Mayo 20, 2019, 18:59:42

¡No lo comas!

Iniciado por Kralizec, Agosto 27, 2011, 15:46:41

EbaN de Pedralbes

 icon_fuckingkidding Paella al estilo... raruno.
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Kelemvor Freshbane

CitarPuede que se inflame o puede que no.

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Kelemvor Freshbane

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EbaN de Pedralbes

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Hace veinte años, en una tienda de Fruto Seco, sin ese, en la calle Espíritu Santo de Malasaña, decidieron poner a la venta trocitos de papel de plata, tamaño cuartilla, para fumar heroína. Costaban veinticinco pesetas y el fenómeno, como concepto, representaba la esencia misma del capitalismo. Hasta ese momento, muchos yonquis que no habían salido de casa preparados tenían que buscar el papel de plata entre los restos de los bocadillos de los obreros, prepararse la heroína en chinos con plata arrugada y encima pringada de lomo con queso y otras combinaciones culinarias o prodigios de la fritanga.

Los chinos, los individuos asiáticos, devolvieron la dignidad a los fumadores de chinos, el artilugio de papel de plata. En el Fruto Seco, si querías un brick de leche a las cuatro de la mañana, te lo vendían. Helados en diciembre a menos tres grados, ahí estaban. Platica pa’ tal, pues por veinticinco pesetas. ¿Y chinos de heroína electrónicos para el hipster del mañana? Al tiempo.

Mi sabio padre explicaba este concepto con alemanes y estadounidenses. Decía que los alemanes eran capaces de fabricar el vaso pequeño perfecto, el vaso mediano perfecto y el vaso grande perfecto. Pero ¿y si tú querías un vaso entre mediano y grande? El alemán te contestaría que ese es un deseo absurdo, el vaso o es grande o es mediano y querer otra cosa son ganas de molestar, provocar a la gente honrada y escupir en el rostro de la eficiencia nacional. Sin embargo, un estadounidense diría: dígame con plena libertad qué clase de vaso quiere usted. Y ya le podías pedir un vaso con forma de balón de rugby que te lo iba a fabricar encantado. A él lo que luego hagas con tu vida se la suda. Y los chinos, que ya se vio en el feeling que tenían Nixon y Mao, pertenecen a este segundo tipo de capitalistas.

Por eso, You are not allowed to view links. Register or Login, a la hora de buscar audazmente cómo satisfacer nuestras necesidades, no tardaron en advertir que los españoles teníamos hambre. No faltaba comida, tampoco dinero, pero en el ADN estaba el gen canino de que cuanta más comida, mejor. Cogieron el tamaño medio de un estómago humano, sacaron la calculadora para ver cuántos podían llenar de elementos sólidos al cabo de un día y de ahí surgió, oh la ciencia, el precio del infinito. En España, infinito «con bebida siempre llena» cuesta 7,5 euros.

Después, solo hubo que ponerle baldosas o cualquier tipo de superficie sólida al restaurante, que el suelo no fuese de tierra o arenilla para evitar que los españoles cuando no les cupiese más arroz lo enterrasen para volver otro día a por él, y ya estaba el negocio montado. Había nacido el buffet libre chino.

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Fotografía: Stavers (CC).


A mí, desde que descubrí el You are not allowed to view links. Register or Login serbio, el cocido madrileño me parece una frivolidad de elBulli. Y por otro lado, el pienso que le compro últimamente a mis gatos veo que está tan bueno que a veces dudo si ponérselo a las visitas junto con los pistachos y las aceitunas. Es decir, soy la clase de persona que en un buffet libre chino de 7,5 euros «con bebida siempre llena» puede observar matices, advertir sutiles detalles y, en definitiva, ser feliz; feliz en el dolor, pero feliz al fin y al cabo. Así que les cuento.

La primera impresión. La entrada al buffet libre chino tiene que recordarnos al comedor del crucero de Lunas de hiel (Roman Polanski, 1992). Si al acomodarte en tu mesa no te da la sensación de que la mano fría de un borracho en silla de ruedas va a reclamar tu atención para relatarte al oído con voz cazallera las hazañas sexuales de su mujer en el París de los ochenta, ese sitio no es un buffet libre chino de 7,5 euros «con bebida siempre llena». Puede que se trate de un lugar normal, incluso de calidad. Salga de ahí en el acto.

Ya estoy sentado, ¿y ahora qué? Bien, pues levántese. Aquí no se sirve a la gente. Tiene que hacerlo usted mismo. Pero escuche: se trata de todo un arte. Vamos, no se me ocurre otro ámbito para calificar las presentaciones de los platos que componen los clientes sabiéndose libres de miradas inquisidoras, rodeados como están de serditos, con ese, como ellos.

En estos lugares no es extraño ver como alguien se sienta a la mesa con un plato en el que hay ocho piezas de sushi, con su jengibre y su wasabi, patatas alioli, langostinos, arroz tres delicias, un filete de ternera y caracoles. Los artistas observan su obra como Guardiola una triangulación imposible de Messi, Xavi e Iniesta, conteniendo su orgullo y euforia creativa con una leve sonrisa de medio lado y la mano en el mentón.

