió en la cara, haciendo enrojecer la mejilla-, yo le vi. Vi sus dientes afilados como espadas, su piel gris como la del lobo y sus ojos... Sus ojos eran el mismí­simo infierno. Si eso no era un monstruo-bofetada-...
-Bueno... ¿Y quién es ese Katala del que hablas?-volvió a hablar Thorri, riéndose.
-Katala es el dios de la vida. í‰l se encarga de juzgar las almas y llevarlas a su sino. í‰l es el único que puede decidir quién vive y quién muere. Y yo soy su verdugo.
-¿Y el elfo? ¿Qué pinta en todo ello?
-í‰l, junto al gnomo, es uno de los heraldos que tiene aquí­. Ellos son los que me miran y me hablan, ellos me guí­an y me instruyen. Ellos hablaron conmigo, vinieron de más allá de todo. De más allá de los sueños.
-¿Y ellos te abrieron la puerta y te ayudaron a matar al Invierno?
-Oh, no. Claro que no. Eso lo hizo el dhurmés.
-¿Cómo que el dhurmés?
-El que me llevó a palacio.
-¿Os trajo aquí­ un dhurmés? ¿¡Quién!?-exclamó Thorri, mirando a sus guardias.
-Señor, vino con uno de sus asesores. El único de Dhurmen que tiene.
-¿¡í‰L!? ¡BUSCADLE! ¡YA!
-Desde anoche no se le ha visto. Y falta un caballo. Creemos que ha podido huir.
-Pues salid a buscarlo. Donde sea.

Habí­an pasado varias horas desde que Thorri habí­a mandado buscar a su asesor. En el cuarto de éste no habí­a nada, ni una nota que explicase el porqué de su marcha. Los rumores que corrí­an por palacio decí­an que tení­a un idilio con una emisaria y, que esta, habí­a fallecido. Pero sólo eran rumores y no habí­a que hacerles mucho caso aunque convení­a no olvidarlos.

El verdugo cogió a Relo del pescuezo, ante la atenta mirada de la turba.

-En el dí­a de hoy, Relo, de Dhurmen, serás ajusticiado. Que el Frí­o Eterno se apiade de tu alma.
-Ilusos...-dijo Relo, mientras reí­a a mandí­bula batiente- A mí­ no hay Eterno alguno que me juzgue. Ya os lo dije. Vosotros no elegí­s cuando moriré. Yo lo elijo-tendió una mano a la soga-. Y aquí­, con mi corona, me proclamo como soy el elegido de Katala, soy el emisario de Brim, la mano ejecutora de las vidas que pueblan el basto mundo.

Tras decir las últimas palabras, Relo, cayó desplomado al suelo, entre convulsiones y aspavientos. La gente enmudeció de golpe, como si estuvieran presenciando un acto sagrado, un milagro.

-¿Pero qué demonios?-exclamó un joven.
-No puede ser... El Eterno lo ha maldito-replicó el de barba.
-¿Y si realmente han sido esas patrañas que proclamaba?-preguntó la mujer.
-¿Cómo va a ser eso? Seguro que estaba enfermo y ha dado la casual-argumentó el moreno.
-Demasiada casualidad, ¿no?-interrumpió, escéptico, el de barba-. Además, ¿quién es ese Katala? Deben ser locuras de este pobre...
-Katala era una vieja deidad-intervino un hombre mayor-. Hací­a años que no oí­a ese nombre...
-¿Entonces...? ¿Puede ser cierto?
-El tiempo lo dirá...

Los siguientes años se tiñeron en carmí­n, en fuego y en negra muerte... Habí­a comenzado la guerra entre el norte y la alianza de la Vieja Rem.

Eggest

Si alguien lo ha leí­do/está leyendo que comente y tal..

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