Se conoce que es gente que se cansa si tiene que levantarse diez veces. Estos son los clientes de edades avanzadas, los que ya no tienen nada que demostrar ni nada de lo que avergonzarse. Porque los jóvenes tienen un comportamiento sensiblemente distinto y muy fácil de detectar. Los criados bajo la filosofía del botón de Windows «sí a todo» lo que ven en el buffet libre chino no es la oportunidad de comer de todo como serdos con ese hasta reventar. No, ellos quieren algo muy distinto, una experiencia exótica de corte oriental: comer sushi como serdos con ese hasta reventar.

Hasta ahí bien. Yo no lo censuro. Incluso lo comparto. Vamos, que hago lo mismo. El problema es que el sushi no suele ser muy sushi. En uno de estos restaurantes que se encuentra ubicado en una céntrica calle de la capital de España, que recuerda mucho a la Unión Europea pues alberga una comisaría rodeada de puticlubs, mis globos oculares han llegado a ver sushi de chopped.

Llámenme morroputa si quieren. No sé si algún personaje de Murakami comerá sushi de chopped mientras pone ojitos y eso es la panacea, pero yo no me lo llevé a la boca. Y por este motivo, ese día, me quedé mirando fijamente la bandeja de los sushis esperando que trajeran una simulación más convincente. Al cabo de un rato, por fin apareció otra oferta: un sushi con algo granate oscuro en el interior. Dije: bien, atún. Me serví mis dieciséis piezas de rigor y al llegar a la mesa, de casualidad, porque el wasabi tal y como lo ponemos mata el sabor de cualquier cosa, descubrí que el atún… estaba pintado. O sea, no es que estuviera pintado, es que era una salsilla, como un ketchup revenido, que a medio metro parecía atún. Maestros del camuflaje.

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Fotografía: Maderibeyza (CC)


De modo que el pescado en ese sushi brilla por su ausencia y lo que los chavales y yo nos llevamos a la boca por docenas no es otra cosa que pelotas de arroz blanco. Así, a modo de entrante, te puedes meter en el intestino más de un cuarto de kilo de arroz. Hombre, si vienes con la Escherichia Coli disparada y sufres de diarreas hemorrágicas, puede que hasta te venga bien. Pero si estás sano, no sé…

Sobre todo porque después del sushi de ficción te vas a enfrentar a un problema muy grave, el segundo plato. Es muy normal que después de cuarto de kilo de arroz blanco notes cierto cosquilleo sutil así como que estás a punto de vomitar. Pero has pagado por una unidad de infinito, el precio de la libertad de comer con botón de Windows «sí a todo», y te duele no hacer uso de ella. Entonces te diriges hacia el resto de platos, pero completamente estomagado y sin ganas de fritanga o mariscos â€" en uno del barrio de Hortaleza ponen ostras, lo que no hacen es reponerlas, pero ponerlas las ponen â€" y lo que haces es lanzarte hacia algo que pegue con lo que pesa en tu interior porque temes que el choque de sabores en ese estado te dé arcadas. Es decir: te enchufas más arroz. Es el turno de elegir el arroz tres delicias o, viviendo a tope en el mundo libre, arroz integral. Arroz de primero y arroz de segundo. Enhorabuena chavalote, también puedes presentar este menú como tesis doctoral sobre la democracia occidental de los últimos treinta años.

El surtido de postres puede variar, pero da igual si estás en Madrid o en Valencia, que el helado es el mismo. ¿De dónde proviene? Difícil saberlo. En los locales menos considerados ofrecen solo sabores de chocolate y plátano. Donde hay amor, debería haber, además de esos, naranja, vanilla, limón y fresa. Llegados a este punto, lo suyo es que te pongas una bola de cada y lo riegues con un par de refrescos de cola más. Ya sabes «bebida siempre llena».

La otra opción es llenarte un plato entero de buñuelos de nata y sumergirlos en sirope de chocolate. Un amigo mío lo hace siempre que va y, frisando el desprecio por su relación matrimonial, le ha puesto nombre a la receta: «Guillermuá».

Como nota curiosa en cuanto a los postres, añadiré que el jueves pasado encontré en uno de estos locales un bol de cristal lleno de petit suisses de fresa. Un detalle propio de comedor de parvulario. Tal vez una broma privada entre los camareros. Porque esa es otra, el servicio es muy agradable y atento en estos locales, pero es muy raro no sorprender alguna mirada furtiva de auténtico y genuino asco; miradas que solo pueden responderse de una manera, diciendo muy claramente: queremos más.

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Fotografía: Mat @ PEK (CC).

Kelemvor Freshbane

Un artículo genial.

Enviado desde mi Nexus 5 mediante Tapatalk


Trebolillo Jackson


EbaN de Pedralbes

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¡¡Pero si mi hijo no toma chuches…!!!
Esta es la eterna frase que escucho un día sí y otro también en boca de los padres de muchos niños que tienen caries. Y sí, es cierto, no toman chuches. No es como esos programas que nadie ve pero son éxito de audiencias. Mis pacientes, la mayoría de ellos, no toman chuches. Sus padres sufren una auténtica pesadilla evitando tentaciones que acechan por doquier, y dicen NO a cualquiera que pretende meterles a sus hijos por los ojos un caramelo, un chupachús, una gominola.
Pero qué desayunan: leche con cacao y cereales tipo Kellogs.
Qué se llevan al recreo: Actimel y un plátano.
Qué toman de postre: muchas veces flanes, arroz con leche, yogures de sabores.
Qué le echan a las comidas para darles el toque de gracia: ketchup.
Qué bebidas se ponen de merienda: zumos de tetrabrick.

La OMS dice que la dosis máxima diaria de azúcar para un adulto son 25 gramos. O sea, unos tres sobres de azúcar al día.
Un Actimel tiene 13 gramos de azúcar. Muchos niños, bebés incluso, toman varios de éstos al día.
El Cola Cao es un 70% azúcar. Muchos niños se ponen dos cucharadas de Cola Cao y otras dos de azúcar.
Los cereales de desayuno 16,8 g sin contar el Cola Cao que le hayamos puesto.
El ketchup tiene un 18% de azúcar.

Si lo revisáis, es espantoso.
Pero ojo también con los niños que comen cosas “ecológicas”. Que muchos al recreo se llevan un puñado de ciruelas pasas, o de orejones. Azúcar (vale, fructosa en vez de sacarosa), y del pegajoso, del que hay que rascar con un estropajo tipo Nanas para extirparlo de las muelas.

Las sociedades odontopediátricas indican que los alimentos/productos con más de un 14% de azúcar deben darse EXCEPCIONALMENTE. Y no hablan de chuches que son en un elevado porcentaje sólo azúcar. Es que hay muchísimas cosas que sobrepasan ese porcentaje, a partir del cuál la incidencia de caries se dispara.
Es que sin ir más lejos he visto un potito de Hero de Arroz con Leche(dicho sea de paso, avalado por la Asociación Española de Pediatría) que tiene 26,4 gramos de azúcar, o seá, él solo sobrepasa la cantidad de azúcar para un ADULTO. Este de la foto tiene 14 g por 100; y el tarrito es de 200 g, es decir, 28 gramos de azúcar. El solo supera la cantidad recomendada para un adulto. Son 3,5 sobrecitos de azúcar. Si cojemos nosotros las frutas, las picamos, incluso les añadimos galleta maría estoy segura de que ni se nos ocurre añadir 3 sobres y medio de azúcar. Lo mismo exactamente sucede con los yogures… con el agravante de que a los bebés, si nunca se les ha azucarado, les encantan los yogures naturales tal cual. Hasta que le damos uno azucarado… y ya no vuelve a querer la versión original. Un yogur azucarado, de fábrica, tiene 13.3 g de azúcar. Si nosotros lo azucaramos en casa seguro que le echamos bastante menos.

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La solución no es edulcorantes naturales. La solución es no acostumbrar a los niños desde tan pequeños a sabores dulces. Los fabricantes saben de sobra que nos gustan los sabores dulces. El pisto prefabricado del Mercadona lleva azúcar, sin ir más lejos, cuando yo al pisto jamás en la vida le he puesto azúcar. Y sí, hay personas que a la salsa de tomate casera le echan azúcar, pero echan una pizca, no dos sobres de azúcar por persona.

TODO ESO SON CHUCHES. Son cosas (no los puedo llamar alimentos, lo siento, lo intento pero las manos no me responden al teclado, y con razón) perfectamente prescindibles.

Os invito a dejar en las estanterías del supermercado todos los productos que contengan más de un 13% de azúcares en su composición. El bolsillo, los dientes, el páncreas y los adipocitos os lo agradecerán.

Disfrutemos de los sabores naturales, del azúcar que ya lleva una naranja, una uva. Incluso un plátano (que contiene un 29% de hidratos de carbono, básicamente fructosa, glucosa y sacarosa) de vez en cuando. No celebremos las cosas buenas de la vida emborrachándonos de azúcar.

El consumo por parte de niños menores de 2 años de productos azucarados, o que contengan una elevada proporción de azúcares aunque sean naturales, multiplica el riesgo de caries. Y desde luego, contribuye a favorecer la obesidad y la diabetes en el adulto.

La creencia de que son productos recomendables porque lo avalan sociedades científicas, porque llevan bichitos con nombres en latín, o porque “no llevan conservantes ni colorantes” NO SIGNIfICA QUE SEAN SANOS. Que, de hecho, no lo son. Hagamos la prueba, sólo una semana. Probemos una semana, sólo una semana, no consumir azúcares añadidos. La próxima galleta que os comáis sabrá tan empalagosa que se os hará eterna. Yo ya lo he hecho ;-))

Zinik Krilow


MrOizo


MrOizo

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